jueves, noviembre 10, 2016
Martina, nueve años después
sábado, septiembre 07, 2013
Fuerza 7
—Ochenta y dos cumpliré este año. ¿Y tú?
—Para setenta y siete voy.
—Dos críos.
—Dos pardales.
—Ya lo creo. El otro día me salieron al paso dos drogadictos de esos...
—¿De cuáles?
—Esos que van todo el dia con los pantalones cagaos.
—¿Los que van enseñando los calzoncillos?
—Los mismos. Me los cruzo a los dos montados en lo alto de dos monopatines.
—Uy, qué coraje me da eso...
—Y que lo digas.
—...con lo grandecitos que son, con los cojones llenos de pelos como los tienen, ¿tú te crees que tiene que ir tol dia montaos en monopatín. Coño, ¡cómprate una furgoneta y vete a la vendimia, hostias!
—A esos los aviaba yo. A picar en una cantera los iba a poner, fíjate tú. ¿Y qué pasó?
—Pues que vienen en mi dirección con los monopatines de los cojones.
—Directo hacia ti.
—Sí, y va uno, el más feo de los dos...
—¿Cómo de feo?
—Como para escupirle. Tenía el flequillo to aplastao contra la frente, que parecía que se lo había relamío una vaca.
—Y encima se piensan que van guapos.
—... y me dice, escúchame bien, me dice: «abuelo, quítese del medio que me lo llevo por delante».
—¿Eso te dijo?
—Eso mismo.
—¿Te llamó abuelo?
—Con esas mismas palabras.
—La reputa madre que lo parió, a él y a toda su parentela. ¿Y qué hiciste?
—¿Que qué hice? Qué voy a hacer, tal y como venía hacia mí le metí dos hostias, así, con toa la mano abierta, como las daban los hermanos Trinidad. Una con la derecha, y otra con la izquierda; pim y pam.
—Bien hecho.
—Mira, lo tenías que haber visto, cómo se fue patrás mientras el monopatin se iba rodando a tomar por culo.
—La cabeza le hubiera pisao yo, mira que te digo. Abuelo me iba a llamar a mí...
—Eso fue lo siguiente.
—¿El qué?
—Lo de la cabeza. Se quedó en el suelo, to dolorio, gimiendo.
—Mariconazo. ¿Y qué hisiste?
—Me acordé de Gento y del gol a Inglaterra.
—¿De Gento?.
—Como te lo estoy diciendo. Entonces me apoyé en el bastón, para pillar carrerilla, y me fui pa él mientras le decía: "Tú va a ver los goles que se metían antes, «gipi» mugriento...
—Con dos cojones
—...y le di una patá en la cabeza que el flequillo relamío se fue parriba como la cresta de un gallo. Mira, qué hostis se llevó.
—Dos le trendrías que haber dao. ¿Y qué pasó con el otro?
—¿Qué otro?
—El que iba con él. Coño, ¿no has dicho que eran dos?
—Ay, sí, la madre que me parió, que se me va el santo al cielo. El otro acabó igual, o peor.
—Desembucha.
—Pues que el muy desgraciao se va patrás para pillar carrerilla con el monopatín.
—Como un toro, vaya.
—Como un toro Miura, y empieza a impulsarse con un pie, y viene hacia mí rápido, rápido.
—A toda hostia, vamos.
—A todita hostia, y poniendo cara de velocidad, con dos velas de mocos largos colgándole patrás desde las narices, como una bufanda movía por el viento, el muy asqueroso.
—Qué fatiga. ¿Y qué? ¡Cuenta, coño!
—Me acordé de una película de Chu Norris, una que se titulaba Fuerza 7. ¿La recuerdas?
—La recuerdo. ¡Qué grande Norris!
—Pues ahí el Norris hacía una pirueta que, madre mía, desde la primera vez que la vi, cuando se estrenó en el 80 o así, me se quedó grabá pa los restos.
—Explica.
—Pues tal y como me viene el malnacio «gipi» ese, solté el bastón, me tiré patrás y di un salto mortal con tirabuzón, y tal y como caí al suelo, me elevé dos metros en el aire con la fuerza del impulso, permanecí un ratico ahí, como suspendio a cámara lenta en latmósfera.
—Ahí colgao.
—Sí, como colgao. Y luego, escucha bien lo que te digo, luego giré sobre mí mismo, ahí es na, y tal y como giré, con el exterior del empeine le metí en la cara una patada grado 8 en la escala de Richter, y le arranqué de raíz todo los dientes.
—¿Todos?
—Todicos. Le sonaban en la boca como un sonajero. Mira, qué hostia más bien da se llevó.
—Se va a acordar toda su vida. ¿Y qué paso luego?
—Que empezaron a salir como de debajo de las piedras un montón de compañeros de estos dos pamplinas.
—Compinches de la banda, serían.
—Serían.
—¿Y qué pasó?
—Que me rodearon. Hicieron un círculo a mi alrededor, como al principio de Furia Oriental, ¿te acuerdas? La de Bruce Lee.
—Cómo me voy a olvidar del actor más grande que ha parido el cine.
—Amén.
—¿Y qué hiciste?
—Desenrosqué el bastón por la mitad, y lo puse en modo nunchaku, y les dije que se acercaran a mi vera si tenían güevos.
—¿Y lo hicieron?
—Ya te digo. Y tal y como venían, hostia que les daba, y los nunchaku volaban en mis manos como si Bruce Lee hubiera resucitado.
—Como me hubiera gustado verlo, coño.
—Y al final no quedó uno en pie. Todos tiraos pol suelo a mis pies, lloriqueando.
—¿Y no los remataste?
—Qué va. Hay que ser generoso con los vencidos. Volví a enroscar el bastón, y me fui lentamente al asilo mientras, a mi espalda, una muchedumbre aplaudia y me felicitaba. Yo creo que hasta sonaba de fondo la música de John Williams, mira que te digo.
—La hostia, qué grande.
—...
—...
—...
—La madre que te parió, anda que no eres embustero.
—Ya, pero ¿y lo bien que nos lo pasamos este ratito?
—Ya te digo.
jueves, mayo 30, 2013
El escarabajo
—Tenemos que hablar.
—Dime.
—Me resulta violento, pero te lo tengo que decir.
—¿El qué?
—La gente se queja.
—¿De qué?
—Del olor.
—¿Qué olor?
—El tuyo.
—¿El mío?
—Sí, el tuyo. Hueles mal.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—¿A qué?
—¿A que qué?
—A qué huelo.
—¿Tengo cara de sumiller de mierdas? Yo qué sé a qué hueles, tío. El caso es que hueles mal.
—Yo no huelo nada.
—Pues no sabes lo afortunado que eres. Hiedes.
—¿Hiedo?
—A perros muertos.
—No será para tanto.
—Qué no será para tanto, dice. Pero tío, ¿tú no has notado cómo las flores languidecen a tu paso?
—¿Languiqué?
—Es igual. Pues eso: que hueles como si una nube te siguiera todo el día lloviendote mierda encima.
—Debe de ser la mochila.
—¿La mochila? ¿Es que haces tus deposiciones dentro de ella?
—¿Deposiqué?
—Que si te cagas dentro.
—No, guardo la ropa sucia.
—¿La ropa? Pues tío, esa ropa no la tendrías que guardar, esa ropa la tendrías que incinerar.
—No tengo más muda que esa.
—Pues lávala.
—Ya lo hago.
—¿Con qué frecuencia?
—Lo normal, cada tres semanas o así.
—¿Lo normal? ¿Eso te parece normal? Eso es normal si vives en Truñolandia o en Villa Diarrea de los Lapos. Lo normal, dice.
—No querras que me lave cada día, ¿no?
—¿Por qué no? Todo el mundo lo hace. Yo lo hago.
—Lo sabía. Así te va.
—¿Qué quiere decir «así te va»?
—Te he estado observando: estás siempre resfriado.
—¿Y eso qué coño tiene que ver?
—Fijo que estás bajo de defensas.
—¿Lavarse reduce las defensas?
—Demasiada higiene nos hace más vulnerables a las amenazas externas.
—Bobadas.
—En serio. A ver: ¿Tú a mí cuántas veces me has visto enfermo? Di.
—Vamos, no tengo yo otra cosa que hacer que preocuparme de tu salud.
—Nunca. No me has visto nunca. ¿O es mentira?
—Y dale. Yo qué sé, tío.
—Fuerte como un roble. ¿Y sabes por qué?
—No, ¿por qué?
—Porque no me lavo desde 1980.
—Anda y vete a tompar por culo.
—En serio.Tuve un revelación y me dije: tienes que hacer de tu cuerpo una fortaleza inexpugnable contra las bacterias.
—Venga tío, deja de decir tonterías, que la gente va pensar que además de guarro eres tonto.
—En serio. Me dije: seré invulnerable como los dioses del Olimpo.
—Joder, que me tengan que pasar siempre a mí estás cosas.
—Me dije: Forjaré mi cuerpo para ser invencible; no, qué coño invencible: indestructible. La mierda me protegerá. La mierda me hará inmune. La mierda creará en torno a mí un escudo invisible que repelerá las agresiones de la naturaleza. Y así es.
—¿Así es qué?
—Nadie se acerca. Todos huyen. Al mundo le doy miedo.
—Al mundo le das asco, tío.
—Me convertiré en el único hombre que sobreviva a un desastre nuclear, como los escarabajos. Seré un escarabajo humano. Haré realidad los deseos de Kafka.
—Inaudito.
—¿Inauqué?
—Nada.
jueves, mayo 23, 2013
Sonata quejumbrosa contra el calabacín.
domingo, abril 28, 2013
Cuando despertó, las calles estaban ahí.
jueves, abril 25, 2013
Divorcio
viernes, abril 19, 2013
Martina y el cine subtitulado
domingo, abril 14, 2013
Despojos
Suena el teléfono y el oficial de guardia responde:
—Policía municipal, ¿dígame?
—Buenos días, les llamo para avisarles de que en la puerta de mi casa hay tirado un cadáver.
—¿Cómo dice?
—Pues eso, que he salido de casa para ir a trabajar y a diez menos de la puerta me he encontrado un hombre muerto.
—¿En la calle?
—Sí señor, en medio de la acera.
—¿Y está seguro de que está muerto?
—Completamente.
—Se lo digo porque no sería la primera vez que se da por muerto a alguien que no lo está.
—No señor, está muerto y bien muerto.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Disculpe?
—¿Es usted médico?
—No, señor, soy taxista
—¿Práctica alguna disciplina médica que le faculte para concluir a ciencia cierta que ese hombre ha fallecido?
—No señor,
—¿Entonces podría darse el caso de que ese hombre parezca muerto y no lo esté?
—Es poco probable.
—¿Detecta algún indicio que confirme esa conclusión?
—¿Perdón?
—Que si ve alguna señal clara que indique que ese hombre está muerto.
—Tiene un puñal hundido en la sien, si es a eso a lo que se refiere.
—A eso mismo. Veamos, ¿cuando dice que tiene un puñal hundido en la sien se refiere a la punta del cuchillo? ¿A la mitad de la hoja? ¿A qué se refiere exactamente?
—¿Importa eso?
—Por supuesto. Un puñal clavado en la sien es más aparatoso que otra cosa, no sería el primer caso de alguien sobrevive a una lesión de esas características.
—Pues este no creo que sea uno de ellos, porque lo tiene hundido hasta la empuñadura. Y el cuchillo es bastante grande porque le asoma por el otro lado.
—Parece grave.
—Se lo vengo diciendo. Un fiambre en toda regla.
—Eso parece.
—Se lo llevarán de aquí cuanto antes, ¿no?
—Si no es urgente, no.
—¿Cómo que no es urgente?
—Quiero decir que por mucho que corramos no va a resucitar.
—Visto así…
—Lo importante ahora es que usted no entre en pánico. En estás situaciones es importante mantener la calma.
—Estoy calmado. Les llamo porque me ha parecido mal pasar al lado del cuerpo y hacer como que no está.
—Entiendo.
—Vaya, es que me pongo en su lugar…
—¿En el mío?
—No, en el del muerto.
—Entiendo.
—Me pongo en su lugar, digo, y a mí no me gustaría que la gente me ignorara de esa manera.
—Es de muy mal gusto.
—Bueno, también quería hacerle saber que aquí mismo, a unos metros, hay un colegio, y de aquí a nada empezarán a llegar los padres con los niños, y no es plan que se den de bruces con un muerto. Así que digo yo que cuanto antes se lo lleven mejor, ¿no?
—Ya me gustaría, ya, pero las cosas no son tan sencillas.
—¿Por qué?
—Es largo de explicar.
—Supongo que lo dice porque tendrá que venir el juez para el levantamiento del cadáver y todo eso.
—Eso es lo de menos. Lo peor es que con el tema de la crisis estamos muy justos de efectivos móviles. La crisis económica ha reducido considerablemente los ingresos municipales, y el ayuntamiento se ha visto en la obligación de utilizar los vehículos de la policía y las ambulancias para hacer mudanzas, y cosas por el estilo, y ahora mismo los tenemos casi todos ocupados. Si no es un caso de urgencia, no podemos enviar ningún efectivo.
—¿Y un hombre con un cuchillo atravesado en la cabeza no es un caso urgente?
—Ya se lo he dicho: para qué correr si ya no lo podemos salvar.
—Pero entonces, ¿qué sugiere usted?
—No me gustaría abusar de su confianza, pero ¿no podría acercárnoslo usted a la comisaría?
—¿Yo? Pero hombre, cómo voy a cargar yo con un muerto
—Es taxista, ¿no? Pues métalo en su taxi y traiga el cuerpo hasta aquí. Qué le cuesta.
—Pero hombre, cómo me pide usted una cosa así. Además, ¿qué hay de la escena del crimen? No ve usted que si toco el cadáver puedo borrar huellas que ayuden a resolver el asesinato. O peor, que yo me vea involucrado sin comerlo ni beberlo.
—Uy, asesinato; eso son palabras mayores. ¿Qué le hace pensar que se trata de un asesinato?
—¿Aparte del cuchillo que le atraviesa la cabeza de punta a punta?
—Aparte.
—¿Eso no es prueba suficiente?
—Las cosas no son siempre como parecen. Se sorprendería. En treinta años en el cuerpo las he visto de todos los colores. ¿Hay alguna posibilidad de que ese hombre se haya suicidado?
—¿Suicidado?
—¿No se puede haber hundido él mismo el puñal?
—No sé como va a ser eso posible.
—Contemplemos otra opción: ¿cabe la posibilidad de que ese hombre se haya arrojado de un edificio, con tan mala suerte que haya caído encima de un cuchillo que algún desmemoriado hubiera dejado en la calle con la punta mirando hacia arriba?
—A ver, de ser posible, todo es posible, pero yo lo dudo, qué quiere que le diga.
—Pero ¿por qué lo cuestiona usted todo, hombre de poca fe?
—Por la cartera.
—¿Qué cartera?
—A un metro del cuerpo, casi al lado, vaya, hay tirada una cartera, y parece que está vacía. Me apuesto un huevo y parte del otro a que el asesino cogió todo lo que había de valor y luego se dio a la fuga.
—No creo que usted esté cualificado profesionalmente para aventurar esa hipótesis.
—Hombre, blanco y en botella…
—Veamos: ¿Hay algún contenedor de basura cerca?
—Sí, a un par de metros hay uno.
—Perfecto. Vamos a hacer una cosa: abra la puerta del contenedor, coja el cadáver por las axilas y sitúelo con la cabeza dentro del contenedor, como si estuviera rebuscando en la basura, así, cuando pasen los niños y vean a un hombre escarbando en la basura, les parecerá una escena cotidiana. ¿Qué le parece la solución?
—Como usted vea. ¿Y cuanto tiempo lo van a dejar ahí?
—Tomo nota de la dirección y a la que acabemos las cuatro mudanzas que tenemos programadas hoy, mando un coche. ¿Vale?
—Usted verá.
sábado, abril 13, 2013
The cansino walkind dead
Nada
domingo, abril 07, 2013
Dos gotas
domingo, febrero 19, 2012
Porno.
Este breve pasaje forma parte de un relato mío que estoy reescribiendo en estos momentos. Abstenerse de leerlo todos los lectores de este blog que puedan ejercer de curas, monjas o, en suma, beatos trasnochados.
"(...) Cogió el mando a distancia del televisor y lo conectó. Echó un vistazo a los diferentes canales con similar desinterés al mostrado por el periódico hasta que se topó con los de temática pornográfica. Se detuvo en el primero de ellos, en el que una mujer desnuda con un peinado aterrador acariciaba el lomo palpitante de un perro inmenso y dócil que manifestaba su contento mostrando la punta trémula de su miembro, rosa fosforescente entre la pelambrera hirsuta y oscura y los testículos meciéndose afanosamente. Ricardo Prada se apresuró a cambiar de canal con la urgencia de quien se cree observado. En el siguiente apareció el primer plano de una joven que untaba con lametones pausados un pene de escandaloso grosor, enhiesto y brillante y de arterias hinchadas y gruesas. La punta de la lengua se demoraba en los recovecos del glande, que de repente desaparecía engullido para surgir otra vez y, finalmente, ser tragado de nuevo por esa boca omnímoda cuyos labios se dilataban sin fin en torno a ese miembro inconcebible, en tanto la piel de las mejillas de la joven se estiraba y estiraba sin parar y la mandíbula parecía en trance de desencajarse en cualquier momento. Pese a estar solo Ricardo Prada no pudo evitar cierta incomodidad. Su dedo pulgar se posó y acarició el botón del mando a distancia dispuesto a cambiar de canal aunque en rigor sin decidirse a hacerlo, remiso y expectante, atento a las imágenes de la joven tragaldabas, que parecía haber concluido la portentosa exhibición oral y se disponía a iniciar la maniobra de ensartarse por sí sola en el inabarcable pene, cuyo afortunado propietario, advirtió Ricardo Prada, apenas si aparecía fugazmente, tendido bajo la mujer despatarrada y oculto entre blancas sábanas, sumergido en ellas como un jubiloso iceberg cuya parte visible dejaba de serlo, siquiera momentáneamente, ya que la incansable mujer lo hacía desaparecer entre sus piernas, descendiendo despernancada e introduciéndoselo poco a poco, con mucha demora, mientras abría los labios mayores de la vagina con el dedo corazón e índice de su mano derecha, y lanzaba resoplidos y jadeos y se mordía el labio inferior —de la boca— y luego se humedecía el superior con la punta de la lengua y se pellizcaba el pezón con el pulgar e índice de la mano izquierda, sin dejar de subir y bajar sobre la polla con una cadencia en aumento y muy avezada y resuelta."
martes, enero 17, 2012
Ucronía
Relato finalista en el concurso NH Relato 2004
Ucronía
Extracto de una carta que el escritor H. G. Wells remitió a su amigo y periodista Alexander Cohen. Por estricto deseo del autor, la misiva no vio la luz hasta su fallecimiento en 1946.
“...en el decurso de una breve y azarosa estancia en Austria, en la primavera de 1894, un año antes de que apareciera publicada mi primera novela, La máquina del tiempo, me vi obligado a compartir celda con un individuo que aseguró haber asesinado a un niño de cinco años. Esta carta es, en esencia, un resumen más o menos aproximado de lo acontecido durante las horas que se prolongó nuestro confinamiento.
Nos encerraron juntos dos días; el primero de los cuales transcurrió sin que ninguno hiciera el menor intento de comunicarse con el otro. Admito que gran parte de la culpa de que así fuera se debió a la molesta resaca que me tenía postrado sobre aquel destartalado camastro, dejándome imposibilitado para cualquier otra cosa que no fuera articular quejumbrosos resoplidos, en tanto aguardaba a que desaparecieran los efectos de la borrachera que había provocado mi encarcelación. Al día siguiente, cuando mi estado alcanzó una notable mejoría, y después de soportar largas horas de tedioso silencio en las que no dejé de recorrer con inquietud la superficie angosta del calabozo, me dispuse a entablar conversación con mi compañero de celda, que hasta ese entonces había permanecido mudo, tendido boca arriba sobre su litera, suspendida por encima de la mía, sujetas ambas a la pared por gruesas cadenas. Con la cabeza descansando sobre las manos entrelazadas, el silencioso individuo contemplaba con una serenidad desconcertante el techo enmohecido. Yo estaba de pie, apoyado, recuerdo, en una de las paredes próxima a las camas. Desde allí, todavía sin acercarme, le pregunté, en un alemán algo rudimentario y tosco, su nombre y la causa por la que había sido encerrado. Él desoyó mis preguntas una tras otra, ni siquiera se molestó en mirarme. Atribuí su actitud desdeñosa a algún equívoco suscitado por el idioma, ya que mi alemán, como digo, era insuficiente para sostener una conversación prolongada. De modo que insistí, intentando esta vez dejar claras mis intenciones, que no eran otras que las de iniciar una conversación que hiciera más tolerable el tiempo que se dilatara el común encierro. De súbito, mientras yo me esforzaba en pronunciar cada palabra con una lenta y cuidadosa vocalización, al tiempo que gesticulaba ostentosamente con las manos, mi compañero de celda proclamó en un perfecto inglés:
—He matado a un niño.
Confieso que al principio no reparé en el significado de sus palabras y sí en el idioma en que habían sido pronunciadas. Incluso tuve un atisbo de grata sorpresa al descubrir que compartíamos la misma lengua (si bien no tardaría en advertir que su dicción difería de la mía, al extremo de no acertar a adivinar su procedencia) y, por tanto, podríamos conseguir que la espera que nos separaba de la libertad fuera más agradable. Pero inmediatamente, como si cobrara una súbita resonancia, caí en la cuenta del verdadero sentido de su frase, pronunciada, vale decir, con total indiferencia: he matado a un niño, dijo.
Mi primera reacción fue de pánico, no podía entender que me encerraran junto al sospechoso de un crimen. Entonces, como ahora, desconocía las leyes austriacas, pero contradecía el sentido común que me concedieran trato semejante al que recibe un asesino confeso, al que además imaginé de inmediato, quizá precipitadamente, sin duda inducido por el miedo, imaginé, digo, con las facultades mentales perturbadas, ya que su víctima no era un individuo al que había ajusticiado en una reyerta callejera o en defensa propia, sino un niño al que reconocía haber asesinado, al parecer, sin el menor muestra de arrepentimiento.
Superados los primeros temores, lo observé largo rato, mientras aguardaba en vano a que prosiguiera con lo que tuviera que añadir, pues pensé que acaso esgrimiría alguna circunstancia atenuante que justificara el crimen que decía haber perpetrado. Sin embargo guardó silencio y continuó con la mirada perdida, adoptando el mismo talante ausente que había mostrado hasta ese momento. Caí en la cuenta entonces de que me hallaba ante una oportunidad única a fin de alcanzar el objetivo que me había propuesto al inicio del largo viaje que me había llevado hasta ese calabozo, en un pequeño pueblo situado al noreste de Austria, justo en la línea fronteriza con Alemania.
Un mes y medio antes había partido del puerto de Folkestone, en mi Kent natal, con el propósito inexcusable de no regresar sin la génesis de la que sería mi primera novela. No sin pesar había tomado la decisión de abandonar mi empleo de tutor en la escuela de Bromley para ejercer de periodista ocasional, en tanto se gestara en mi cabeza ese argumento tan codiciado como esquivo que me permitiría por fin vivir de la literatura. Los proyectos, no obstante, no acababan de concretarse, paradójicamente por exceso de ideas, pues cuando la última parecía perfilarse como la definitiva, una nueva venía a revelar las carencias de aquélla, y así, sucesivamente, me veía atrapado en el dédalo de mis propias vacilaciones, propiciadas en buena medida por mi causa, ya que desde el principio me había impuesto la exigencia insoslayable de hallar algo nuevo que contar, una historia insólita que resultara estimulante e innovadora, tanto para mí como para los lectores. De modo que con la intención última y desesperada de poner orden en mi cabeza, decidí viajar por Europa pertrechado de cuadernos en los que anotar las ideas que fueran surgiendo durante el trayecto.
Atravesé Bélgica y Luxemburgo, y en Francia, donde se celebraban los fastos de la Exposición Universal, asistí a la inauguración de la Torre Eiffel, el monumento que los Franceses habían erigido para el evento, a mi juicio con excesiva alharaca, pues sólo se trataba, pensé entonces, de un amasijo de hierros amontonados con más o menos destreza a los que no vaticiné largo futuro. Cuando abandoné Francia puse rumbo a Alemania. Después de unos días en Munich, partí hacia Austria, cuya frontera recorrí demoradamente en tren hasta que me detuve en Braunau am Inn, un pueblo pequeño y acogedor en el que se jactaban de servir, no sin razón (mi confinamiento era prueba de ello), la mejor cerveza del mundo.
Observé expectante a aquel hombre y medité la forma de vencer sus reservas. Habituados mis ojos a la penumbra, advertí que el individuo se había vuelto hacia la pared y de nuevo me ofrecía la espalda. Resolví no dejar de hablarle hasta que se sintiera obligado a replicarme, aunque sólo fuera para hacerme callar. Sólo así, razoné, habría alguna posibilidad de que me confiara la historia que llevaba consigo.
—Si lo que dice es cierto —expuse, aproximándome a su cama—, carece de lógica que nos encierren juntos. De lo único que soy culpable, si la memoria no me falla, es de beber un poco más de la cuenta, quizá de enzarzarme en una disputa sin mayor relevancia, nada más, sin embargo usted... en fin... según dice...
Para mi sorpresa no tuve que insistir demasiado, de inmediato giró la cabeza y el camastro acompañó ese movimiento con un chirrido agudo.
—Burghausen —dijo, lacónico.
—¿Cómo? —inquirí.
—Burghausen —prosiguió— se encuentra a siete millas de aquí, y allí está el penal al que tenían pensado trasladarme. Pero se ha levantado mucho revuelo en el pueblo, la gente de Braunau aguarda atrincherada a las puertas de la prisión. Quieren un linchamiento. Me dejaran aquí hasta que se calmen.
Habló con una tranquilidad pasmosa, se diría que estaba habituado a las circunstancias que atravesaba, como si asesinar niños ocupara por lo común su tiempo, y lo extraño en realidad fuera el comportamiento extemporáneo de la gente en contra de esa costumbre. Se trataba sin duda de un personaje singular; en honor a la verdad debo decir que en modo alguno me pareció un asesino.
—¿ Por qué lo hizo? —pregunté.
—Que más da. Eso ya no importa.
—A mí sí me importa. No sé, quizá se trató de un desafortunado accidente. La gente, su familia ha de saber qué pasó.
Dispensa explicar que la urgencia por conocer la historia y el interés en sonsacarle los hechos se debían a mi propia conveniencia, y admito que utilizar como pretexto a su familia me produjo cierto pudor, que él no dejó de anotar, pues sonrió aviesamente antes de hablar.
—No fue accidente. —dijo— Le disparé por la espalda. En la cabeza. Tomé un sendero pedregoso que conduce a la arboleda en la que solía retirarse a dibujar, un soto de sauces y hayedos no muy distante del pueblo. Allí estaba, sentado sobre un tronco, rodeado de hojarasca que crepitaba bajo mis pies, y aun así tan concentrado en los trazos que esbozaba en el bloc no me oyó merodear en torno a él. Le apunté por encima de la nuca, pero no disparé, no en ese momento. De repente vacilé, sentí una curiosidad extraña que nunca antes, en el desempeño de mis numerosas misiones, había experimentado; soy por lo común preciso en el cumplimiento de las órdenes. Pero en esta ocasión quise mirarle a los ojos. Bajé el arma y lo rodeé y me puse frente a él. Me vio, no a mí sino a la sombra que mi cuerpo proyectó sobre el papel. Levantó la cabeza y me miró. Se sonrió, una gran sonrisa de satisfacción, y de nuevo, gacha la cabeza observando el bloc, emprendió la tarea de dibujar. Di la vuelta y me alejé por donde había llegado, pero sólo unos pocos metros, volví de nuevo sobre mis pasos, y esta vez sí, le disparé. Su cuerpecito menudo salió violentamente despedido a más de dos metros y cayó silente sobre de la hojarasca. Lo cogí en brazos y cargué con él por en medio de las calles hasta las puertas de la comisaría, y allí lo dejé en el umbral y me entregué.
Guardó silencio. Si albergaba dudas respecto a su culpabilidad, esa descripción detallada del crimen las habían despejado por completo. Se había limitado a la narración de lo sucedido sin pretender convencerme de nada, pues para él, sospecho, carecía de importancia que descreyera o no. Describió los hechos, nada más, yo era libre de juzgarlos a mi manera.
—Piensa que soy un loco ¿eh? –agregó al cabo.
—Intente convencerme de lo contrario. Lo que ha hecho es propio de ellos; sin embargo, y no me pregunte por qué, no creo que lo sea. Es más, estoy seguro de que si se esfuerza podrá argüir una explicación más o menos verosímil que de alguna u otra manera justifique ese asesinato.
Se incorporó y quedó sentado en la cama, las piernas, suspencidas, se mecían suavemente en el hueco que había entre su camastro y el mío. Inclinó el torso y apoyó los antebrazos en las rodillas.
—Esta bien —continuó—, pero mucho me temo que no juzgará nada verosímil lo que voy a explicarle. Pero los hechos, en esta ocasión, han transcurrido así, y no hay, por tanto, otra forma de contarlos, a no ser que mis superiores decidan que se desarrollen de otro modo distinto. Qué opina si le digo que no pertenezco a este tiempo, que estoy aquí, sí, y usted me ve, y puede tocarme, y si lo hace acaso alcance a distinguir bajo mi pecho el latido del corazón, y pese a ello todavía no he nacido, ni lo han hecho mis padres, ni los padres de mis padres. Qué opina si le aseguro que procedo de una sociedad que está a cientos de años de aquí, en un futuro ni tan solo imaginado, en un tiempo aún por llegar. ¿Y bien?
Guardé silencio y en vano busqué sus ojos en la penumbra, tratando de discernir en ellos un rastro de locura o lucidez.
—Francamente —observé sin ocultar mi desconcierto, acechado de pronto por la duda de si había atribuido a ese personaje más importancia de la que en verdad tenía— lo que dice resulta, cuando menos, y siendo comedido en mi juicio, difícil de creer.
—No se preocupe, su reacción es la común. Pero déjeme continuar, correré el riesgo de que me crea definitivamente un loco. Setecientos cincuenta años separan mi sociedad de ésta, la suya, y en ella disponemos de la posibilidad excepcional de viajar a través del tiempo, de movemos por él a nuestro antojo.
—¿Con qué propósito?
Formulé la pregunta inconscientemente. Lejos de creerle, determiné que si de verás deseaba ser escritor no debía obviar ninguna historia, por disparatada que pudiera parecer, como sin duda era el caso de la suya, pese a que, en el fondo, la narración poseía una inevitable capacidad persuasión.
—¿Con qué propósito? El motivo es evidente ¿no cree?: modificar la Historia, corregirla, mejorar el efecto alterando la causa. Bien, imagine que su mejor amigo sufre un accidente y fallece. Un percance estúpido. ¿No lo evitaría si estuviera en su mano? Se trata, en definitiva, de elevar la ucronía al rango de ciencia exacta.
–Modificar la Historia no es mejorarla. Es cierto que existe esa posibilidad, no lo niego, pero no es menos cierto que al propio tiempo subyace la de empeorarla, ¿cómo saber a dónde conducirá ese nuevo rumbo? Si, como usted sugiere, salvo a mi amigo de perecer, y luego éste se enamora de mi mujer y planea y lleva a cabo mi muerte, ¿cómo juzgar ese cambio?
–A veces es necesario correr riesgos, pero no se corrige nada sin antes llevar a cabo un meticuloso estudio de las consecuencias que pueden acarrear esos cambios. Lo conveniente, claro está, es que sólo afecte al hecho que se pretende alterar, pero es verdad que, en no pocas ocasiones, se ven afectadas circunstancias ajenas a él. Lo que demuestra, cuando menos, que el libre albedrío continúa existiendo, aunque convenientemente acotado. Aún y así, coincidirá conmigo en que hay acontecimientos en la historia del ser humano tan desafortunados que merecen, sin ningún género de duda, ser eliminados, aun a riesgo de que los efectos derivados de esa eliminación devengan más perniciosos que las causas que provocaron la modificación.
Sus razonamientos poseían tal capacidad persuasiva que no puede evitar sucumbir ante ellos, subyugado, de repente, por las posibilidades literarias que atribuí a su narración. Cada una de mis objeciones era rebatida por él con una abundancia argumental que no dejaba lugar a réplica.
Las horas siguientes transcurrieron con parecido tono. Entrada la noche su discurso se volvió, a mi juicio, deliberadamente parco. Evitó extenderse en demasiados detalles, y se limitó a responder con monosílabos cada cuestión que yo, con curiosidad insaciable, le planteaba.
Finalmente me dormí.
Del otro lado de la puerta me despertó una algarabía de voces. De pronto se abrió, precedida por un estrépito de llaves que giraban y de goznes que crujían. Unas manos se aferraron a la pechera de mi camisa y me arrojaron fuera de la cama. Me zarandearon con virulencia en tanto me gritaban algo que en aquel momento me pareció indescifrable, pero que no tardé en comprender: mi compañero de celda había desaparecido, y lo había hecho sin forzar la puerta ni dejar señal alguna de su huida. Se había desvanecido sin más, como si nunca hubiera estado allí. Sólo la horma de su cuerpo esculpida en el colchón, todavía caliente, confirmaba que su existencia no había sido producto de mi imaginación.
Su desaparición demoró mi puesta libertad, pues creyeron que yo tenía algo que ver con su fuga o, cuando menos, podía aportar algún dato que facilitara su captura. Sólo tras la eficaz mediación del consulado británico en Viena, pude abandonar, por fin, la celda; ocho días después de la evasión de aquel extraño personaje. Esa misma tarde debía coger un tren que me llevaría de regreso a Munich y, pese a que todavía restaban varias horas para su partida, me acomodé en la estación y aguardé su llegada; en modo alguno, me dije, podía permitir que ese tren partiera sin mí, ya que el siguiente con destino Munich saldría tres días más tarde, y mi ánimo, como bien comprenderás, carecía de voluntad para demorar un sólo instante más la marcha.
Mi querido amigo, durante todos estos años no ha habido un sólo día que no pensara en aquel hombre y en todo lo que me contó. Él, como ahora puedes deducir, inspiró mi primera novela y, por tanto, es en gran medida el causante de que mi vida transcurriera como lo hizo. Sé que lo juzgarás descabellado, pero esa certeza me ha llevado a considerar que nada de lo que dijo entonces fue incierto, y que las pocas horas que compartimos juntos tenían como propósito que yo escribiera esa novela, porque, sospecho, la época o sociedad a la que pertenecía precisaban de su existencia, de la misma forma que Isaac Peral, Monturiol, Nordenfelt o quién sea el que finalmente posea la autoría del submarino, necesitaron que Julio Verne gestara y escribiera en 1869 Veinte mil leguas de viaje submarino, ya que no creo, con toda franqueza, que exista acto humano, de la naturaleza que sea, que no haya sido anticipado por la imaginación fecunda e inquieta de un escritor.
La tarde de mi regreso, sentado en un banco próximo a la vía en la que debía detenerse mi tren, fatigado ya por la larga espera, contemplé frente a mí, en el otro extremo del andén, cómo un grupo de niños jugueteaba entre los árboles que llenaban, numerosos, el recinto ferroviario. Por encima de sus copas se dibujaba, desvaído por la distancia, el contorno abrupto y escarpado de la cima inhiesta del Grossglockner. También de entre la espesa fronda irrumpió, tenue, el penacho de humo que anunciaba la llegada del ferrocarril, a cuya visión precedió el silbido lejano de la locomotora. Me incorporé y dispuse todo para partir, acomodando cerca de mis pies las dos bolsas de viaje que me habían acompañado desde que saliera de Kent. Eché un último vistazo a mi alrededor y la mirada se detuvo, obstinada, en los niños. Sólo entonces, cuando los hube observado por segunda vez con detenimiento, reparé en que ignoraba todo acerca del niño asesinado. El tren se hallaba próximo, pero si me apresuraba todavía podría obtener algún dato sobre él. De una de las bolsas extraje, con urgencia, el cuaderno en el que había anotado todo lo acontecido desde mi llagada a Braunau. Entré en el edificio en busca de alguien que pudiera facilitarme información, la sala estaba vacía, de modo que me acerqué al empleado que me había expedido el billete y, cuaderno en mano, le rogué con torpeza que me proporcionara cualquier dato que supiera del niño, ya fuera su nombre o el de alguno de sus familiares. El tren se había detenido y no tardaría en reanudar la marcha. Anoté con trazo apresurado todo lo que pude entender y salí precipitadamente, la locomotora había empezado a moverse. Al cabo de unas millas, acomodado al fin en mi vagón correspondiente, releí con calma lo que había escrito. El niño, al parecer, era hijo de una campesina y de un conocido oficial de aduanas de Braunau am Inn. Se llamaba, según leo, Adolf, Adolf Hitler. De más está decir que desconozco por qué acabó con su vida, pero confío en que lo indujera un motivo de peso…”