domingo, septiembre 19, 2010

La expulsión.

Lo de la expulsión de gitanos está concitando opiniones de toda índole. El discurso oficial, sostenido tanto por políticos como por medios de comunicación -de izquierdas sobre todo-, tiende a ser unánime: se trata de una medida xenófoba y populista. A mí lo de populista me suena como cuando, para denostarla o restarle méritos, dicen de una película que es comercial. A mí jamás se me ocurriría pensar que una película que ha despertado el interés de medio mundo es, per se, desdeñable. Cuando menos cabría concederle el beneficio de la duda. Lo mejor es ir a verla, y si efectivamente nos parece buena felicitarse por coincidir con el resto del planeta, no pasa nada si así fuera. Y si se nos antoja mala de solemnidad, preguntarnos qué clase de cóctel anfetanímico habían ingerido antes de ir a verla quienes se deshacen en elogios.
Yo escucho cada semana varias tertulias radiofónicas, y durante estos días en que se ha desatado la polémica de las expulsiones, la gran mayoría de oyentes que participaban en los debates se mostraban, con matices, favorables a la medida de Sarkozy. Digo yo que alguna reflexión habrá que extraer de semejante circunstancia. Seguramente muchos de los oyentes que llamaron se habrán pronunciado injustificadamente, impelidos por ese miedo irracional que despierta el diferente. Pero no me cabe duda de que otros habrán expresado su parecer a partir de experiencias propias.
Digo yo que entre la ultraderecha pendenciera y malintencionada y la progresía de izquierdas que preconiza que el mundo es La casa de la pradera debería de haber un término medio desde el que analizar la cuestión de la inmigración sin maniqueísmo ni complejos y, sobre todo, con conocimiento de causa y desde el terreno. No hace mucho me explicaron que un político de Mataró hubo de trasladarse a un barrio con ocasión de una inauguración, y se quedó atónito al constatar que la multitud que asistía era mayoritariamente inmigrante. Se trataba del barrio inmigrante por antonomasia, el primero que los acogió veinte años atrás. ¿En qué realidad vivía ese político y que autoridad moral podía detentar para exigir a la población autóctona comprensión? Asimismo recuerdo haber leído, a raíz del caso Pretoria, que el alcalde de Santa Coloma de Gramanet, a la sazón uno de los municipios que acoge mayor número de población inmigrante, residía en Sarriá, uno de los barrios más exclusivos de Barcelona. Se necesita tener mucha jeta para que un alcalde le diga a sus ciudadanos que se ha de ser solidario con la inmigración, y luego irse a Sarrià, en cuyas calles es más fácil ver a Jose María Aznar practicando danza del vientre ataviado de un tanga de leopardo que a un inmigrante.

3 comentarios:

Artemisas' Project dijo...

molt bé de bloguer a bloguer. Pero por favor si alguien ve a Aznar así que me avise, no me gustaría perdermelo.

Yolanda dijo...

No, seguro que antes te encontrarás un inmigrante, el que les limpia sus chozas...

Joan Calsapeu-Layret dijo...

Saps , això de la hipocresia ja en parlaven els llibres antics... que són la guia de moltes creences...

doncs que la humanitat no en te res d'humanitària, i si ets sensible, i no et blindes una mica les emocions acabes deprimit.

salut i canya al mono! :)