jueves, junio 30, 2011

Conversaciones con Martina (23)

Miro por la ventanta. Está muy nublado. Se lo digo a Martina.
-Martina, hoy no hace un gran día.
-Que nos devuelvan el dinero -responde.

jueves, junio 23, 2011

Próximos estrenos

Una revisión de la película El planeta de los simios. Aquí tenéis el trailer. Por lo que me ha parecido entender (está en inglés), es una precuela que explica cómo los chimpancés se hacen con el poder en la Tierra. Bien mirado, que un chimpancé detente el poder no es ciencia-ficción, pues pasa a diario. No sé que es peor, que estemos gobernados por chimpancés o que sepamos que lo estamos.

video

miércoles, junio 22, 2011

Conversaciones con mi hija de tres años Martina, XXII

-Martina, ¿sabes que te quiero mucho?
-Sí, papa, yo también te quiero.
-Vale, pero que no se te olvide que te quiero.
-No papa, lo tengo siempre en mi cabeza.

sábado, junio 18, 2011

Cajón de sastre

Interesante reflexión de Ricardo Piglia, hoy, en El País. Dice: "El sistema de abreviaciones taquigráficas del twitter y de los mensajes de texto acelera la escritura pero no el tiempo de lectura; se deben reponer las letras que faltan -y reconstruir una desolada sintaxis- para comprender el sentido."
Bien pensado es una obviedad, lo que dice Piglia, pero lo paradójico de algunas obviedades es que no lo son hasta que alguien las pone de relieve con afirmaciones como la suya. En lo que a mí respecta, el tiempo de lectura de los sms y los tuitter no sólo es mayor que el de su redactado, sino que aumenta debido a que, en la mayoría de ocasiones, soy incapaz de descifrarlos, y debo emplear tanto tiempo en su decodificación que acabo desistiendo.



No menos interesante que la de Piglia, lo es esta aseveración de Arcadi Espada: "Que se acabe el mundo es lo mejor que le puede pasar a un periódico siempre que tenga tiempo de publicarlo".



En Catalunya Radio, la tertulia que dirige Manel Fuentes. En relación a los sucesos del parque de la Ciudadella, un tertuliano sostiene, con cierta tono de grandilocuencia institucional, que lo sucedido es inadmisible porque altera las reglas del juego democrático. Me sonrió y pienso si ese tertuliano no ha caído en la cuenta de que lo pretende precisamente el movimiento 15-m es romper unas reglas con las que está en desacuerdo. Las mismas reglas sagradas o intocables que, bueno es recordar, los políticos usan en su beneficio para, por ejemplo, incluir en las listas individuos imputados en casos de corrupción, en mi opinión una verguenza intolerable. Me sorprende que nadie en la tertulia advierta semejante evidencia. Por suerte, al final, Manel Fuentes lo hace, y todos acaban estando de acuerdo en que es preciso un cambio.



En el trabajo. Un joven africano hace rato que está intentando entrar en el edificio. Como no hay diferencia entre la puerta y las ventanas, no atina a dar con la entrada. Lo miro deambular de un extremo a otro del edificio, sacudiendo infuctuosamente la maneta, parece un insecto golpeando con obstinación el cristal de una ventana. Al cabo de un rato de haber dejado de pensar en él, levanto la cabeza y asisto con sorpresa a sus frustrado intentos de entrar, que en ellos sigue todavía, y me asalta un pensamieno maledicente y quizá políticamente incorrecto: no sé cómo ha podido entrar en España si apenas sabe entrar en un edificio. Pero en seguida me doy cuenta del motivo. Se tambalea ligeramente cuando avanza. Parece que desiste, pero al cabo lo vuelve a intentar. Cuando por fin lo consigue (me siento tentado a hacerle la ola) se planta delante de mi mesa. Tiene cortas rastas que le llegan a la altura de las orejas, el blanco de los ojos no es blanco sino amarillo, y exhibe un notable estado de embriaguez. En una mano sostiene un móvil y en la otra un cargador. Farfullando, me dice que es su cumpleaños y su madre lo llamará para felicitarlo, pero su teléfono no tiene batería, y me pide dejarlo cargar durante diez minutos en el enchufe que hay a mi espalda. Le digo que sí. Yo mismo lo conecto, y le digo que espere fuera. Sale y se deja caer en la acera y allí se queda, esperando. Seguramente ni es su cumpleaños ni va a llamar a su madre. Mientras aguarda, me viene a la cabeza el recuerdo de mi padre, que a menudo empleaba el síndrome de Dow y la ceguera que padecía mi hermana Fini para obtener indulguencias de la gente.

viernes, junio 10, 2011

Entrevista imaginaria al cirujano plástico de Belén Esteban

-Buenos días.
-Qué tal.
-Perdone pero no me voy a andar con rodeos: ¿no le parece extraño que todavía no hayan cursado una orden de busca y captura contra usted?
-¿Contra mí?
-Contra usted.
-¿Por qué?
-Por qué dice... ¿usted ha visto la cara que le ha dejado a Belén Esteban?
-Sí, claro; no la voy a ver si la he operado yo.
-¿Y le parece normal?
-¿El qué?
-La cara, hombre, la cara. ¿Le parece normal esa cara?
-Pues sí.
-¿Sí?
-Sí, yo la veo bien.
-¿Bien? Por favor, si mi perro caga truños más guapos que ella.
-Cómo se pasa usted, ¿no?
-Hombre, es que negar esa evidencia me saca de mis casillas.
-La belleza es un concepto totalmente subjetivo. Desde los griegos llevamos dándole vueltas al tema, y nadie ha dado aún con una definición exacta.
-De acuerdo, lo bello es subjetivo, pero la feo no. Uno reconoce a un feo nada más verlo. ¿O también me va a negar eso?
-Pues ahora que lo dice...
-Y tanto. Uno ve a uno por la calle y le falta tiempo para exclamar: qué feo es el cabrón.
-¿Y?
-Pues que uno ve a la Esteban y es lo primero que piensa.
-Todo es relativo, oiga. Al fin y al cabo: ¿qué es la belleza?
-Belén Esteban seguro que no. La duquesa de Alba chupando un limón es más guapa que ella.
-Ah, la duquesa. ¿Sabía que también la operé yo?
-No me diga más. El problema no son ellas, el problema es que usted con un bisturí en las manos tiene más peligro que un barbero con parkinson.
-Bobadas.
-Bobadas dice. A los resultados me remito. La duquesa de Alba y Belén Esteban. Sólo falta que me diga que también ha operado a Berlusconi y ya podemos ir a Eurovisión.
-Pues...
-¡No! ¿También? ¡Por el amor de dios! ¡Qué desastre! Pero hombre de dios, ¿dónde estudió usted cirugía? ¿En la charcutería del Mercadona?
-Digamos que empleo una técnica diferentes a la de la mayoría de mis colegas.
-Pues como no sea operar con los ojos cerrados.
-Cabrón, qué bueno es usted. ¿Cómo lo ha sabido?
-¿Lo dice en serio?
-Sí
-¿Me está diciendo en serio que cierra los ojos cuando opera?
-No exactamente: me los tapo con un antifaz de esos que hay para que no te moleste la luz cuando duermes.
-¿Pero por qué hace eso, insensato?
-Cuando uno alcanza cierto virtuosismo en su trabajo necesita estímulos profesionales, cierto riesgo.
-Pero hombre, si busca riesgo depílese el bello púbico con un soplete, pero no juegue con vida de la gente.
-Yo jamás podría en peligro la vida de mis clientes.
-No me refiero a sus clientes, me refiero a la gente que se cruza con ellos en la calle. Un feo en un callejón oscuro te fulmina de un ataque al corazón.
-Bobadas.
-¿Pero cómo lo hace para operar sin mirar?
-A tientas. Voy palpando, palpando, y mis ayudantes mientras me van guiando: frío, frío, caliente, caliente...uy uy que te quemas, que te quemas. Y entonces corto y zurzo, y a otra cosa mariposa. No hay más misterio.
-Ahora entiendo la nariz de la Esteban.
-¿Qué le pasa a la nariz?
-Qué le pasa a la nariz, dice... Que parece la de Poli Diaz. Que como necesite gafas se las va a tener que pegar con velcro.
-Anda que no le gusta a usted exagerar, bandolero.
-Lo que yo diga: en busca y captura.

Conversaciones con mi hija de tres años Martina, XXI

Cada vez que Martina se niega a dejar sus juguetes a otros niños, le decimos que hay que compartir. Para qué le hemos dicho nada. Ahora se ha aprendido el concepto compartir, y lo pone en práctica en su beneficio cada vez que tiene oportunidad.
Ayer, con su madre.
-Mama, ¿yo cuando me voy a casar?
-Cuando tengas novio.
-El papa será mi novio.
-Perdona guapa, pero el papa es mi novio.
-¡Hay que compartir!

Conversaciones con mi hija de tres años Martina, XX

Para que no prevalezca la opinión generalizada de que mi hija es siempre un prodigio de oratoria precoz, he aquí un diálogo de besugos que ambos mantuvimos ayer.
Llego tarde porque después del trabajo he ido a correr al paseo marítimo sin pasar antes por casa. Martina está en la cama, luchando sin mucho éxito para mantenerse despierta. Entro en la habitación. Todavía estoy sudando. La beso. Sonríe. Yo también.
-Estas sudado -dice.
-Es que he ido a correr.
-¿Has tenido cuidado de no hacer daño a nadie?
-Pero hija, ¿por qué voy a hacer daño a nadie corriendo?
-Porque a veces hay gente que corriendo hace daño a otros. Los atrapan, y les hacen daño.
-¿De dónde has sacado eso?
-Puessss..... me lo he inventado. A veces me invento cosas.
-Ah, vale.
-Venga, ya te puedes ir a duchar.
-Bona nit.
-Bona nit.

miércoles, junio 08, 2011

Semprún, Jorge

Creo que fue uno de los primeros libros que compré en la librería Robafaves. Corría el año 1995, y los sábados por la mañana había adquirido el hábito balsámico de acudir a la librería y pasear por entre las pilas de ejemplares y palpar y ojear volúmenes aleatoriamente, sin más criterio que el placer estético que me deparaban. Deambulaba por los pasillos con una errabundez placentera, con la seguridad de que el tiempo corría a mi favor. Como un perro bienintencionado y dócil, no podía resistir la tentación de olfatear el olor a tinta recién impresa, aunque esto último lo hacía con mucho disimulo a causa de mi timidez y mi acusado sentido del ridículo.

Lo editó Tusquets, pero podría haberlo hecho cualquier otra editorial sin que mi aprecio disminuyera lo más mínimo. Es curioso lo que me pasa con algunos libros. Su lectura me ha deparado tanto placer y ha sido tal el impacto que se transforman en objetos venerados en sí mismos, con independencia de si el diseño habitual de la editorial me produce rechazo. Porque eso es lo que me sucede: rara vez compro libros cuyo diseño me desagrada. La editorial Lengua de Trapo, por ejemplo, si de mí dependiera hace tiempo que su departamento de diseño estaría picando piedra en una mina sudafricana. Para mí, un libro es tanto más perfecto cuanto conjuga un buen texto con un mágnifico trabajo de diseño. Claro que también es cierto que algunas editoriales cuyo diseño es aparentemente anodino, logran con el tiempo y el catálogo de autores congregados en el sello un prestigio a prueba de bombas: véase Anagrama.

Cuando anoche mi mujer me dijo que había fallecido Jorge Semprún, el proceso y los efectos de la primera lectura de La escritura o la vida se reprodujeron de nuevo. En esa obra magnifica Semprún narra su paso por el campo de exterminio de Buchenwald. Recuerdo perfectamente la descripción que realizaba del olor que el humo de las chimeneas del crematorio diseminaba por el campo y por un bosque próximo, sobre el cual, decía, no volaban los pájaros porque los ahuyentaba el olor de la carne quemada. Semprún sobrevivió al infierno, y durante muchos años tuvo que elegir entre escribir o vivir (La escritura o la vida), porque el proceso de escritura lo abocaba a recuerdos insoportables. A nadie se le escapa que todo el que ha salido con vida de un campo de exterminio ha regresado de la muerte.

Había pertenecido a la resistencia francesa que combatió a los nazis. Había sobrevivido al exterminio. Fue ministro de cultura con el primer gobierno de Felipe Gonzalez. Anoche falleció en París. Y cada vez quedan menos sobrevivientes que nos puedan relatar de primera mano hasta dónde puede llegar la indecencia practicada por el ser humano, lo cual es de suma importancia, pues necesitamos que nos recuerden constantemente de lo que somos capaces, dado el corto alcance de nuestra memoria, y la predisposición casi mongoloide a repetir errores. Como modesto homenaje a ese hombre excepcional, extraje el libro de la estantería, abrazado todavía por la faja algo descolorida en la que se incluyen las habituales frases laudatorias , y lo empecé a leer de nuevo. Creo que es lo menos que puedo hacer.

sábado, junio 04, 2011

Conversaciones con mi hija de tres años, Martina, XIX

Pilar está tratando de convencer a Martina de que se vaya a la cama. Ella se resiste, pero las fuerzas la abandonan. En todo el día no ha parado un sólo momento de jugar.
-Martina, hija, ¿no ves que estas muy cansada?
-No estoy cansada, mama: estoy hecha polvo.

miércoles, junio 01, 2011

Cajón de sastre

En Paseo de Gracia. A la altura del edificio de la Pedrera, con las aceras anchas tomadas por una muchedumbre de turistas entre los cuales son mayoría japoneses, sigilosos tras la cámara diminuta que se llevan a la cara sin solución de continuidad, una figura atrapa toda mi atención. Se trata de una joven que camina en dirección Plaza de Cataluña; camina, digo, aunque en realidad apenas avanza, o lo hace poco a poco, pasito a pasito, de forma que más que caminar se diría que deambula por el puro placer de hacerlo. El motivo es que está ensimismada leyendo una novela que la desvincula totalmente de la realidad. El ceño fruncido y la mirada concentrada en la lectura, mientras miles de personas a su alrededor dirigen su atención al exterior, al entorno arquitectónio, a la fauna humana que merodea por entre edificios, al estruendo amortiguado del tráfico horrible que no evita que ella se refugie en la lectura. Avanza sin desviar la mirada del texto, parece que posea una especie de radar que le avisa de los obstáculos que le salen al paso, pues los va sorteando sin interrumpir la lectura, si dejar de devorar oraciones, sin dejar a su paso los cadáveres de las palabras, que yacen muertas una vez han entregado su sentido, que dijo Daniel Pennac. Me vienen a la cabeza unas palabras de Antonio Muñoz Molina: La literatura es una madriguera para no ser visto.



La inmigración y las elecciones. No puedo quitarme de la cabeza una conversación con una compañera del trabajo, a raíz de los resultados electorales de las elecciones municipales. Hablamos de Plataforma por Cataluña y los inesperados resultados obtenidos, en Cataluña en general y en Mataró en particular. Yo le digo que no son tan inesperados, o que en todo caso lo son para los políticos, que son proclives a desvincularse de los problemas reales que sobrevienen a diario en las calles a un ciudadano corriente. Le digo que la inmigración era un cuestión que tarde o temprano había de dejar de ser esa suerte de sustancia invisible que nadie parecía ver y cosificarse abruptamente delante de nuestros ojos. Han sido los ciudadanos quienes han dicho a los políticos: si hacéis ver que el problema con la inmigración no existe, nosotros os haremos ver que no es así. He ahí Plataforma por Cataluña.
Me cuenta mi amiga que a diario entrevista a jóvenes musulmanas que se quejan de que no encuentran trabajo por culpa del pañuelo. Mi amiga le sugiere que se lo quite, que no se lo ponga durante la jornada laboral y que, si quiere, se toque de él a la salida, y la mayoría de las jóvenes le dicen que no pueden hacerlo, y añaden que si en el trabajo hay otros hombre, no pueden permitir que le vean el cabello. He aquí la cuestión. Si en un país democrático y avanzado socialmente una mujer no puede escoger libremente descubrir su cabello por temor a presiones de naturaleza religiosa por parte de terceros, o aunque no mediara la intervención de nadie y ella misma se censurara en virtud de una educación determinada, menospreciando el trabajo realizado durante años por mujeres que se obstinaron en conseguir las libertades de las que gozán hoy, es que esa mujer no merece vivir en ese país.