sábado, mayo 27, 2006

Carta abierta a Bush








No estimado sr. Bush:

Espero que a la llegada de esta carta sea usted víctima de dolorosos retortijones que lo desidraten patas abajo con la misma rapidez y eficacia con la que la Administración que usted preside arrasa países. Yo bien, no gracias a Dios sino a que por azar no nací en Afganistán o Irak, mal que a usted le pese.

El motivo de la presente es felicitarlo a usted y a sus asesores por la labor realizada durante su mandato, en el transcurso del cual le satisfará saber que ha dilapidado el prestigio de su país como ningún otro presidente había podido hacer hasta la fecha, y no será por voluntarios ni ocasiones. En efecto, pese a que muchos de los inquilinos que le precedieron en la Casa Blanca se empeñaron con esfuerzo denodado en llevar a cabo toda suerte de tropelías en aquellos países susceptibles de ofrecer beneficios, ninguno manifestó tan escasas actitudes para realizar algo honrado o provechoso o mínimamente honesto en beneficio de la humanidad como sin duda sí ha manifestado usted de forma reiterada y a conciencia, entre las que cabe señalar una especialmente dolorosa porque atañe al imaginario colectivo de todos aquellos que han crecido viendo en el cine norteamericano cómo el séptimo de caballería acudía a son de corneta en auxilio de los mismos desvalidos que ahora huyen despavoridos a refugiarse de los marines que a golpe de hip-hop arrasan aldeas como una hueste de sanguinarios forajidos.

Bien por activa (las torturas de Abu Ghraib, los asesinatos indiscriminados a manos de marines de civiles en Haditha), bien por pasiva (el huracán Katrina) no ha habido un solo día en que no se haya vertido abundante sangre inocente por su culpa, de lo que no me cabe duda su esposa e hijas se sentirán sumamente orgullosas e imagino que, a esa edad provecta en la que los nietos se arremolinan en torno al orgulloso abuelo, usted se sentará junto a los suyos al arrimo de una cálida chimenea a narrarles cómo hay que hacer para asesinar a niños como ellos y salir indemne. A ese respecto, el planeta entero agradece unánimemente su interés a que la población mundial no aumente más de lo estrictamente indispensable, y asimismo lo emplazamos a que en el futuro, para acabar cuanto antes y evitar el incesante goteo de fallecimientos constantes y la rutina que de ello se deriva, arroje sobre los países que usted considere oportuno alguno de los muchos misiles nucleares que, para nuestra tranquilidad, están a su disposición y mando, y de los cuales cabe recorda el grato recuerdo que guarda la población civil japonesa.

Sin más que decirle y absolutamente convencido de que antes de que acabe su mandato será capaz de crear más devastación y calamidades de las que alcance nadie a imaginar, me despido de usted deseando no sólo que no mejore de sus retortijones arriba mencionados, sino que se hagan más intensos de tal manera que el dolor que padezca sea proporcional al que usted ha causado.

Sin gusto alguno, Arcadio García.

miércoles, mayo 24, 2006

Testimonio de un hijo acosado (o cómo echar a un gorrón de casa)


Quisiera aprovechar la oportunidad que me brinda este blog para denunciar el acoso sistemático del que estoy siendo objeto por parte de mis padres. Resulta que de un tiempo a esta parte he percibido cierto cambio de actitud en el trato que habitualmente me dispensan. Al principio pensé que se trataba de una de esas disputas que surgen en los matrimonios, en las que, por lo general, se suele utilizar al hijo como arma arrojadiza, de manera que no le di mayor importancia y seguí a mis cosas como si nada ocurriera. Sin embargo, hace una semana descubrí que el motivo de su enfado no era otro que yo. Dado que no fui hasta ese momento capaz de advertir nada, ambos, mi padre y mi madre, decidieron, al parecer, incrementar su hostigamiento a fin de que me diera de una vez por enterado, a tal punto que ya no pude soportarlo más y les pregunté cuál era la causa por la que de repente, de la noche a la mañana, habían decidido hacerme la vida imposible con maniobras tales como, por ejemplo, no preparar la comida a la hora en que mi madre tenía por costumbre, con el consiguiente trastorno en mis hábitos alimenticios, o bien realizar escándalo a esa hora temprana en la que uno considera que no es saludable despertarse todavía. Mi padre contestó, con muestras de evidente irritación, que en todo caso lo que en modo alguno era saludable y mucho menos tolerable era levantarse cada día a las once de la mañana. Yo, en mi disculpa, respondí que cada persona necesita unas determinadas horas de sueño que resulta desaconsejable perturbar so pena de padecer alguna dolencia que deteriore el metabolismo de forma irremediable. Mi madre, dando al traste con ese supuesto que ha pasado de una generación a otra según el cual las madres siempre se baten en defensa del hijo, salió entonces en apoyo de mi padre aduciendo que jamás acabaría la carrera si no adoptaba el hábito de madrugar, y que si seguía así, añadió mamá con no poca insistencia, debería sumar a los siete años transcurridos desde que entrara en la universidad otros tantos, cuando sólo se necesitaban tres para acabarla. Ese comentario me dolió en el alma porque puso de manifiesto la evidencia de que mis padres no han sabido apreciar, durante los siete años de facultad, los esfuerzos denodados que he tenido que llevar a cabo para sacar adelante los estudios que, como consecuencia de mi carácter meticuloso y perfeccionista, es cierto que he preferido cursar en más años con idea de que no se me escapara nada y todo me quedara perfectamente claro, es decir, al objeto de ser un buen profesional en lo mío y no el clásico muchachote que acaba la carrera sin una preparación concienzuda. Les dije a mis padres que me dolía en extremo que no supieran apreciar el esfuerzo y el sacrificio que derrochaba en clase para traer a casa, en el futuro, un título del que se sintieran orgullosos. Mi padre dijo entonces que hacía tiempo que él y mi madre habían perdido toda esperanza de sentir algo por mí que pudiera parecerse remotamente a orgullo. Semejante confidencia ha sido el detonante que me ha hecho comprender por fin cuál era el motivo de su cambio de actitud y lo que yo consideraba un comportamiento vergonzoso hacia mí, su primogénito, sangre de vuestra sangre, les he señalado al tiempo que les recordaba que no hacía falta armar tanto alboroto ni llegar a esos extremos si su intención era que me independizara y les dejara en casa solos. Papá ha mostrado su contento de que por fin yo entrara en razón y me ha preguntado cuándo pensaba empezar a buscar piso, yo le he respondido que en cuanto tuviera un momento libre me pondría a hacer acopio de voluntad para poder levantarme temprano, lo cual sería el primer paso para asistir a clase, lo que a su vez sería indispensable para acabar la carrera, lo que, en definitiva, me pondría en disposición de ganar un sueldo más o menos decente que debería quedarme íntegramente y con el que, por fin, estaría preparado para afrontar la decisión de buscar casa. Todo era, le dije a mis padre, cuestión de tiempo.

sábado, mayo 20, 2006

Desmemoria


En esa máquina de perfección minuciosa que es el cuerpo humano, en ese artefacto de precisión en el que cada pieza o engranaje cumple una función específica en el milagro aparatoso de la vida, yo hecho de menos un remedio que nos proteja o rescate de la desmemoria. Pero no en lo que respecta a los asuntos cotidianos y un tanto banales, susceptibles de echarse al olvido en el decurso de la urgencia vertiginosa a la que irremediablemente nos aboca el día a día, sino en relación a todos aquellos sucesos excepcionales que lograron alguna vez acallar, ocultar, desplazar, mitigar o incluso erradicar, en personas de procedencia distinta y modo de pensar radicalmente opuesto y en apariencia irreconciliable, todo cuanto nos separaba y era motivo de discrepancia seria, para unirnos en un objetivo común, acaso la voluntad y el convencimiento unánime de que no puede sostenerse argumento alguno ni defender planteamientos, de la índole que sean, que justifiquen la violencia contra nadie. Deberíamos contar en el cerebro con una suerte de diminuto artilugio que nos produjera indoloras pero oportunas descargas eléctricas cada vez que olvidáramos que hubo un tiempo que en todos, por ejemplo, íbamos en aquellos trenes o fuimos Miguel Ángel Blanco.

miércoles, mayo 17, 2006

Lávalo guarro



El ingenio y la originalidad se manifiestan en tan contadas ocasiones que cuando lo hacen es motivo de aplauso y elogio, por más que vaya en perjuicio de uno. Si usted procede como el común de los mortales daré por supuesto que alguna que otra vez habrá dejado que una fina capa de mierda cubra por completo su automóvil. No se sonroje, quien más quien menos ha sido presa de similar desidia y ha abandonado, estacionado por días a merced de la intemperie y su adversa climatología, su preciado coche. Daré asimismo por supuesto, en consecuencia, que en más de una ocasión e incluso dos habrá encontrado escrito en la luna o en el capó esa leyenda a la que con tanta frecuencia recurren los que adolecen de imaginación, a saber: Lávalo guarro que no encoge. Cuando ha sido mi propio vehículo quien ha padecido las veleidades literarias de esos ociosos escritores improvisados, no tengo empacho en admitir que he sentido cierto enojo no tanto porque escriban como por la falta de originalidad con que lo han hecho. Por ese motivo sentí cierta alegría y no poca sorpresa cuando hace unos días pude leer en un vehículo estacionado próximo al mío una ocurrente variedad de tan manida frase: Ojalá mi novia fuera tan guarra, rezaba en el capó de un sucio vehículo con una caligrafía apresurada aunque firme para haber sido escrita con un dedo índice que uno imagina se desliza tembloroso por la urgencia de no ser descubierto in fraganti en plena gestación de la obra. Desde entonces hago caso omiso a cómo la mierda se deposita pacientemente sobre mi coche con la esperanza de encontrar algún día un mensaje anónimo de ese poeta urbano, nada me haría más ilusión que ceder el lienzo de mi automóvil a tan talentoso personaje.

lunes, mayo 15, 2006

Ellos ya vencieron.


Releo por tercera vez Ventanas de Manhattan, de Antonio Muñoz Molina, uno de mis escritores preferidos, a cuyos libros acudo cada vez que disminuye o se ve frustrado mi interés por la literatura y necesito reconciliarme con ella. Su escritura se ha transformado en un estímulo imprescindible al que recurro con frecuencia. El autor andaluz describe con meticulosidad y detalle las largas temporadas que ha vivido en la ciudad de los rascacielos. Se encontraba en Nueva York el día fatídico en que las torres gemelas desaparecieron transformadas en una inmensa nube de ceniza y polvo que gravitó durante semanas en el aire desolador de esa ciudad herida. Con una prosa demorada describe cómo en los días que siguieron al atentado, mientras viajaba en metro o autobús, o deambulaba sin rumbo por las calles con el propósito de comprobrar cuál había sido el alcance que la tragedia había causado en la gente, todavía mudas por la perplejidad en una ciudad por lo general bulliciosa, había detectado a menudo el estupor intacto y el temor creciente en los ojos de los neoyorquinos. Por razones de estudios, durante los meses que siguieron a los atentados del 11 de marzo, en Madrid, yo me desplazaba en tren a diario a Barcelona, y también me pareció percibir en la gente y en mi mismo ese temor apenas reprimido, esa expresión como de estar en alerta constante, atentos al menor síntoma que pudiera parecer sospechoso, pero desorientados y presas de una paranoia contagiosa porque todo cuanto nos rodeaba parecía serlo. En una ocasión, en el decurso de uno de esos trayectos de apenas cuarenta minutos sentí que alguien golpeaba levemente mi hombro. Giré la cabeza al tiempo que me retiraba de los oídos los auriculares, y un hombre de cuyas facciones ya no guardo memoria me preguntó si la bolsa de deporte que había bajo el asiento que yo ocupaba era mía. En un movimiento reflejo miré bajo la butaca mientras contestaba que no. Se trataba de una bolsa de tela negra un tanto desastrada. El hombre asintió sin decir palabra y en la siguiente estación en la que el tren se detuvo agarró la bolsa y la arrojó sin ambages al andén. El tren se puso de nuevo en movimiento y todos guardamos un silencio incómodo y evitamos el cruce de miradas, acaso conscientes de que lo que acababa de suceder era señal inequívoca de que pasara lo que pasara ellos ya habían vencido.

sábado, mayo 13, 2006

Injusticia


Parece ser que algunos de los consellers que el presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, ha cesado fulminantemente recibiran en los próximos dieciocho meses una paga de 1.950 € por los apenas veinte días que han transcurrido desde que prometieran el cargo. Ciertamente deben de haber realizado, en tan corto espacio de tiempo, una tarea encomiable y espero que muy provechosa en beneficio del ciudadano para que les sea retribuída semejante cantidad. La noticia, publicada en El Periódico de Cataluña, añade, sin embargo, que dicha retribución está exenta de pagas extraordinarias, lo cual se me antoja un atropello en perjuicio de la precaria economía de personas tan insignes. Los ciudadanos deberíamos, todos al unísono, tomar las calles y manifestar nuestro desacuerdo ante semejante atropello, y no cesar nuestras protestas hasta que los ex consellers perciban las pagas que sin duda se merecen. Asimismo sería todo un detalle y una muestra de sutileza y buenos modos que nadie se sintiera tentado a recordarles o echarles en cara a tan ilustres personajes que cualquier otro trabajador ha de estar un año contratado para poder acceder a tres meses de prestaciones por desempleo. Si se da la circunstancia, además, de que ustedes coninciden con alguno de ellos en la cola de la oficina de desempleo, ofrézcanles, les ruego, una muestra de buen talante y cédanles el paso sin pensarlo, no fuera que, transcurridos los quince días de rigor que todo desempleado dispone para formalizar el cobro de las consiguientes prestaciones, no les diera tiempo a hacerlo y se vieran sumidos en la más absoluta indigencia después de todo lo que se han esforzado y sacrificado por nosotros durante esos breves pero intensos veinte días.