domingo, enero 23, 2011

Diálogos con mi hija de tres años Martina IV

Martina se ha levantado con una energía desbordante. Me pide El Rey León, y antes de que yo acepte, ya me está preguntando qué película podrá ver después de El Rey León. No pierde oportunidad para intentar saltarse las restricciones que hemos decidido llevar a cabo para que no vea tanta televisión.
-Entonces, ¿qué película veremos después? -insiste.
-Martina, no vamos a ver ninguna película más. Con una vas que tiras.
-Pero es que tengo tres años.
-¿Y qué que tengas tres años?
-Pues que me tocan tres películas: una por cada cada año.

viernes, enero 21, 2011

Diálogos con mi hija de tres años Martina III

Martina está sentada en la taza del váter, haciendo pipi. Yo estoy de pie a su lado, esperando mi turno. Cuando acaba, se apea de la taza con cierta dificultad, me da la espalda y con los pantalones y las braguitas maniatando sus tobillos, camina en dirección a la cisterna dando cortos saltitos, como lo haría una gueisa,
-Espera -le digo-, no tires de la cadena que el papa va a hacer pipi.
-¡Noo! -grita con verdadera expresión de alarma mientras tira de la cadena antes de que a mí me de tiempo a bajarme la bragueta.
-¿Pero por qué no? -le pregunto.
Mira a un lado y a otro, y como si me estuviera confiando un secreto, susurra:
-Porque se mezclan.

Diálogos con mi hija de tres años Martina II

Conversación con Martina. Hoy no tenía más ganas de comer. Le he dado permiso para levantarse de la mesa. Se ha encaramado encima de la trona y se ha arrojado a mi cuello mientras exclamaba:
-¡Eres un gran padre!
-Y tú eres una pelota -le he dicho yo sin caer en la cuenta de que es pronto para que comprenda el concepto de pelota. Entonces ha echado un vistazo a su alrededor, ha fijado la vista en un objeto, y finalmente ha dicho:
-Y tú eres una televisión.

Diálogos con mi hija de tres años Martina I

Breve diálogo entre mi hija de tres años, Martina, y yo.
Estoy echado en el sofá, convaleciente de una gripe. Martina se ha acercado, me ha dado dos besos en la misma mejilla, con vehemencia, sujetando mi cara con sus manos, y me ha dicho:
-Papa, eres fantástico.
-Gracias hija.
-Y muy guapo.
-Gracias hija, pero, ¿sabes qué? Estoy malito.
Se ha quedado pensativa, y a continuación ha dicho:
-Sí, pero estás vivo.

jueves, enero 20, 2011

Ahora que me ha venido Lost a la memoria

Ahora que se han calmado los ánimos y parece ser que no hay riesgo de revuelta popular -en realidad la hubo, pero sólo fue virtual- me gustaría aportar algunas reflexiones respecto a la serie Lost y a su controvertido final. Creo que Lost constituye un caso ciertamente paradigmático de como echar por tierra un prestigio que, al final, se ha demostrado tan virtual como durante seis años lo fue el público que ensalzó la serie, entre los que yo mismo me encuentro.
Las novelas decimonónicsa se publicaban por entregas, en folletines o en periódicos. Semejante proceder obligaba al escritor a escribir de tal manera que necesitaba suscitar interés en el lector, pues en caso contrario no volvían a comprar el periódico o el folletín y él probablemente perdería su trabajo. Paulatinamente, desde el XVII, los escritores habían dejado de escribir en régimen de mecenazgo, no tenían ya la tutela de una figura ilustre que los mantenía económicamente mientras ellos se dedicaban a escribir. Como se suele decir, ahora estaban obligados a buscarse las habichuelas.

Que una serie como Lost, alguno de cuyos episodios -la gran mayoría a decir verdad-, habían alcanzado considerables cotas de calidad narrativa, finiquite su prestigio con una conclusión tan decepcionante y fuera de lugar obedece simplemente a las dictaduras de la audiencia. Pudiendo haber logrado la consideración de una obra de culto, acabará siendo recordada como la demostración de ineptitud más palmaria de la reciente revolución televisiva que está experimentando las series. Y todo por culpa de unos guionistas que prefirieron la gloria del agasajo laudatorio efímero a la posteridad, apostando episodio tras episodio por la vieja convención del género folletinesco de crear suspense a toda costa, conscientes de que jamás podrían estar a la altura de su resolución. En ese sentido, nos tomaron el pelo a todos, incluso a gente con cierta experiencia en las técnicas narrativas. En lo que a mi respecta, cada vez que acababa de ver un episodio recordaba las palabras de Borges de que la resolución del misterio nunca está a la altura del misterio, y lo hacía porque me veía venir el tremendo batacazo que finalmente se han pegado.

Cuando concluyó la serie, no pude evitar pensar en el escritor E. M. Foster y en su ensayo Aspectos de la novela, donde sostenía que a una novela el escritor le debería poner fin cuando se cansara de escribir. Ya está. Si el impulso primero que había desatado la escritura torrencial desaparecía, los más aconsejable era dar por finalizado el libro, aunque el lector se quedara a medias y la historia no contara con un final. Bien mirado es mejor gozar de unas cuantas páginas redactadas con vigor y emoción que continuar escribiendo por pura inercia páginas y páginas de plúmbeas reflexiones sobre las más disparatadas banalidades.

martes, diciembre 07, 2010

Perdonad, pero alguien tenía que decirlo.

¿Soy el único que tiene la sensación de que la moda de llevar los pantalones por debajo del culo está durando demasiado? ¿Soy el único que considera que de todas las modas que surgen periódicamente la de enseñar los calzoncillos es, con mucho, la más ridícula estéticamente de todas las modas que uno alcanza a recordar? ¿Los que visten los pantalones con la bragueta a la altura de las rodillas tendrían cojones de correr delante de un toro en semejante estado?