martes, julio 19, 2016

Dedicatoria


La amabilísima dedicatoria que mi hijo Leo ha escrito en uno de mis libros, aprovechando un descuido. Traduzco para quien no entienda el lenguaje que manejan los niños de dos años: «A mi papá, ciertamente la persona más brillante que haya pisado la Tierra desde que el ser humano la habita. Ni que decir tiene que me juicio no está contaminado por la circunstancia fortuita de que nos vincule un cierto parentesco. Aprovecho la tesitura para señalar que la asignación que se le pasa actualmente a mi hermana Martina se me antoja del todo insuficiente para cuando yo tenga su edad. Espero que el incremento de la asignación pensada para mí se actualice con el IPC. Cualquier otra posibilidad me parecería inaceptable, y pondría en riesgo la afirmación con la que doy fin a esta dedicatoria, a saber: Te quiero».

martes, marzo 29, 2016

Conversaciones con Martina (118)

Martina se ha hecho amiga en Sant Feliu de Guixols de un niño que pasea por la calle ataviado de una especie de chaleco antibalas con la leyenda «Policía» luciendo en letras grandes y blancas a la altura del pecho y encima de la visera de una gorra negra de la que va tocado. El chaleco cuenta con no menos de 150 bolsillos de los que cuelgan, entre otros objetos, dos walkie talkie, unas esposas y una pistola.
—Martina, ¿cómo haces amigos tan friquis? —le pregunta su madre.
Martina se la mira con cierta condescendencia y le responde:
—El papa también es friqui y es tu esposo.

viernes, febrero 12, 2016

Conversaciones con Martina (117)

Hoy han dado comienzo las clases en la universidad después del paréntesis navideño. Como Martina no tenía colegio, y mi mujer se había pedido el día libre, hemos bajado todos en tren a Barcelona con la idea de yo acudir a clase mientras ellas pasearían por Barcelona junto a mis hermanas. Fuera de la estación de cercanías, en la Plaza de Cataluña, me he despedido de ellas y he salido corriendo, pues llegaba tarde a clase. Mientras me alejaba a la carrera, Martina han contemplado cómo corría en dirección a la facultad mientras le decía a su madre:
—Ay, nuestro chiquitín se hace mayor.
A veces me divierte pensar de qué temas de conversación echaríamos mano durante esos encuentros breves y embarazosos que tienen lugar en los ascensores, o lugares similares, si no existiera la alternativa recurrente de la meteorología:
—Hola.
—Qué tal.
—¿Piso?
—Tercero, por favor.
—...
—Qué, ¿todo bien?
—Turbado por reflexiones sin fin.
—Ardo en deseos de conocer los detalles de esas reflexiones.
—Procedo pues: ¿A usted no le parece que los textos de Derrida subordinan su uso pedagógico al de la mera exhibición retórica, empleando un lenguaje inextricable que, a la postre, se revela tanto más absurdo cuanto podría ser sustituido por uno más accesible para el lector medio y aun al lector experimentado?
—Ah, precisamente sobre ese particular vengo yo pensando toda la mañana.
—Celebro la coincidencia.
—Respecto a la cuestión, eso sucede, a mi entender, porque en los intelectuales no ha existido jamás voluntad alguna de hacer pedagogía y sí una notable predisposición a vanagloriarse de la rica sintaxis que atesoran, pero que, en suma, deviene inservible para el uso más genuino del lenguaje: la comunicación.
—Exacto: el lenguaje subordina su caracter seminal de instrumento de comunicación al mero pavoneo retórico.
—Bueno. Me apeo aquí. Ha sido muy enriquecedor.
—Ciertamente. ¿Asistirá a la conferencia proyectada esta tarde en la biblioteca municipal?
—¿La de por qué las grandes superficies deberían etiquetar los productos en sánscrito? No me la perdería por nada del mundo.

Conversaciones con Martina (116)

Conversación que esta mañana hemos tenido Martina y yo de camino al colegio.
—El problema que tenéis los niños —le he dicho— es que os creéis más listos que los adultos. Y no, hija, tú, aunque lo creas, no eres más lista que yo.
—Papa —me ha respondido— no te pongas chulo, que tú has sido niño y también has cometido esos fallos.

martes, enero 12, 2016

Conversaciones con Martina (115)

De camino al colegio, después de casi veinte días de vacaciones, Martina guarda silencio con el ceño fruncido. De repente dice:
—Papa, ¿te imaginas que nos pagaran por hacer el perro todo el día en casa? Menudo lujo, ¿no?