viernes, agosto 18, 2006

Tareas estivales


Bien que de manera tácita e impremeditada, durante los días de vacaciones que la familia al completo compartimos en la casa de Sant Feliu de Guixols (incluidos las mascotas de rigor: perro y peces, el periquito falleció este año en circunstancias extrañas), cada uno tiene asignada una tarea doméstica que desempeña con mejor o peor fortuna, según las habilidades de las que presumimos o adolecemos cada uno de nosotros. La mía, entre otras, es vaciar y llenar el lavavajillas, que no supone, como es fácil presumir, un derroche de excesiva energía, ya fuera mental o física. De tanto en tanto, sin embargo, las circunstancias obligan a realizar tareas ajenas. Por ejemplo, sacar de amanecido al perro para que tenga a bien realizar sus necesidades donde el can crea oportuno. Esta ocupación, encomendada en principio a mi suegro, me he visto en la tesitura de realizarla en alguna que otra ocasión (pocas, debo admitir), con la recomendación previa de mi suegro, o más propiamente dicho exigencia, de llevar conmigo una bolsar de plástico a fin de recoger los excrementos que Otto -tal es el nombre del can- vaya desiminando a su antojo por los recovecos de la calle o explanada dispuestos, se diría, a ese efecto en las proximidades de nuestro domicilio. Y es en ese punto donde se suscita una cierta controversia, pues yo, que difícilmente me aventuro siquiera a mirar la mía, me niego a recoger y mucho menos embolsar mierda alguna por más señal de civismo que demuestre semejante gesto. Las evacuaciones de los perros son, desde tiempos inmemoriales, un elemento primordial en el perfil paisajístico de nuestras ciudades y pueblos, y hasta me atrevo a afirmar que se trata de un patrimonio cultural muy arraigado y propio de la idiosincrasia ibérica, al punto de alentar la sabiduría popular, firme en la creencia de que a todo aquel que pise una mierda se le pronosticará de inmediato fortuna y éxito futuro para cualquier empresa que acometa. No seré yo, pues, quien frustre las ilusiones de todos aquellos ciudadanos esperanzados que caminan a diario con la mirada puesta en el suelo en busca de excrementos sobre los que saltar y taconear, como si se tratara de un improvisado Joaquin Cortes. Ahora que reflexiono, bien haríamos todos en dejar que las defecaciones de todos los canes del país se apoderaran de nuestras calles, parques y plazas, ¡qué carajo!, colaboremos todos para cambiar la suerte de los desafortunados, con el fin de que obtengan de la mierda la dicha que la vida se obstina en negarles.

3 comentarios:

Alba dijo...

M´ho he passat molt bé a Sant Feliu i he rigut molt amb tu i el "friki" de Raul. Un petó molt fort per tu i per la Pili

Arcadio dijo...

Moltes gràcies amor, jo també m'ho he passat d'alló més bé i espero tornar a veure't aviat per repetir-ho, i riure amb tu i amb el friki de Raül.

manoli dijo...

No estoy de acuerdo. Odio las mierdas de perro en las calles, especialmente después de vivir 10 años en un país donde no las hay. El que quiera perro, que limpie y si no, que no lo tenga. Ya te contaré una anécdota de mi primera visita a París (reino de las mierdas de perro en las calles y en los interiores de los edificios públicos). Te aseguró que todas las personas que cayeron sobre la misma mierda en los pasillos de la Gare Du Nord no sintieron que la suerte los acompañaba...

manoli