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jueves, noviembre 10, 2016

Martina, nueve años después



Un día como hoy de hace nueve años nació de improviso Martina. Digo de improviso porque en efecto fue así, pues yo, que suelo ser el último en enterarme de todo, no reparé en que mi mujer había estado nueve meses embarazada hasta que un tipo disfrazado de Águila Roja pero de color verde piscina apareció tras las puertas batientes de una sala del hospital de Mataró con la misma desenvoltura con la que los forajidos irrumpían en los salones de las películas del Oeste. El tipo echó una mirada en redondo, fijó la vista en mí, miró el bulto que sostenía entre los brazos, me miró de nuevo a mí y acto seguido se acercó y depositó en mis brazos un trozo diminuto de carne sollozante envuelta en una manta de rizo.

Tu hija, farfulló tras la mascarilla de quirófano que aun lucía sobre la boca. 
Debe de tratarse de un error, acerté apenas a balbucear.

Me quedé allí, atónito, reprimiendo el primer reflejo que tuve de arrojar ese paquete a la papelera, pues tenía tan rojo e hinchado el rostro que por un momento la confundí con una hamburguesa a medio hacer, y no hay cosa que deteste más que la carne cruda.

El tipo volvió sobre sus pasos y se perdió tras las puertas por las que había aparecido, en lo alto de las cuales alcancé a leer por primera vez: Obstetricia. Entonces, y solo entonces, relacioné causas y efectos y comprendí que la transformación física que Pilar había experimentado en los últimos meses no se debía a un cuadro de gases y flato crónico, como yo había creído, sino que se trataba de un embarazo, y que la visita al hospital de ese día no era, como yo pensaba, para deshacernos de esos gases antes de que mi mujer volara en pedazos como el tiburón de Spielberg, sino para dar a luz a una niña que, a partir de ese momento, todo el mundo coincidiría en afirmar que era mi hija.

Es fue el principio de la aventura de la paternidad, aunque perfectamente podría haber sido el final, pues la primera semana de estar en casa su madre y yo estuvimos a punto de dejarla morir de hambre. La culpa la tuvieron, en realidad, todos esos letrados que se arriman a los padres primerizos y les llenan la cabeza de recomendaciones y consejos de toda índole. Uno de los que más presente teníamos era que por nada del mundo debíamos darle el biberón antes de que su madre la amamantara por primera vez, pues si lo hacíamos la niña se acostumbraría a la tetina y rechazaría el pezón, lo cual, al parecer, constituía una tragedia de dimensiones apocalípticas. Pero la niña no había manera de que se enganchara a la teta, lo cual, dicho sea de paso, sembró en mi la sombra de la duda respecto a si ese bebé era en realidad mío, pues si hubiera sido sangre de mi sangre le hubieran gustado las tetas de Pilar tanto como me gustan a mí, que en modo alguno habría dejado escapar la ocasión de llevármelas a la boca si me hubieran brindado una oportunidad tan clara como le brindaban a Martina.

El caso es que la niña no mamaba. Los letrados y letradas que se reunían en torno a nosotros decían que lo acabaría haciendo en cuanto le subiera la leche a Pilar.

Pero ¿de dónde le tiene que subir?, les preguntaba yo mirando los pies de mi mujer, como si fuera de allí, la parte más baja de su anatomía, desde donde se había de iniciar la ascensión láctea.

Aunque con cierto retraso, la leche acabo subiendo, y a Pilar se le pusieron los senos más hermosos que le he visto nunca. Yo acercaba Martina a los pechos de su madre sin poder retirar la mirada de esas tetas inconcebibles y le susurraba a la niña: tú misma, o te las llevas a la boca tú, o me las llevo yo, pero eso no se puede desaprovechar. Y para mi decepción la niña se acabó llevando el pezón a la boca. Sin embargo, pasaron varios días y cada vez que la pesábamos en la báscula de la farmacia, había perdido peso. Algo no funcionaba y si no poníamos remedio Martina se acabaría consumiendo como una pastilla efervescente en el fondo de un vaso de agua.

Una de esas tardes, a la vuelta de nuestra visita a la farmacia, la dejamos sobre la cama y, realizando un esfuerzo inenarrable, Pilar y yo conseguimos sumar las dos medias neuronas que nos quedaban y las convertimos en una sola. Pusimos a funcionar esa flamante neurona y llegamos a la conclusión de que quizá la niña se llevaba el pezón a la boca pero no comía. Realizamos una prueba para comprobar si Martina estaba saciada: cogimos un bote de leche preparada que nos habían dado en el hospital, le enroscamos una tetina, y tal y como yacía Martina sobre la cama, boca arriba, suspendimos el biberón a unos centímetros de sus labios y le arrojamos unas gotas de leche en la boca. Martina se relamió como un gato hambriento. Era como si a un moribundo sediento perdido en el desierto de repente se le hubiera situado en lo alto de la cabeza una nube y le lloviera encima el agua más deliciosa que había probado nunca.

Ese fue el momento en que todo cambió y, seis años después, nos ha conducido hasta aquí. Descubrimos a tiempo que para ser padres hay que echar mano de lo mismo que para manejarse en cualquier faceta de la vida: el sentido común. Decidimos cuidar y educar de Martina sin acumular en la mesilla montones de libros que explicaban Cómo ser buenos padres o Cómo educar a tu hijo, sin leer revistas de maternidad y sin atender a consejos bienintencionados pero inapropiados, pues cada niño habita un mundo propio que no tiene nada que ver con los mundos que habitan otros.

Solo sentido común.

Y a la espera de las incertidumbres que nos pueda deparar el futuro, creo con franqueza que hasta ahora Pilar y yo no hemos hecho un mal trabajo. La queremos y nos quiere, a nosotros y al resto de su familia, por la que siente una pasión desaforada. Deseábamos que fuera una niña feliz, y la felicidad la desborda. Muestra respeto por la gente, es lista, educada, curiosa, extrovertida, familiar, y, sobre todo, posee un brillo de bondad cintilando en el fondo de la mirada. Es un brillo que conozco muy bien, es un brillo inconfundible que yo o cualquiera de mis hermanas reconoceríamos al instante, porque convivimos con él a diario durante muchos años: es el mismo rastro de bondad y generosidad que latía en la mirada diáfana de mi madre.

Ese es, de hecho, el único motivo de desazón que me ha deparado la paternidad: que mi madre nunca conociera a Martina, y que Martina nunca conociera a mi madre. Siento una punzada de dolor cuando mi hija se sienta a comer a la mesa y pasea la mirada por las estanterías llenas de fotografías, y la detiene en el retrato de mi madre y habla de ella como si fuera una extraña.

Jamás podrá saber cuánto la hubiera querido esa extraña.

Así, mal que bien, con errores y aciertos, hemos conseguido llegar hasta aquí. Nadie dijo que fuera fácil. Ser padres es tomar un camino lleno de incógnitas al que nunca se le ve el final y en el que constantemente te salen al paso vías alternativas que provocan que te cuestiones a diario si has tomado la dirección correcta. A mí, al principio, incluso me costaba pronunciar «Mi hija» de tan ajenas como eran las dos palabras y el significado al que remitían. Trataba de pronunciarlas con naturalidad pero el sintagma se deshacía en mi boca como el azúcar quemado, y cada letra campaba a sus anchas como las cuentas de un collar roto, golpeando contra el paladar y las encías antes de yacer, mortecinas, en medio de la conversación. Supongo que es el precio que hay que pagar por ser padre con cuarenta años. Posees una vida medio encaminada y de repente aparece una intrusa que trata de monopolizarla. Hay días en que Pilar se me acerca y me pregunta si me importa que ella y Martina se vayan de compras un par de horas.

Lo que me importa es que solo sean dos horas, respondo yo, eufórico ante la idea de quedarme a solas con mis libros, con mis series, con mi mesa de dibujo.

Y sin embargo, bastan esas dos horas de ausencia para echarlas a ambas de menos. Y cuando por fin están de regreso y escucho sus voces en el portal, abro la puerta de casa y espero en el rellano a que la voz de Martina llegue antes que ella, ascendiendo escaleras arriba como un fuego fatuo que, fuera de sí, golpea contra techo y paredes, se llega hasta mí, y después de girar vertiginosamente a mi alrededor se desvanece en mi cara como una pompa de jabón. Y al poco aparece Martina, irrumpe en el rellano, se me echa encima gritando «papa», y de entre mis labios resbalan, ya sin vacilación, dos de las palabras que más sentido dan a mi vida y a la vida de Pilar: «Mi hija».

sábado, septiembre 07, 2013

Fuerza 7

—Ya no recuerdo qué años tienes.
—Ochenta y dos cumpliré este año. ¿Y tú?
—Para setenta y siete voy.
—Dos críos.
—Dos pardales.
—Ya lo creo. El otro día me salieron al paso dos drogadictos de esos...
—¿De cuáles?
—Esos que van todo el dia con los pantalones cagaos.
—¿Los que van enseñando los calzoncillos?
—Los mismos. Me los cruzo a los dos montados en lo alto de dos monopatines.
—Uy, qué coraje me da eso...
—Y que lo digas.
—...con lo grandecitos que son, con los cojones llenos de pelos como los tienen, ¿tú te crees que tiene que ir tol dia montaos en monopatín. Coño, ¡cómprate una furgoneta y vete a la vendimia, hostias!
—A esos los aviaba yo. A picar en una cantera los iba a poner, fíjate tú. ¿Y qué pasó?
—Pues que vienen en mi dirección con los monopatines de los cojones.
—Directo hacia ti.
—Sí, y va uno, el más feo de los dos...
—¿Cómo de feo?
—Como para escupirle. Tenía el flequillo to aplastao contra la frente, que parecía que se lo había relamío una vaca.
—Y encima se piensan que van guapos.
—... y me dice, escúchame bien, me dice: «abuelo, quítese del medio que me lo llevo por delante».
—¿Eso te dijo?
—Eso mismo.
—¿Te llamó abuelo?
—Con esas mismas palabras.
—La reputa madre que lo parió, a él y a toda su parentela. ¿Y qué hiciste?
—¿Que qué hice? Qué voy a hacer, tal y como venía hacia mí le metí dos hostias, así, con toa la mano abierta, como las daban los hermanos Trinidad. Una con la derecha, y otra con la izquierda; pim y pam.
—Bien hecho.
—Mira, lo tenías que haber visto, cómo se fue patrás mientras el monopatin se iba rodando a tomar por culo.
—La cabeza le hubiera pisao yo, mira que te digo. Abuelo me iba a llamar a mí...
—Eso fue lo siguiente.
—¿El qué?
—Lo de la cabeza. Se quedó en el suelo, to dolorio, gimiendo.
—Mariconazo. ¿Y qué hisiste?
—Me acordé de Gento y del gol a Inglaterra.
—¿De Gento?.
—Como te lo estoy diciendo. Entonces me apoyé en el bastón, para pillar carrerilla, y me fui pa él mientras le decía: "Tú va a ver los goles que se metían antes, «gipi» mugriento...
—Con dos cojones
—...y le di una patá en la cabeza que el flequillo relamío se fue parriba como la cresta de un gallo. Mira, qué hostis se llevó.
—Dos le trendrías que haber dao. ¿Y qué pasó con el otro?
—¿Qué otro?
—El que iba con él. Coño, ¿no has dicho que eran dos?
—Ay, sí, la madre que me parió, que se me va el santo al cielo. El otro acabó igual, o peor.
—Desembucha.
—Pues que el muy desgraciao se va patrás para pillar carrerilla con el monopatín.
—Como un toro, vaya.
—Como un toro Miura, y empieza a impulsarse con un pie, y viene hacia mí rápido, rápido.
—A toda hostia, vamos.
—A todita hostia, y poniendo cara de velocidad, con dos velas de mocos largos colgándole patrás desde las narices, como una bufanda movía por el viento, el muy asqueroso.
—Qué fatiga. ¿Y qué? ¡Cuenta, coño!
—Me acordé de una película de Chu Norris, una que se titulaba Fuerza 7. ¿La recuerdas?
—La recuerdo. ¡Qué grande Norris!
—Pues ahí el Norris hacía una pirueta que, madre mía, desde la primera vez que la vi, cuando se estrenó en el 80 o así, me se quedó grabá pa los restos.
—Explica.
—Pues tal y como me viene el malnacio «gipi» ese, solté el bastón, me tiré patrás y di un salto mortal con tirabuzón, y tal y como caí al suelo, me elevé dos metros en el aire con la fuerza del impulso, permanecí un ratico ahí, como suspendio a cámara lenta en latmósfera.
—Ahí colgao.
—Sí, como colgao. Y luego, escucha bien lo que te digo, luego giré sobre mí mismo, ahí es na, y tal y como giré, con el exterior del empeine le metí en la cara una patada grado 8 en la escala de Richter, y le arranqué de raíz todo los dientes.
—¿Todos?
—Todicos. Le sonaban en la boca como un sonajero. Mira, qué hostia más bien da se llevó.
—Se va a acordar toda su vida. ¿Y qué paso luego?
—Que empezaron a salir como de debajo de las piedras un montón de compañeros de estos dos pamplinas.
—Compinches de la banda, serían.
—Serían.
—¿Y qué pasó?
—Que me rodearon. Hicieron un círculo a mi alrededor, como al principio de Furia Oriental, ¿te acuerdas? La de Bruce Lee.
—Cómo me voy a olvidar del actor más grande que ha parido el cine.
—Amén.
—¿Y qué hiciste?
—Desenrosqué el bastón por la mitad, y lo puse en modo nunchaku, y les dije que se acercaran a mi vera si tenían güevos.
—¿Y lo hicieron?
—Ya te digo. Y tal y como venían, hostia que les daba, y los nunchaku volaban en mis manos como si Bruce Lee hubiera resucitado.
—Como me hubiera gustado verlo, coño.
—Y al final no quedó uno en pie. Todos tiraos pol suelo a mis pies, lloriqueando.
—¿Y no los remataste?
—Qué va. Hay que ser generoso con los vencidos. Volví a enroscar el bastón, y me fui lentamente al asilo mientras, a mi espalda, una muchedumbre aplaudia y me felicitaba. Yo creo que hasta sonaba de fondo la música de John Williams, mira que te digo.
—La hostia, qué grande.
—...
—...
—...
—La madre que te parió, anda que no eres embustero.
—Ya, pero ¿y lo bien que nos lo pasamos este ratito?
—Ya te digo.

jueves, mayo 30, 2013

El escarabajo


—Tenemos que hablar.
—Dime.
—Me resulta violento, pero te lo tengo que decir.
—¿El qué?
—La gente se queja.
—¿De qué?
—Del olor.
—¿Qué olor?
—El tuyo.
—¿El mío?
—Sí, el tuyo. Hueles mal.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—¿A qué?
—¿A que qué?
—A qué huelo.
—¿Tengo cara de sumiller de mierdas? Yo qué sé a qué hueles, tío. El caso es que hueles mal.
—Yo no huelo nada.
—Pues no sabes lo afortunado que eres. Hiedes.
—¿Hiedo?
—A perros muertos.
—No será para tanto.
—Qué no será para tanto, dice. Pero tío, ¿tú no has notado cómo las flores languidecen a tu paso?
—¿Languiqué?
—Es igual. Pues eso: que hueles como si una nube te siguiera todo el día lloviendote mierda encima.
—Debe de ser la mochila.
—¿La mochila? ¿Es que haces tus deposiciones dentro de ella?
—¿Deposiqué?
—Que si te cagas dentro.
—No, guardo la ropa sucia.
—¿La ropa? Pues tío, esa ropa no la tendrías que guardar, esa ropa la tendrías que incinerar.
—No tengo más muda que esa.
—Pues lávala.
—Ya lo hago.
—¿Con qué frecuencia?
—Lo normal, cada tres semanas o así.
—¿Lo normal? ¿Eso te parece normal? Eso es normal si vives en Truñolandia o en Villa Diarrea de los Lapos. Lo normal, dice.
—No querras que me lave cada día, ¿no?
—¿Por qué no? Todo el mundo lo hace. Yo lo hago.
—Lo sabía. Así te va.
—¿Qué quiere decir «así te va»?
—Te he estado observando: estás siempre resfriado.
—¿Y eso qué coño tiene que ver?
—Fijo que estás bajo de defensas.
—¿Lavarse reduce las defensas?
—Demasiada higiene nos hace más vulnerables a las amenazas externas.
—Bobadas.
—En serio. A ver: ¿Tú a mí cuántas veces me has visto enfermo? Di.
—Vamos, no tengo yo otra cosa que hacer que preocuparme de tu salud.
—Nunca. No me has visto nunca. ¿O es mentira?
—Y dale. Yo qué sé, tío.
—Fuerte como un roble. ¿Y sabes por qué?
—No, ¿por qué?
—Porque no me lavo desde 1980.
—Anda y vete a tompar por culo.
—En serio.Tuve un revelación y me dije: tienes que hacer de tu cuerpo una fortaleza inexpugnable contra las bacterias.
—Venga tío, deja de decir tonterías, que la gente va pensar que además de guarro eres tonto.
—En serio. Me dije: seré invulnerable como los dioses del Olimpo.
—Joder, que me tengan que pasar siempre a mí estás cosas.
—Me dije: Forjaré mi cuerpo para ser invencible; no, qué coño invencible: indestructible. La mierda me protegerá. La mierda me hará inmune. La mierda creará en torno a mí un escudo invisible que repelerá las agresiones de la naturaleza. Y así es.
—¿Así es qué?
—Nadie se acerca. Todos huyen. Al mundo le doy miedo.
—Al mundo le das asco, tío.
—Me convertiré en el único hombre que sobreviva a un desastre nuclear, como los escarabajos. Seré un escarabajo humano. Haré realidad los deseos de Kafka.
—Inaudito.
—¿Inauqué?
—Nada.

jueves, mayo 23, 2013

Sonata quejumbrosa contra el calabacín.


—Martina, hija, ¿qué te pasa?
—Estoy muy disgustada, mama.
—¿Y eso?
—Se me acaba de revelar un secreto familiar que me ha dejado estupefacta.
—¿Qué secreto?
—He sabido que tú no querías una hija, sino un hijo. Hundida estoy.
—Martina, hija, ¿quién te ha dicho eso?
—No puedo revelarte mis fuentes de información.
—Dame una pista.
—Mama, sabes de sobra que no sé dar pistas.
—Solo una.
—Que no.
—Una pequeña
—Está casado contigo.
—Lo sabía: tu padre.
—¿Ves como no sé dar pistas?
—Qué letrao que es. Cuando me lo eche a la cara se va a enterar.
—Pero ¿es cierto?
—A ver, cierto, cierto... uy, mira lo que dice la tele: el Ibex 35 ha descendido 10 puntos.
—Mama, no te vayas por la tangente, y centrémonos en el problema que nos ocupa.
—Martina, hija, ¿qué quieres que te diga? Sí, es cierto, pero en cuanto supe que eras una niña, se me olvidó por completo lo del niño, y dediqué todas mis energías a quererte.
—El subconsciente no lo podemos controlar, mama, y a ti el subconsciente te traiciona.
—¿Qué quieres decir?
—Que en lo más profundo de tu ser me tienes ojeriza porque he usurpado el lugar del niño que deseabas.
—¿Tú estás tonta? Uy cuando coja a tu padre.
—Tú jamás lo reconocerás, pero es así. Además, hay indicios que lo confirman.
—¿Qué indicios ni que ocho cuartos?
—El calabacín, mama, el calabacín te delata.
—Tenía que salir el calabacín.
—Si me quisieras de verdad no me darías de comer calabacín.
—Claro que te lo daría.
—Y si fuera un niño no sabría ni qué aspecto tiene.
—Anda calla.
—Es más, si fuera un niño el calibracín que tendría más cerca sería ese que les cuelga a los niños de la entrepierna.
—¡Martina!
—Is true, mama. Believe.
—Te doy calabacín porque es sano, y porque mi obligación es que tengas una dieta equilibrada. Somos lo que comemos, hija.
—¿Y quieres que yo sea un calabacín? ¿Quiere que mi ropa consista en un preservativo gigante? Además, si incluyes en mi dieta un alimento con evidentes connotaciones fálicas, me estás abocando a una vida disoluta.
—Ay, hija, que harta estoy de que hables así.
—No reprimas mi libertad censurando mi lenguaje, mama. El lenguaje es la única arma que poseo para hacer frente a este mundo hostil.
—Martina, quítatelo de la cabeza: no se puede comer todos los días patatas fritas con huevos fritos.
—¿Por qué?
—Porque no es bueno.
—¿Cómo no va a ser bueno si cada vez que los como soy feliz como una perdiz? ¿La felicidad no es buena para la salud?
—Sí pero no.
—¿Sí pero no? ¿Sí pero no? ¿Qué quiere decir sí pero no? ¿Qué forma de argumentar es esa? ¿Ahora eres gallega?.
—Créeme: si comieras patatas fritas con huevos fritos todos los días las acabarías aborreciendo.
—Bullshit!
—Es más, en realidad si no fuera por el calabacín no disfrutarías tanto comiendo huevos con patatas. Si entre plato y plato de patatas fritas con huevos, comes tres de calabacín, estarás ansiosa por volver a comer otra vez patatas con huevo. De la otra forma, se convertirá en una rutina.
—Me troncho, vamos. Mama, esa teoría funciona para la gente pusilánime que dosifica las fuentes de placer para que le duren toda la vida, y cuando se jubilan les da un jamacuco, pero no para mí. Yo soy un espíritu hedonista. Yo quiero concentrar en un solo día ochenta años de vida, yo no quiero pensar en el mañana, el mañana es Ken y Barbie disputándose la custodia de sus hijos, el mañana es Bob esponja traficando con heroína en una cala de la Costa Brava, el mañana es Mafalda pronunciando conferencias en las FAES, el mañana es un Pocoyó chapero que se acaba ahogando en su propio vómito, el mañana es un coche desvencijado abandonado en los márgenes de una carretera solitaria, el mañana es inaprensible como el humo.
—Mira que le he dicho mil veces a tu padre que esconda los libros de Baudelaire. Esta me las paga. Vaya si me las paga. Cuando lo coja se va a enterar.
—Sí, pero ¿qué hay de lo mío? ¿Se acabó el calabacín?
—De verdad, qué fatiga de familia, oye.

domingo, abril 28, 2013

Cuando despertó, las calles estaban ahí.

Después de catorce años de relación, hoy ha sido el primer domingo que no he tenido que utilizar el desfibrilador para despertar a Pilar. Lo ha hecho por sí sola. Ha sido sorprendente cómo, de repente, ha aparecido en el pasillo de casa a hora tan temprana. Martina y yo la hemos contemplado estupefactos, como si fuera una aparición fantasmal. Hemos salido a la calle antes de las 9.30 para ir a desayunar a Milola, y de camino ha sido fantástico observar cómo Pilar miraba todo en derredor con la boca abierta, como si descubriera por primera vez todos los objetos que nos salían al paso, exclamando: «entonces es verdad lo que contaban: los domingos están puestas las calles antes de las 12h». «Ya te lo dije», he respondido yo. Y entonces le he ido presentado, uno a uno, a los operarios que ponen las calles: A Faustino, el encargado de colocar las farolas, a Salvador, el que extiende los pasos de cebra, a Heriberto, el que coloca los árboles y ordena en las ramas los pájaros que cantan cada mañana, a Rogelio, que conecta los semáforos y los pone en funcionamiento. Y Pilar les estrechaba la mano a todos, uno a uno, e incluso los abrazaba efusivamente, convencida de que posiblemente ese momento no se vuelva a repetir.

jueves, abril 25, 2013

Divorcio

Se echa hacia atrás en la silla para salvar el obstáculo que se interpone entre su visión y la mía, una columna en mitad de la sala que impide que nos veamos, y alza la mano para llamar mi atención. Acudo. Cuando ha entrado, minutos antes, ya me había avisado de que probablemente necesitaría mi ayuda. Quiere escanear un currículum y no sabe cómo funciona el escáner. No le aviso de que el currículum es mejor tenerlo en formato word, porque los portales para buscar trabajo por Internet no suelen aceptar currículums si no son en PDF o en formato de texto. He desistido de hacerlo porque no acostumbran a hacerme caso. A veces basta la expresión que lucen para adivinar que no entienden una sola palabra de lo que les estoy hablando, que no saben qué es un word, y no obstante asienten como si lo supieran, imagino que para no llevar la conversación hacia un escenario en que quedarían reveladas sus carencias informáticas.

 Deposito el currículum bajo la tapa del escáner y le voy dando instrucciones de lo que hay que hacer mientras yo realizo los pasos. Trato de no hablar rápido, y procuro expresarme como si le estuviera dando instrucciones a un niño. Sé que no les ofende que me exprese de esa forma. Todo lo contrario: lo agradecen (me lo han hecho saber en más de una ocasión), están hartos de cruzarse con técnicos y supuestos expertos que emplean una jerga para especialistas que más que facilitar el acceso a la informática, erigen un muro de hermetismo que provoca el efecto contrario, más respeto, miedo y rechazo al ordenador.

Mientras esperamos a que el escáner se caliente empieza a hablar. Se disculpa por la molestia. Le digo que no tiene que hacerlo, que es mi trabajo. Continúa hablando y menciona el Centro de acogida, donde al parecer duerme o es atendido o acude a comer. No le pregunto cuál es la naturaleza de su relación con él. Dice algo de los ordenadores que tienen allí, pero no acabo de entender a qué se refire, y tampoco le pregunto. Reparo en esa circunstancia, la de no animarme a preguntarle,  un pormenor sobre el que reflexiono con frecuencia: ¿cabe realmente la posibilidad de denominarme escritor si no me interrogo constantemente por todo lo que sucede a mi alrededor, y no adquiero la predisposición permanente de transformar en materia literaria cualquier episodio que me es dado conocer?

Me sorprende, sin embargo, lo del Centro de acogida, pues no luce el aspecto de desaliño que suelen exhibir las personas que estan alojadas en él, muchos de los cuales me visitan a diario. Su aspecto es atildado, correcto. Menciona por primera vez el accidente. Me dice que antes de que lo tuviera sabía un montón de informática, era capaz, concreta, de combinar el Autocad con Photoshop para integrar proyectos complejos. Asiento. Vuelve a menciona el accidente, y ya queda claro que lo hace para que le pregunte por él. Lo hago. Me percato entonces de que sobre la mesa, a lado del teclado, descansa una carpeta de cartón ajada, de color marrón, en cuya tapa observo unas letras manuscritas con rotulador negro que no alcanzo a leer con claridad. Reparo en que casi siempre que acude al centro viene con ella, y reparo, asimismo, en una suerte de evocación retrospectiva inducida por la revelación del accidente, que cuando entra y pasa delante de mi mesa para dirigirse a los ordenadores, siempre arrastra el pie izquierdo. Aunque, en rigor, lo que hace no es exactamente arrastrarlo, ni tampoco se puede decir que cojee; en realidad se trata más bien de un gesto no demasiado ostensible que delata una deficiencia, una anomalía, como si tuviera una piedra alojada en el zapato.

El accidente, pienso.

Me intereso por él. No hacerlo después de la disposición que exhibe a explicarlo sería imperdonable. Me explica que embistieron por detrás su furgoneta cuando estaba parado, y el impacto fue tan fuerte y las lesiones tan severas, que estuvo un mes y pico en coma. Le pregunto cuánto hace de eso. Diez años, responde. Durante el tiempo en que estuve en coma, prosigue, alguien habló más de la cuenta. No sé a qué se refiere, y no le pregunto, en parte porque no me atrevo a indagar sobre pormenores tan privados, en parte porque estoy seguro de que me lo va a contar de todas formas. Así es, se conoce que la expresión de mi cara le ha invitado a explicarse. Alguien, dice, proporcionó información falsa a los médicos, alguien, insiste, les explicó que yo era drogadicto y alcohólico. Parece ser que con esa información los médicos decidieron suministrarle unos medicamentos cuyas secuelas lo han transformado en un completo inútil. Ha perdido memoria, y capacidad de concentración y cualquiera de las habilidades que poseía antes se han visto afectadas, parece que de forma permanente. 

Lanzo un resoplido. Guardo silencio. Cuando alguien me explica intimidades de esa índole me sobreviene un pudor inusitado y temo preguntar más de la cuenta y parecer morboso o demasiado curioso o con una curiosidad malsana. Soy consciente, no obstante, de que la curiosidad es la base de un escritor, y de que mi actitud constituye un obstáculo que debería vencer cuanto antes si de verdad pretendo serlo de todas todas. Me siento, entonces, en la obligación de sonsacarle algunos pormenores que aporten más detalles a la historia o contribuyan a identificar la persona que pudo incurrir en semejante mezquindad, la de mentir y casi embaucar a los médicos, y estoy a punto de hacerlo cuando la mirada pasea por encima de la mesa y se detiene en la carpeta y prestó más atención y casi me inclino sobre la tapa hasta que, por fin, soy capaz de leer la palabra escrita en la carpeta: «divorcio».

viernes, abril 19, 2013

Martina y el cine subtitulado


—¡Martina, baja de ahí arriba ahora mismo!
—¡No!
—Me cago en to lo que se menea. Martina, baja ahora mismo de ese árbol .
—Que no.
—Te digo que bajes. ¿No ves que te vas a romper la crisma? ¡Baja!
—He dicho que no.
—Como suba yo vas a bajar de cabeza, mira lo que te digo.
—No pienso bajar hasta que no aceptes mis condiciones.
—Pero ¿qué dices? ¿Qué condiciones? ¿Condiciones de qué?
—Exijo que revises tu política de exhibición cinematográfica en casa.
—¿Que exiges qué?
—Estoy harta de ver en inglés todas las películas de dibujos animados.
—Pero si te las pongo con subtítulos.
—Tengo cinco años, papa, todavía no sé leer.
—Pero aprenderás.
—Pero hasta que aprenda me estoy perdiendo todo lo que dicen en los dibujos. Tengo mis derechos y quiero ejercerlos. Quiero saber qué dice Bambi, qué dice Nemo, qué dice Campanilla.
—Ya lo sabrás más adelante.
—Quiero saberlo ahora. Este período de mi vida es el más fértil para la construcción de mi memoria personal. ¿Y qué clase de memoria personal estoy creando con recuerdos hablados en una lengua que no entiendo? Es frustrante, papa. Recapacita.
—Pero si lo hago por ti, para que no tengas las carencias que tengo yo en inglés.
—Yo no tengo por qué pagar tus carencias ni tus frustraciones. Ya tengo suficiente con las mías.
—¿Frustraciones tú? ¿Qué frustraciones puedes tener tú con cinco años?
—Pues para empezar he heredado tus orejas de soplillo, lo que me condenará de por vida a llevar el pelo largo. Un horror. Y luego está la mama, que se he empeñado en poner calabacín a todo lo que cocina. A todo. Hasta en el colacao. Y me da asco. Y la bocina de mi bicicleta se ha estropeado, y no me compráis una nueva y tengo que pitar con la boca. Y eso es una ordinariez. Una princesa no puede ir haciendo esos ruidos con la boca. Y el tiet Ruben se viste de tunero delante de mis amigas. Lo paso fatal. Por favor, tiene casi cuarenta años, ¿cuando va a tirar el traje de tunero? Y la Yaya siempre dice «tovalla» en lugar de toalla, y estoy harta de corregirle. ¿Quieres que siga? ¿eh? ¿quieres que siga?
—Martina, deja de decir tonterías. Y ya estás bajando del árbol.
—Reclamo mi derecho legítimo a poner de manifiesto mis discrepancias familiares.
—O bajas, o subo a buscarte. ¡Y haz el favor de no hablar como la Cospedal! ¡Los niños no hablan así!
—¡Pues no me hubieras enseñado a hablar así!
—¿Subo a buscarte? ¿eh? ¿quieres que suba a buscarte?
—Sube si quieres, pero aunque me obligues a bajar, no dejaré de protestar. Tomaré medidas más drásticas. Me radicalizaré. Como Ada Colau.
—¿No me digas? ¿Y qué vas a hacer?
—Querré hacer la comunión. Y querré ir a catequesis. Y creeré en dios. Y me haré del PP.
—¿Qué? ¿Te has vuelto loca? ¿Tú crees que yo voy a permitir eso? ¡Antes muerto! ¡Te desheredo! Dios sólo entra en mi casa para que yo me cague en él.
—Papa, no digas exabruptos.
—¡Martina! ¡Se dice «palabrotas», no exabruptos! Las niñas de cinco años no hablan como Borges.
—Pues si no querías que hablara como Borges, no me lo hubieras leído desde que era un bebé.
—¡Desagradecida!
—¡Orejón!
—¡Uy, ahora si que te la has ganado!

domingo, abril 14, 2013

Despojos


Suena el teléfono y el oficial de guardia responde:
—Policía municipal, ¿dígame?
—Buenos días, les llamo para avisarles de que en la puerta de mi casa hay tirado un cadáver.
—¿Cómo dice?
—Pues eso, que he salido de casa para ir a trabajar y a diez menos de la puerta me he encontrado un hombre muerto.
—¿En la calle?
—Sí señor, en medio de la acera.
—¿Y está seguro de que está muerto?
—Completamente.
—Se lo digo porque no sería la primera vez que se da por muerto a alguien que no lo está.
—No señor, está muerto y bien muerto.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Disculpe?
—¿Es usted médico?
—No, señor, soy taxista
—¿Práctica alguna disciplina médica que le faculte para concluir a ciencia cierta que ese hombre ha fallecido?
—No señor,
—¿Entonces podría darse el caso de que ese hombre parezca muerto y no lo esté?
—Es poco probable.
—¿Detecta algún indicio que confirme esa conclusión?
—¿Perdón?
—Que si ve alguna señal clara que indique que ese hombre está muerto.
—Tiene un puñal hundido en la sien, si es a eso a lo que se refiere.
—A eso mismo. Veamos, ¿cuando dice que tiene un puñal hundido en la sien se refiere a la punta del cuchillo? ¿A la mitad de la hoja? ¿A qué se refiere exactamente?
—¿Importa eso?
—Por supuesto. Un puñal clavado en la sien es más aparatoso que otra cosa, no sería el primer caso de alguien sobrevive a una lesión de esas características.
—Pues este no creo que sea uno de ellos, porque lo tiene hundido hasta la empuñadura. Y el cuchillo es bastante grande porque le asoma por el otro lado.
—Parece grave.
—Se lo vengo diciendo. Un fiambre en toda regla.
—Eso parece.
—Se lo llevarán de aquí cuanto antes, ¿no?
—Si no es urgente, no.
—¿Cómo que no es urgente?
—Quiero decir que por mucho que corramos no va a resucitar.
—Visto así…
—Lo importante ahora es que usted no entre en pánico. En estás situaciones es importante mantener la calma.
—Estoy calmado. Les llamo porque me ha parecido mal pasar al lado del cuerpo y hacer como que no está.
—Entiendo.
—Vaya, es que me pongo en su lugar…
—¿En el mío?
—No, en el del muerto.
—Entiendo.
—Me pongo en su lugar, digo, y a mí no me gustaría que la gente me ignorara de esa manera.
—Es de muy mal gusto.
—Bueno, también quería hacerle saber que aquí mismo, a unos metros, hay un colegio, y de aquí a nada empezarán a llegar los padres con los niños, y no es plan que se den de bruces con un muerto. Así que digo yo que cuanto antes se lo lleven mejor, ¿no?
—Ya me gustaría, ya, pero las cosas no son tan sencillas.
—¿Por qué?
—Es largo de explicar.
—Supongo que lo dice porque tendrá que venir el juez para el levantamiento del cadáver y todo eso.
—Eso es lo de menos. Lo peor es que con el tema de la crisis estamos muy justos de efectivos móviles. La crisis económica ha reducido considerablemente los ingresos municipales, y el ayuntamiento se ha visto en la obligación de utilizar los vehículos de la policía y las ambulancias para hacer mudanzas, y cosas por el estilo, y ahora mismo los tenemos casi todos ocupados. Si no es un caso de urgencia, no podemos enviar ningún efectivo.
—¿Y un hombre con un cuchillo atravesado en la cabeza no es un caso urgente?
—Ya se lo he dicho: para qué correr si ya no lo podemos salvar.
—Pero entonces, ¿qué sugiere usted?
—No me gustaría abusar de su confianza, pero ¿no podría acercárnoslo usted a la comisaría?
—¿Yo? Pero hombre, cómo voy a cargar yo con un muerto
—Es taxista, ¿no? Pues métalo en su taxi y traiga el cuerpo hasta aquí. Qué le cuesta.
—Pero hombre, cómo me pide usted una cosa así. Además, ¿qué hay de la escena del crimen? No ve usted que si toco el cadáver puedo borrar huellas que ayuden a resolver el asesinato. O peor, que yo me vea involucrado sin comerlo ni beberlo.
—Uy, asesinato; eso son palabras mayores. ¿Qué le hace pensar que se trata de un asesinato?
—¿Aparte del cuchillo que le atraviesa la cabeza de punta a punta?
—Aparte.
—¿Eso no es prueba suficiente?
—Las cosas no son siempre como parecen. Se sorprendería. En treinta años en el cuerpo las he visto de todos los colores. ¿Hay alguna posibilidad de que ese hombre se haya suicidado?
—¿Suicidado?
—¿No se puede haber hundido él mismo el puñal?
—No sé como va a ser eso posible.
—Contemplemos otra opción: ¿cabe la posibilidad de que ese hombre se haya arrojado de un edificio, con tan mala suerte que haya caído encima de un cuchillo que algún desmemoriado hubiera dejado en la calle con la punta mirando hacia arriba?
—A ver, de ser posible, todo es posible, pero yo lo dudo, qué quiere que le diga.
—Pero ¿por qué lo cuestiona usted todo, hombre de poca fe?
—Por la cartera.
—¿Qué cartera?
—A un metro del cuerpo, casi al lado, vaya, hay tirada una cartera, y parece que está vacía. Me apuesto un huevo y parte del otro a que el asesino cogió todo lo que había de valor y luego se dio a la fuga.
—No creo que usted esté cualificado profesionalmente para aventurar esa hipótesis.
—Hombre, blanco y en botella…
—Veamos: ¿Hay algún contenedor de basura cerca?
—Sí, a un par de metros hay uno.
—Perfecto. Vamos a hacer una cosa: abra la puerta del contenedor, coja el cadáver por las axilas y sitúelo con la cabeza dentro del contenedor, como si estuviera rebuscando en la basura, así, cuando pasen los niños y vean a un hombre escarbando en la basura, les parecerá una escena cotidiana. ¿Qué le parece la solución?
—Como usted vea. ¿Y cuanto tiempo lo van a dejar ahí?
—Tomo nota de la dirección y a la que acabemos las cuatro mudanzas que tenemos programadas hoy, mando un coche. ¿Vale?
—Usted verá.

sábado, abril 13, 2013

The cansino walkind dead


Quita ya, hombre.
—Ven aquí, no te resistas. 
—¿Qué quieres, cansino?
—¿Qué voy a querer? Lo que quieren los zombis: morderte
—Muerde a otro. 
—Te quiero a ti.
—Muerde a otro, en serio
—¿No te va bien?
—Tengo faena.
—Excusas.
—En serio. Estoy liado, el Apocalipsis ha dejado sin luz y se me va a joder lo que tengo en el congelador si no hago algo.
—No es mi problema. Mira como me ha dejado a mi el Apocalipsis. Y no me quejo.
—Tira p'allá, cansino, que te hiede el aliento.
—Qué quieres, mamón, si me paso el día masticando vísceras.
—Pues come acelgas.
—Trae ese cuello.
—Qué agobio, ¿me quieres dejar ya?
—Pues si no quieres que te muerda me tendrás que entregar otra persona en tu lugar.
—Qué mamón. No me pongas en esa tesitura.
—Tú mismo, trae p'acá el cuello.
—Vale, vale. Coge a mi suegra.
—Los cojones. Las suegras no valen. Cualquier otra persona antes que una suegra.
—Pero ¿Por qué? Si está rolliza y te vas a poner hasta el culo. Ahíto te vas a quedar.
—Qué no, coño, suegras no. Si la muerdo se va a volver zombi, y no hay nada peor que una suegra zombi. 
—¿Os dan miedo las suegras?
—Pavor.
—¿En serio?
—Ya te digo.
—¡Suegraaaaaa! ¡Venga usted p'acá!
—¡Qué hijo de puta! ¡Me voy!

Nada


Me gusta el periodismo de investigación. Me gusta leerlo y siempre he querido practicarlo. Hoy, por fin, he visto cumplido mi deseo. Me he pasado la vida viendo por las calles de Mataró personas que sacan a pasear sus pájaros dentro de jaulas cubiertas de una funda. Nunca he sabido el porqué. Hoy he abordado a un joven que sostenía una y se lo he preguntado directamente.
—Perdona, ¿por qué paseáis las jaulas?
—Paseamos al pájaro, no a la jaula.
—Vale, pero ¿si la jaula va cubierta de un trapo cómo puede saber el pájaro que no le estás engañando? ¿Cómo sabe él que no estás dando vueltas en círculos en el comedor de tu casa en lugar de paseando por la calle?
—Porque lo saben, porque son animales muy inteligentes, y saben distinguir perfectamente la calle de una casa.
—Pero si el trapo no les deja ver nada.
—Lo saben. Además, el trapo les protege, los pájaros son muy vulnerables al exterior.
—¿Algo así como el miedo escénico?
—¿Lo qué?
—Nada. 
—Además, son animales muy miméticos. Tienden a imitar o impregnarse del entorno.
—¿Como los loros cuando imitan el habla?
—Exacto. Y según el color de la funda, así se comportarán.
—No jodas.
—Ya te digo. Mira, como mi funda es verde, pues mi pájaro adopta todo lo que tiene relación con lo verde: esperanza, optimismo. Por eso está siempre cantando.
—I don't belive!
—¿Lo qué?
—Nada. Entonces, ¿si, por ejemplo, le haces una funda con los colores de la estelada se volvería un pájaro independentista?
—Fijo. 
—Is amazing!
—¿Lo qué?
—Nada ¿Lo probamos?
—¿El qué?
—Ponerle la estelada de funda, ¿lo probamos?
—No, que se me muere.
—¿Por qué se va a morir?
—Porque si se me hace independentista creará un vínculo demasiado fuerte con Catalunya, y cuando llegue el momento de emigrar a tierras más cálidas, no querrá marcharse, y se me morirá. 
—Pero ¿cómo va a migrar si está encerrado en una jaula?
—Emigra con la jaula puesta.
—¿Con la jaula?
—Claro.
—¿Se va hasta Australia con la jaula a cuestas?
—Y luego vuelve.
—Is wonderful!
—¿Lo qué?
—Nada. ¿Y viajar con jaula no le supone un problema?
—A veces, pero se llegan a acostumbrar.
—¿Qué tipo de problemas?
—El famoso fenómeno de los platillos volantes, por ejemplo. Un 90% de esos avistamientos son en realidad pájaros que vuelan dentro de sus jaulas.
—¿Me tomas el pelo?
—Que no.
—Me tomas el pelo fijo.
—Que no hombre, que no. Y luego está el problema con los cazadores.
—¿Qué pasa con ellos?
—Qué va a pasar, que a la que ven una jaula volando se lían a tiros con ella, porque saben que dentro va un pájaro.
—¿Y entonces? ¿Qué pasa entonces?
—Pasan dos cosas: que la población de pájaros en jaula se ve mermada considerablemente por la caza indiscriminada, o que uno de esos cazadores insensatos yerre el tiro y lastime a un ser humano. Lo que paso en Dallas, vamos.
—¿En Dallas? ¿Qué paso en Dallas?
—Lo de Kennedy.
—¿Lo de Kennedy?
—Sí, lo de Kennedy. A Kennedy no le disparó Oswald ni fue víctima de una conspiración. Fue un cazador tejano que vivía a las afueras de Dallas, a unos diez kilómetros, que se empeñó en abatir un pájaro que iba en jaula. El tipo la vio pasar por encima de su casa, escupió tabaco de mascar y cogió la escopeta, y se puso a disparar a diestro y siniestro, a ir detrás de la jaula, y a disparar sin pausa, y el pobre pájaro, dentro de la jaula, esquivando las balas como podía, y el tipo ese cada vez más obcecado, dale que te pego con los tiros, el cansino, qué cansino, por dios. Pues tanto se empeñó en abatirla, que sin darse cuenta se plantó en Dallas yendo detrás de la jaula. Se conoce que la jaula descendió un poco justo cuando el coche de Kennedy pasaba por debajo, y el animal ese del cazador disparó, y le reventó los sesos a Kennedy por error. Eso es lo que pasó de verdad, pero no ha trascendido porque nadie se lo creería. Por eso inventaron la soplapollez esa de la conspiración.
—¡Oh my god!
—¿Lo qué?
—Nada. ¡Pero eso es increíble!
—Uy, pues si eso no te lo crees, mejor no te cuento lo de las Torres Gemelas.
—¿Qué?
—Nada.

domingo, abril 07, 2013

Dos gotas


Te tengo que decir una cosa.
—Qué cosa.
—Se acabó.
—El qué, ¿mirarte?
—No, reírte las gracias. Ya no lo voy a hacer más.
—¿Por qué?
—Por qué va a ser, porque tienes la gracia en el culo. Siempre la has tenido ahí.
—Y entonces ¿por qué te reías?
—Qué sé yo. Por inercia.
—¿Por inercia?
—O por quedar bien. ¿No me digas que a ti no te ha pasado nunca?
—¿El qué?
—Que no te haga ni puta la gracia lo que dice alguien, y sin embargo te rías porque sabes que el otro espera que te rías.
—Supongo.
—Fijo que te ha pasado. Si me ha pasado a mí, por huevos te ha tenido que pasar a ti. Y eso no está bien.
—¿Reírte de lo que no tiene gracia?
—Exacto. No está bien.
—¿Por qué?
—Porque si me río sin que me haga gracia, es como si estuviera mintiendo.
—Qué más da. Son mentiras piadosas.
—Me meo y me cago en las mentiras piadosas. Son mentiras, y punto. Y el mundo sería un lugar más habitable si dijéramos lo que pensamos de verdad.
—¿Tú crees? Yo creo que se iría todo a tomar por culo a la primera de cambio.
—Que no. Prueba.
—¿Que pruebe? ¿Que pruebe qué?
—Prueba a decir algo de mí que nunca te hayas atrevido a decirme.
—Venga ya.
—Que sí. Que no pasa nada. Va, con dos cojones. Di lo que quieras. Ni me voy a inmutar.
—A ver, déjame que piense.
—Tómate tu tiempo.
—Por ejemplo...
—Dispara.
—… me jode mucho verte todas las mañanas con legañas en los ojos.
—¿Te jode o te da asco?
—Las dos cosas: me jode y me da asco.
—Vale, legañas. Lo asumo. Venga, sigue.
—¿Más?
—Sí. Seguro que hay más cosas que te joden. Desembucha.
—Como quieras. Me toca mucho los huevos, pero mucho, que saques las llaves de casa cuando falta un kilómetro y medio para llegar. Tú no sabes cómo me toca los cojones verte las llaves colgadas de la mano durante un kilómetro y medio como si fuera un sonajero. Ni te imaginas.
—Ok. Vamos bien. Las llaves. Venga, aprovecha que estás en racha. Sigue.
—No me gusta tu perro, no me gusta nada de nada. Es feo de cojones, y da asco, da mucho asco. Siempre intenta follarse mi pierna. Se yergue a dos patas y se pone a refregar su polla contra a mi pierna. Coño, como si mi pierna se pareciera a una perra. Una de dos, o tu perro es ciego, o es subnormal.
—Eso lo hacen todos los perros, no sólo el mío.
—Me la suda. Es que no me gustan los perros en general, ni el tuyo ni el de nadie. Y me toca mucho los cojones que un animal que confunde una pierna con una perra sea considerado el mejor amigo del hombre. Y luego está lo de la mierda. Recoger en una bolsita las mierdas que van dejando por todos lados. No le cambio el pañal ni a mi hijo y le voy a recoger la mierda a un perro: una polla como una olla. Y me tocan mucho los cojones los músicos callejeros. Para uno que sabe tocar, cien no tienen ni puta idea. La música amansa a las fieras… un nabo para ti. Voy en el tren y en la primera parada sube un hijo de puta que se cree Michael Jackson o su puta madre, y pone en marcha el amplificador y se pone a cantar como si tuviera un cangrejo pellizcándole los huevos. El hijo de puta, qué mal canta. ¿Y qué pasa entonces? Que no puedo leer mi libro en todo el camino. Y hablando de libros, le arrancaría los pezones con unas tenazas incandescentes a todos los que les presto uno y me lo devuelven con las puntas de las páginas dobladas. Soplapollas, me cago en tus muertos, ponle un punto de libro, que no cuesta nada, aunque sea una mierda de cartón, ni que tuvieras que ponerle un billete de quinientos euros. Así reventaras, cabrón. Ah, y a quien no soporto tampoco es a ese mamón que cuando estás sentado en la butaca de cine, se pasa toda la película dándole golpecitos con el pie a tu asiento, por detrás; joder, a ese le arrancaría el pie, qué cojones, arrancar no: se lo cortaría a machetazos, por encima del tobillo, ¡zas, zas, zas!, y luego se lo metería por el culo con zapato y todo, y si el zapato tiene hebilla, tanto mejor. Ah, y a todos esos cerdos que se dejan la uña del dedo meñique largas como mejillones, a esos les cortaría el dedo ese asqueroso y le sacaría la cera de las orejas con él, y se la daría a comer y no dejaría de meterle cera en la boca hasta que cagara cirios. Joder si lo haría. Ya lo creo. Pero ¿sabes qué es lo que de verdad me pone enfermo?
—No ¿qué?
—¿De verdad no lo sabes?
—Ni puta idea.
—¿No lo sospechas ni siquiera un poquito?
—Que no, coño.
—Lo que de verdad me pone enfermo es llegar a casa, encerrarme en el váter, y soltar toda esta sarta de gilipolleces contra la imagen que me devuelve el espejo.

domingo, febrero 19, 2012

Porno.

Este breve pasaje forma parte de un relato mío que estoy reescribiendo en estos momentos. Abstenerse de leerlo todos los lectores de este blog que puedan ejercer de curas, monjas o, en suma, beatos trasnochados.


"(...) Cogió el mando a distancia del televisor y lo conectó. Echó un vistazo a los diferentes canales con similar desinterés al mostrado por el periódico hasta que se topó con los de temática pornográfica. Se detuvo en el primero de ellos, en el que una mujer desnuda con un peinado aterrador acariciaba el lomo palpitante de un perro inmenso y dócil que manifestaba su contento mostrando la punta trémula de su miembro, rosa fosforescente entre la pelambrera hirsuta y oscura y los testículos meciéndose afanosamente. Ricardo Prada se apresuró a cambiar de canal con la urgencia de quien se cree observado. En el siguiente apareció el primer plano de una joven que untaba con lametones pausados un pene de escandaloso grosor, enhiesto y brillante y de arterias hinchadas y gruesas. La punta de la lengua se demoraba en los recovecos del glande, que de repente desaparecía engullido para surgir otra vez y, finalmente, ser tragado de nuevo por esa boca omnímoda cuyos labios se dilataban sin fin en torno a ese miembro inconcebible, en tanto la piel de las mejillas de la joven se estiraba y estiraba sin parar y la mandíbula parecía en trance de desencajarse en cualquier momento. Pese a estar solo Ricardo Prada no pudo evitar cierta incomodidad. Su dedo pulgar se posó y acarició el botón del mando a distancia dispuesto a cambiar de canal aunque en rigor sin decidirse a hacerlo, remiso y expectante, atento a las imágenes de la joven tragaldabas, que parecía haber concluido la portentosa exhibición oral y se disponía a iniciar la maniobra de ensartarse por sí sola en el inabarcable pene, cuyo afortunado propietario, advirtió Ricardo Prada, apenas si aparecía fugazmente, tendido bajo la mujer despatarrada y oculto entre blancas sábanas, sumergido en ellas como un jubiloso iceberg cuya parte visible dejaba de serlo, siquiera momentáneamente, ya que la incansable mujer lo hacía desaparecer entre sus piernas, descendiendo despernancada e introduciéndoselo poco a poco, con mucha demora, mientras abría los labios mayores de la vagina con el dedo corazón e índice de su mano derecha, y lanzaba resoplidos y jadeos y se mordía el labio inferior —de la boca— y luego se humedecía el superior con la punta de la lengua y se pellizcaba el pezón con el pulgar e índice de la mano izquierda, sin dejar de subir y bajar sobre la polla con una cadencia en aumento y muy avezada y resuelta."

martes, enero 17, 2012

Ucronía

Relato finalista en el concurso NH Relato 2004


Ucronía


Extracto de una carta que el escritor H. G. Wells remitió a su amigo y periodista Alexander Cohen. Por estricto deseo del autor, la misiva no vio la luz hasta su fallecimiento en 1946.


...en el decurso de una breve y azarosa estancia en Austria, en la primavera de 1894, un año antes de que apareciera publicada mi primera novela, La máquina del tiempo, me vi obligado a compartir celda con un individuo que aseguró haber asesinado a un niño de cinco años. Esta carta es, en esencia, un resumen más o menos aproximado de lo acontecido durante las horas que se prolongó nuestro confinamiento.

Nos encerraron juntos dos días; el primero de los cuales transcurrió sin que ninguno hiciera el menor intento de comunicarse con el otro. Admito que gran parte de la culpa de que así fuera se debió a la molesta resaca que me tenía postrado sobre aquel destartalado camastro, dejándome imposibilitado para cualquier otra cosa que no fuera articular quejumbrosos resoplidos, en tanto aguardaba a que desaparecieran los efectos de la borrachera que había provocado mi encarcelación. Al día siguiente, cuando mi estado alcanzó una notable mejoría, y después de soportar largas horas de tedioso silencio en las que no dejé de recorrer con inquietud la superficie angosta del calabozo, me dispuse a entablar conversación con mi compañero de celda, que hasta ese entonces había permanecido mudo, tendido boca arriba sobre su litera, suspendida por encima de la mía, sujetas ambas a la pared por gruesas cadenas. Con la cabeza descansando sobre las manos entrelazadas, el silencioso individuo contemplaba con una serenidad desconcertante el techo enmohecido. Yo estaba de pie, apoyado, recuerdo, en una de las paredes próxima a las camas. Desde allí, todavía sin acercarme, le pregunté, en un alemán algo rudimentario y tosco, su nombre y la causa por la que había sido encerrado. Él desoyó mis preguntas una tras otra, ni siquiera se molestó en mirarme. Atribuí su actitud desdeñosa a algún equívoco suscitado por el idioma, ya que mi alemán, como digo, era insuficiente para sostener una conversación prolongada. De modo que insistí, intentando esta vez dejar claras mis intenciones, que no eran otras que las de iniciar una conversación que hiciera más tolerable el tiempo que se dilatara el común encierro. De súbito, mientras yo me esforzaba en pronunciar cada palabra con una lenta y cuidadosa vocalización, al tiempo que gesticulaba ostentosamente con las manos, mi compañero de celda proclamó en un perfecto inglés:

He matado a un niño.

Confieso que al principio no reparé en el significado de sus palabras y sí en el idioma en que habían sido pronunciadas. Incluso tuve un atisbo de grata sorpresa al descubrir que compartíamos la misma lengua (si bien no tardaría en advertir que su dicción difería de la mía, al extremo de no acertar a adivinar su procedencia) y, por tanto, podríamos conseguir que la espera que nos separaba de la libertad fuera más agradable. Pero inmediatamente, como si cobrara una súbita resonancia, caí en la cuenta del verdadero sentido de su frase, pronunciada, vale decir, con total indiferencia: he matado a un niño, dijo.

Mi primera reacción fue de pánico, no podía entender que me encerraran junto al sospechoso de un crimen. Entonces, como ahora, desconocía las leyes austriacas, pero contradecía el sentido común que me concedieran trato semejante al que recibe un asesino confeso, al que además imaginé de inmediato, quizá precipitadamente, sin duda inducido por el miedo, imaginé, digo, con las facultades mentales perturbadas, ya que su víctima no era un individuo al que había ajusticiado en una reyerta callejera o en defensa propia, sino un niño al que reconocía haber asesinado, al parecer, sin el menor muestra de arrepentimiento.

Superados los primeros temores, lo observé largo rato, mientras aguardaba en vano a que prosiguiera con lo que tuviera que añadir, pues pensé que acaso esgrimiría alguna circunstancia atenuante que justificara el crimen que decía haber perpetrado. Sin embargo guardó silencio y continuó con la mirada perdida, adoptando el mismo talante ausente que había mostrado hasta ese momento. Caí en la cuenta entonces de que me hallaba ante una oportunidad única a fin de alcanzar el objetivo que me había propuesto al inicio del largo viaje que me había llevado hasta ese calabozo, en un pequeño pueblo situado al noreste de Austria, justo en la línea fronteriza con Alemania.

Un mes y medio antes había partido del puerto de Folkestone, en mi Kent natal, con el propósito inexcusable de no regresar sin la génesis de la que sería mi primera novela. No sin pesar había tomado la decisión de abandonar mi empleo de tutor en la escuela de Bromley para ejercer de periodista ocasional, en tanto se gestara en mi cabeza ese argumento tan codiciado como esquivo que me permitiría por fin vivir de la literatura. Los proyectos, no obstante, no acababan de concretarse, paradójicamente por exceso de ideas, pues cuando la última parecía perfilarse como la definitiva, una nueva venía a revelar las carencias de aquélla, y así, sucesivamente, me veía atrapado en el dédalo de mis propias vacilaciones, propiciadas en buena medida por mi causa, ya que desde el principio me había impuesto la exigencia insoslayable de hallar algo nuevo que contar, una historia insólita que resultara estimulante e innovadora, tanto para mí como para los lectores. De modo que con la intención última y desesperada de poner orden en mi cabeza, decidí viajar por Europa pertrechado de cuadernos en los que anotar las ideas que fueran surgiendo durante el trayecto.

Atravesé Bélgica y Luxemburgo, y en Francia, donde se celebraban los fastos de la Exposición Universal, asistí a la inauguración de la Torre Eiffel, el monumento que los Franceses habían erigido para el evento, a mi juicio con excesiva alharaca, pues sólo se trataba, pensé entonces, de un amasijo de hierros amontonados con más o menos destreza a los que no vaticiné largo futuro. Cuando abandoné Francia puse rumbo a Alemania. Después de unos días en Munich, partí hacia Austria, cuya frontera recorrí demoradamente en tren hasta que me detuve en Braunau am Inn, un pueblo pequeño y acogedor en el que se jactaban de servir, no sin razón (mi confinamiento era prueba de ello), la mejor cerveza del mundo.


Observé expectante a aquel hombre y medité la forma de vencer sus reservas. Habituados mis ojos a la penumbra, advertí que el individuo se había vuelto hacia la pared y de nuevo me ofrecía la espalda. Resolví no dejar de hablarle hasta que se sintiera obligado a replicarme, aunque sólo fuera para hacerme callar. Sólo así, razoné, habría alguna posibilidad de que me confiara la historia que llevaba consigo.

Si lo que dice es cierto —expuse, aproximándome a su cama—, carece de lógica que nos encierren juntos. De lo único que soy culpable, si la memoria no me falla, es de beber un poco más de la cuenta, quizá de enzarzarme en una disputa sin mayor relevancia, nada más, sin embargo usted... en fin... según dice...

Para mi sorpresa no tuve que insistir demasiado, de inmediato giró la cabeza y el camastro acompañó ese movimiento con un chirrido agudo.

Burghausen —dijo, lacónico.

¿Cómo? —inquirí.

Burghausen —prosiguió— se encuentra a siete millas de aquí, y allí está el penal al que tenían pensado trasladarme. Pero se ha levantado mucho revuelo en el pueblo, la gente de Braunau aguarda atrincherada a las puertas de la prisión. Quieren un linchamiento. Me dejaran aquí hasta que se calmen.

Habló con una tranquilidad pasmosa, se diría que estaba habituado a las circunstancias que atravesaba, como si asesinar niños ocupara por lo común su tiempo, y lo extraño en realidad fuera el comportamiento extemporáneo de la gente en contra de esa costumbre. Se trataba sin duda de un personaje singular; en honor a la verdad debo decir que en modo alguno me pareció un asesino.

¿ Por qué lo hizo? —pregunté.

Que más da. Eso ya no importa.

A mí sí me importa. No sé, quizá se trató de un desafortunado accidente. La gente, su familia ha de saber qué pasó.

Dispensa explicar que la urgencia por conocer la historia y el interés en sonsacarle los hechos se debían a mi propia conveniencia, y admito que utilizar como pretexto a su familia me produjo cierto pudor, que él no dejó de anotar, pues sonrió aviesamente antes de hablar.

No fue accidente. —dijo— Le disparé por la espalda. En la cabeza. Tomé un sendero pedregoso que conduce a la arboleda en la que solía retirarse a dibujar, un soto de sauces y hayedos no muy distante del pueblo. Allí estaba, sentado sobre un tronco, rodeado de hojarasca que crepitaba bajo mis pies, y aun así tan concentrado en los trazos que esbozaba en el bloc no me oyó merodear en torno a él. Le apunté por encima de la nuca, pero no disparé, no en ese momento. De repente vacilé, sentí una curiosidad extraña que nunca antes, en el desempeño de mis numerosas misiones, había experimentado; soy por lo común preciso en el cumplimiento de las órdenes. Pero en esta ocasión quise mirarle a los ojos. Bajé el arma y lo rodeé y me puse frente a él. Me vio, no a mí sino a la sombra que mi cuerpo proyectó sobre el papel. Levantó la cabeza y me miró. Se sonrió, una gran sonrisa de satisfacción, y de nuevo, gacha la cabeza observando el bloc, emprendió la tarea de dibujar. Di la vuelta y me alejé por donde había llegado, pero sólo unos pocos metros, volví de nuevo sobre mis pasos, y esta vez sí, le disparé. Su cuerpecito menudo salió violentamente despedido a más de dos metros y cayó silente sobre de la hojarasca. Lo cogí en brazos y cargué con él por en medio de las calles hasta las puertas de la comisaría, y allí lo dejé en el umbral y me entregué.

Guardó silencio. Si albergaba dudas respecto a su culpabilidad, esa descripción detallada del crimen las habían despejado por completo. Se había limitado a la narración de lo sucedido sin pretender convencerme de nada, pues para él, sospecho, carecía de importancia que descreyera o no. Describió los hechos, nada más, yo era libre de juzgarlos a mi manera.

Piensa que soy un loco ¿eh? –agregó al cabo.

Intente convencerme de lo contrario. Lo que ha hecho es propio de ellos; sin embargo, y no me pregunte por qué, no creo que lo sea. Es más, estoy seguro de que si se esfuerza podrá argüir una explicación más o menos verosímil que de alguna u otra manera justifique ese asesinato.

Se incorporó y quedó sentado en la cama, las piernas, suspencidas, se mecían suavemente en el hueco que había entre su camastro y el mío. Inclinó el torso y apoyó los antebrazos en las rodillas.

Esta bien —continuó—, pero mucho me temo que no juzgará nada verosímil lo que voy a explicarle. Pero los hechos, en esta ocasión, han transcurrido así, y no hay, por tanto, otra forma de contarlos, a no ser que mis superiores decidan que se desarrollen de otro modo distinto. Qué opina si le digo que no pertenezco a este tiempo, que estoy aquí, sí, y usted me ve, y puede tocarme, y si lo hace acaso alcance a distinguir bajo mi pecho el latido del corazón, y pese a ello todavía no he nacido, ni lo han hecho mis padres, ni los padres de mis padres. Qué opina si le aseguro que procedo de una sociedad que está a cientos de años de aquí, en un futuro ni tan solo imaginado, en un tiempo aún por llegar. ¿Y bien?

Guardé silencio y en vano busqué sus ojos en la penumbra, tratando de discernir en ellos un rastro de locura o lucidez.

Francamente —observé sin ocultar mi desconcierto, acechado de pronto por la duda de si había atribuido a ese personaje más importancia de la que en verdad tenía— lo que dice resulta, cuando menos, y siendo comedido en mi juicio, difícil de creer.

No se preocupe, su reacción es la común. Pero déjeme continuar, correré el riesgo de que me crea definitivamente un loco. Setecientos cincuenta años separan mi sociedad de ésta, la suya, y en ella disponemos de la posibilidad excepcional de viajar a través del tiempo, de movemos por él a nuestro antojo.

¿Con qué propósito?

Formulé la pregunta inconscientemente. Lejos de creerle, determiné que si de verás deseaba ser escritor no debía obviar ninguna historia, por disparatada que pudiera parecer, como sin duda era el caso de la suya, pese a que, en el fondo, la narración poseía una inevitable capacidad persuasión.

¿Con qué propósito? El motivo es evidente ¿no cree?: modificar la Historia, corregirla, mejorar el efecto alterando la causa. Bien, imagine que su mejor amigo sufre un accidente y fallece. Un percance estúpido. ¿No lo evitaría si estuviera en su mano? Se trata, en definitiva, de elevar la ucronía al rango de ciencia exacta.

Modificar la Historia no es mejorarla. Es cierto que existe esa posibilidad, no lo niego, pero no es menos cierto que al propio tiempo subyace la de empeorarla, ¿cómo saber a dónde conducirá ese nuevo rumbo? Si, como usted sugiere, salvo a mi amigo de perecer, y luego éste se enamora de mi mujer y planea y lleva a cabo mi muerte, ¿cómo juzgar ese cambio?

A veces es necesario correr riesgos, pero no se corrige nada sin antes llevar a cabo un meticuloso estudio de las consecuencias que pueden acarrear esos cambios. Lo conveniente, claro está, es que sólo afecte al hecho que se pretende alterar, pero es verdad que, en no pocas ocasiones, se ven afectadas circunstancias ajenas a él. Lo que demuestra, cuando menos, que el libre albedrío continúa existiendo, aunque convenientemente acotado. Aún y así, coincidirá conmigo en que hay acontecimientos en la historia del ser humano tan desafortunados que merecen, sin ningún género de duda, ser eliminados, aun a riesgo de que los efectos derivados de esa eliminación devengan más perniciosos que las causas que provocaron la modificación.

Sus razonamientos poseían tal capacidad persuasiva que no puede evitar sucumbir ante ellos, subyugado, de repente, por las posibilidades literarias que atribuí a su narración. Cada una de mis objeciones era rebatida por él con una abundancia argumental que no dejaba lugar a réplica.

Las horas siguientes transcurrieron con parecido tono. Entrada la noche su discurso se volvió, a mi juicio, deliberadamente parco. Evitó extenderse en demasiados detalles, y se limitó a responder con monosílabos cada cuestión que yo, con curiosidad insaciable, le planteaba.

Finalmente me dormí.

Del otro lado de la puerta me despertó una algarabía de voces. De pronto se abrió, precedida por un estrépito de llaves que giraban y de goznes que crujían. Unas manos se aferraron a la pechera de mi camisa y me arrojaron fuera de la cama. Me zarandearon con virulencia en tanto me gritaban algo que en aquel momento me pareció indescifrable, pero que no tardé en comprender: mi compañero de celda había desaparecido, y lo había hecho sin forzar la puerta ni dejar señal alguna de su huida. Se había desvanecido sin más, como si nunca hubiera estado allí. Sólo la horma de su cuerpo esculpida en el colchón, todavía caliente, confirmaba que su existencia no había sido producto de mi imaginación.

Su desaparición demoró mi puesta libertad, pues creyeron que yo tenía algo que ver con su fuga o, cuando menos, podía aportar algún dato que facilitara su captura. Sólo tras la eficaz mediación del consulado británico en Viena, pude abandonar, por fin, la celda; ocho días después de la evasión de aquel extraño personaje. Esa misma tarde debía coger un tren que me llevaría de regreso a Munich y, pese a que todavía restaban varias horas para su partida, me acomodé en la estación y aguardé su llegada; en modo alguno, me dije, podía permitir que ese tren partiera sin mí, ya que el siguiente con destino Munich saldría tres días más tarde, y mi ánimo, como bien comprenderás, carecía de voluntad para demorar un sólo instante más la marcha.

Mi querido amigo, durante todos estos años no ha habido un sólo día que no pensara en aquel hombre y en todo lo que me contó. Él, como ahora puedes deducir, inspiró mi primera novela y, por tanto, es en gran medida el causante de que mi vida transcurriera como lo hizo. Sé que lo juzgarás descabellado, pero esa certeza me ha llevado a considerar que nada de lo que dijo entonces fue incierto, y que las pocas horas que compartimos juntos tenían como propósito que yo escribiera esa novela, porque, sospecho, la época o sociedad a la que pertenecía precisaban de su existencia, de la misma forma que Isaac Peral, Monturiol, Nordenfelt o quién sea el que finalmente posea la autoría del submarino, necesitaron que Julio Verne gestara y escribiera en 1869 Veinte mil leguas de viaje submarino, ya que no creo, con toda franqueza, que exista acto humano, de la naturaleza que sea, que no haya sido anticipado por la imaginación fecunda e inquieta de un escritor.


La tarde de mi regreso, sentado en un banco próximo a la vía en la que debía detenerse mi tren, fatigado ya por la larga espera, contemplé frente a mí, en el otro extremo del andén, cómo un grupo de niños jugueteaba entre los árboles que llenaban, numerosos, el recinto ferroviario. Por encima de sus copas se dibujaba, desvaído por la distancia, el contorno abrupto y escarpado de la cima inhiesta del Grossglockner. También de entre la espesa fronda irrumpió, tenue, el penacho de humo que anunciaba la llegada del ferrocarril, a cuya visión precedió el silbido lejano de la locomotora. Me incorporé y dispuse todo para partir, acomodando cerca de mis pies las dos bolsas de viaje que me habían acompañado desde que saliera de Kent. Eché un último vistazo a mi alrededor y la mirada se detuvo, obstinada, en los niños. Sólo entonces, cuando los hube observado por segunda vez con detenimiento, reparé en que ignoraba todo acerca del niño asesinado. El tren se hallaba próximo, pero si me apresuraba todavía podría obtener algún dato sobre él. De una de las bolsas extraje, con urgencia, el cuaderno en el que había anotado todo lo acontecido desde mi llagada a Braunau. Entré en el edificio en busca de alguien que pudiera facilitarme información, la sala estaba vacía, de modo que me acerqué al empleado que me había expedido el billete y, cuaderno en mano, le rogué con torpeza que me proporcionara cualquier dato que supiera del niño, ya fuera su nombre o el de alguno de sus familiares. El tren se había detenido y no tardaría en reanudar la marcha. Anoté con trazo apresurado todo lo que pude entender y salí precipitadamente, la locomotora había empezado a moverse. Al cabo de unas millas, acomodado al fin en mi vagón correspondiente, releí con calma lo que había escrito. El niño, al parecer, era hijo de una campesina y de un conocido oficial de aduanas de Braunau am Inn. Se llamaba, según leo, Adolf, Adolf Hitler. De más está decir que desconozco por qué acabó con su vida, pero confío en que lo indujera un motivo de peso…”




sábado, noviembre 26, 2011

Una tarde de verano

Dos veces me han intentado robar en mi vida. Las dos en un vagón de tren. En ambas tuve una reacción inesperada, y eché mano de historias inventadas, improvisadas, que no sólo acabaron disuadiendo del robo a los ladrones, sino que casi se sintieron obligados a darme dinero ellos a mí.
El primero de los intentos de robo me inspiró este relato breve, en el que prácticamente narro cómo se desarrolló el atraco frustrado. Mi reacción me pareció tan inusitada e inesperada que casi me sentí obligado a expresarla por escrito.

Aquí lo tenéis.



Una tarde de verano



Nada más verlo entrar en el vagón supe que me causaría problemas. Lo llevaba escrito en su cara de lolailo militante. No debía de tener más de veinticinco años, el pelo muy corto por encima de las orejas, le caía largo y ensortijado sobre la nuca. Un aro de plata enorme le colgaba del lóbulo izquierdo, el brillo del cual lucía más acusado en contraste con su rostro atezado y duro, curtido acaso en la solana de las obras donde supuse que habría trabajado esporádicamente, ya que no aparentaba poseer el espíritu del que gusta de trabajar con cierta continuidad.

Se detuvo largo rato frente a la puerta abierta que comunicaba los vagones, el traqueteo de los raíles resonó molesto hasta que al fin cerró con uno de esos portazos que inevitablemente acababan asustando al pasajero que contempla ensimismado el monótono discurrir del paisaje.

Alertado por el ruido que la puerta produjo al cerrarse, eché un vistazo a su silueta reflejada en el cristal de la ventana. Vestía camiseta roja y pantalones tejanos elásticos, desgastados y ceñidos como unas mallas de ballet en torno a unas piernas que, aunque estevadas y cortas, se insinuaban robustas. Unos zapatos acharolados de color negro y unos calcetines de un blanco deslumbrante asomando entre el bajo del pantalón y el calzado completaban su atuendo. Un lolailo con denominación de origen.

Se quedó plantado delante de la puerta y echó un vistazo a la hilera de asientos situados frente a él. A continuación me observó a mí, con demora y satisfacción creciente a juzgar por la mueca de placer que su rostro dejó entrever. Apenas dos largas zancadas le bastaron para llegarse hasta mí y sentarse a mi lado, lo que no hizo sino confirmar mis presagios, puesto que, salvo tres o cuatro personas, había asientos desocupados por todo el vagón.

No podía ser de otra manera, el día se precipitaba de manera irremediable hacia un desenlace en consonancia con la tarde lamentable que una vez más había padecido, lo que se estaba convirtiendo en una costumbre que ya duraba varios sábados. Y ese no hubiera sido diferente de no haber abandonado la discoteca presa de una ofuscación desacostumbrada, separado y a distancia del resto de gente que, al cierre del local, salíamos en tropel hacia la estación con la ropa impregnada de olor a tabaco y las mejillas encendidas por el calor sofocante de la sala. Los vagones eran entonces un hervidero de jóvenes alborotados que nos íbamos apeando en las distintas estaciones del Maresme en las que el tren se detenía en su itinerario a Barcelona.

La causa de mi enfado había respondido a un impulso de despecho pueril contra Sonia. Estaba cansado de que no me hiciera el menor caso. Se diría que cerca de ella yo adquiría cualidades traslúcidas, o bien Sonia caía presa de una ceguera selectiva que sólo le afectaba cuando ponía lo ojos sobre mí. Lo cierto era que me sentía como un pasmarote ante su indiferencia, o, en rigor, desconocimiento, puesto que, en honor a la verdad, debido a una timidez patológica y a la zozobra que me paralizaba de continuo, ella no era, que yo supiese, consciente siquiera de mi existencia, y yo, puestos a sincerarnos, jamás había considerado seriamente la posibilidad de que algún día se fijara en mí, y por tanto cualquier reproche del que la hiciera objeto o responsable no eran sino pataletas de un jovencito asustadizo incapaz de articular frase alguna cuando estaba delante de ella. Lo verdaderamente bochornoso era que esa situación, hablar con ella o aun intentarlo, no se había dado nunca. Es decir, yo, iluso hasta el fin, me sumía en plácidas divagaciones en las que imaginaba cómo me aproximaba a Sonia con inusitado arrojo, y cuando al fin acometía un intento de charla en la que le mostraba mis encantos, me sobrevenía un repentino enmudecimiento, una afasia inesperada que mudaba en súbita tartamudez que me dejaba en evidencia y me hacía pasar el mayor de los ridículos. ¿Cómo entonces podía siquiera considerar la idea de darme a conocer si era incapaz de seducir a Sonia hasta en mis propias fantasías? Decidí esperar a que el azar propiciara la ocasión oportuna. Entretanto me consolaba observándola en la distancia, recogiendo agazapado las sobras de alguna mirada perdida, confiando en que se produjera algún suceso prodigioso que le abriera los ojos y Sonia, por fin, cayera rendida ante mí, fascinada por el enorme poder de seducción que, por lo visto, ni siquiera yo era capaz de atribuirme.

Sin embargo, cada vez era más evidente que esa situación no se daría nunca, y los sábados se sucedían uno tras otro sin que ella supiera nada de mí. Y ahora estaba allí, en trance de ser asaltado por un individuo que desde que había tomado asiento no había dejado de examinarme de arriba abajo y de mirar asimismo en derredor, juraría que sonriendo de forma jocosa, como incrédulo y agradecido a un tiempo por mi buena disposición a facilitarle sus labores de hurto al recluirme en la cabeza del tren, un vagón que solía estar medio vacío, pues la gente acostumbraba a concentrarse en los vagones centrales.

—Qué pasa, estás mu serio, ¿no? —dijo al poco.

No te jode, si te parece me pongo a cantar una ranchera, pensé. El tío me iba a robar y todavía pretendía que lo animara a hacerlo, que lanzara vítores o jaleara con entusiasmo su buen hacer. Guardé silencio y giré apenas la cabeza, lo justo para que advirtiera la mirada desdeñosa que le había lanzado, a continuación eché un vistazo a la ventana y de nuevo vigilé en el cristal el reflejo de su silueta estatuaria.

—¿Tienes hora? —me preguntó a continuación.

No se le podía negar cierta sutileza en su proceder. Cualquier otro hubiera arremetido sin ambages antes de que entrara más gente en el vagón. Pero él parecía más preocupado por exhibir buenas maneras, por demorarse en los preámbulos como si no hacerlo fuera un síntoma de falta de profesionalidad.

—No tengo reloj —le respondí. Para que pudiera constatar que no le mentía alcé la manga de mi brazo izquierdo, pero ese gesto no pareció convencerle del todo, y sin disimulo alguno echó hacia delante el cuerpo y alargó el cuello en busca de mi muñeca derecha.

—Que no tengo, hombre, que no tengo —le repetí mostrándosela también. Apenas se molestó en disimular su decepción, y la expresión de su cara demudó en una severidad que no presagiaba nada bueno.

No cabía la menor duda de cuál era su propósito, y pese a que el reloj no constituiría ya parte del botín, yo estaba convencido de que ese primer revés no le habría desalentado, como de inmediato había de demostrarme. Su mano, de improviso, se cerró como una brida en torno a mi muñeca, que descansaba en el apoyabrazos del asiento que nos separaba, a la vez que balbuceó entre dientes con aparente rabia, aunque sin excesivo alboroto, una retahíla de sandeces tan farragosas e indescifrables que sólo por el contexto consideré amenazas.

—¡Ya mes tas dando todo lo que lleves encima, tío! Venga, cagando leches y sin mosquearme o te pincho aquí mismo —proclamó en sordina al tiempo que me zarandeaba el brazo apresado, conminándome con una inclinación reiterada de la cabeza a que mirara la mano en la que sostenía la supuesta arma blanca, oculta tras el apoyabrazos. Yo, desafiante, no sólo no le hice caso sino que me aventuré a sostenerle largo rato la mirada, una actitud inusitada e impropia de mí, ya que me estaba exponiendo a que me partiera la cara o quién sabe si algo peor, y no obstante esa certeza continué desoyendo su exigencia, afectado por un inesperado acceso de arrojo.

—¡Qué mires, coño! —gritó al advertir mi actitud, oprimiendo más mi muñeca e indicándome con un gesto del mentón que mirara hacia abajo.

Con desidia, más a causa de la inercia que por temor a sus amenazas, eché un vistazo en la dirección que me indicaba. No, no podía ser, el tipo debía estar de broma. Tenía que estarlo, de otro modo no podía entenderse que denominara cuchillo a ese artefacto diminuto y ridículo que sostenía en su mano. En todo caso, y siendo, además, generoso en mi juicio, ese utensilio podía pasar a pertenecer, en lo que a mí se refería, al grupo de puñales de mierda de este mundo, porque eso es lo que era y no otra cosa, una mierda de puñal tan grande como la más grande de las casas. ¿Acaso yo no merecía siquiera ser asaltado con cierto rigor? ¿Era pedir demasiado exigir algo más de profesionalidad? El tipo podía haber empleado para la ocasión una pistola de dimensiones considerables y grueso calibre, ostentosa, precisa, sofisticada, o por qué no un enorme machete de filo dentado y acerado, o un tanque, coño, un tanque, pero no ese grotesco y pequeñísimo cuchillito similar a los que regalan en las ferias como premio por haber despedazado en astillas un mondadientes con una de esas desvencijadas escopetas de aire comprimido, me refiero a esos que terminan, con el andar del tiempo, envainados en su funda mimetizada, balanceándose del retrovisor interior del coche.

¿Cabía imaginar mayor ofensa o menosprecio que ese personaje pretendiendo apropiarse de mis pertenencias esgrimiendo apenas un cortaúñas herrumbroso? Yo me sabía un ser apocado y pusilánime y hasta medroso en cierta medida, pero confiaba en no haberlo trasmitido a los demás, ¿y no era esa escena el indicio concluyente que me revelaba la verdad?, esto es, que los defectos que me obstinaba en esconder eran tan evidentes cuanto mayor era mi empeño en ocultarlos.

A medida que asumía esa certeza la ira se fue apoderando de mí, una especie de aire abrasador me trepó de pies a cabeza. Decidí que ya era suficiente, no iba a consentir más humillaciones, pasara lo que pasara ese individuo no obtendría de mí nada que yo no quisiera darle. Era precisa, sin embargo, cierta cautela y, sobre todo, proceder con mucha astucia. Puesto que el tipo partía con la ventaja obvia de una mayor corpulencia, yo debía recurrir a la picardía y hacer uso de una astucia que acaso él no alcanzara a atribuirme.

—¡Pero bueno qué pasa contigo, coño, me das el dinero o qué, hostias! —gritó, soliviantado por mi silencio, apretando un poco más mi muñeca.

—Qué te voy a dar si no tengo un duro —le dije tratando de ganar tiempo.

—No tengo un duro, no tengo un duro, ¡y una mierda no tienes un duro! Venga, yas tas sacando la cartera, cojones.

—Pero hombre que no te miento, te estoy diciendo que no tengo nada, de verdad tío.

—Mira niñato, no me toques más los cojones y ya mes tas dando la cartera, mira que como te pongas tonto y me vaciles te vas a quedar hasta sin gallumbos.

Se había empeñado en apoderarse de mis pertenencias, y ningún pretexto que me molestara en esgrimir le haría cambiar de parecer. Como todo buen ladrón que se precie, descreía de las palabras de su víctima —meras artimañas para evitar el hurto—, y pese a que yo no había faltado a la verdad al asegurarle que no tenía dinero —las pocas monedas sueltas que llevaba encima sumaban poco más de quinientas pesetas—, deduje que él se había excedido en sus expectativas, confundido, a mi juicio, por la indumentaria que vestía esa tarde, que era a la que invariablemente recurría todos los sábados por la tarde durante ese verano: una sencilla camiseta blanca, una americana ligera de lino y un holgado pantalón de pinzas de color crudo que, en mi opinión, me conferían cierta elegancia, y algunas personas sostienen la presunción de que esa cualidad —el saber vestir— viene dada como consecuencia del dinero, pese a que yo, como digo, apenas podía reunir más de quinientas pesetas. Esa era toda mi elegancia.

—Te juro que las pocas pesetas que me quedaban las he gastado en el billete de tren —añadí adoptando un tono de cierto desconsuelo con el fin de inspirarle lástima o hacerlo desistir por puro aburrimiento.

Lanzó un resoplido.

—Lo que tú quieres es quedarte conmigo ¿no? —dijo a continuación—. Eso es lo que pretendes, quedarte conmigo; eres un niñato que va de listillo por la vida y cree que un servidor es tonto, ¿no? Pues mira lo que te digo, pamplinas: o me das lo que llevas encima, o empiezo a darte de hostias y no paro hasta que lleguemos a Barcelona, ¿entiendes o te lo tengo que repetir?

—Entiendo.

—Bien, parece que empezamos a hablar el mismo idioma. Si es que no hay necesidad de malos rollos, hombre. En cuanto te he visto he pensado: este es un buen chaval, lo comprenderá. Pero no, no lo has hecho, y coño, tampoco es tan difícil. Pero escucha, no pasa nada eh, yo te lo explico y punto. Verás, yo me pincho ¿sabes?, y bueno, mientras uno está servido, pues nada tú, de güay. Ahora, cuando empieza a faltar, pues ya sabes lo que pasa: las prisas, los nervios, los sudores, y uno no distingue quién tiene delante ni sabe lo que hace ni cómo lo hace. Así que por tu propio bien no te conviene que me altere. Lo mejor, te lo digo yo, es acabar cuanto antes, me das lo que tengas y se acabó, no me verás más el pelo.

No era necesario ser muy sagaz para darse cuenta de que la historia de la droga era un ardid, una patraña barata con la que pretendía amedrentarme, lo cual era una prueba más de que el empeño en ocultar mi apocamiento no había funcionado y también él creía innecesario gastar energía e imaginación en construir un argumento más elaborado, lo que resultó, a la postre, un mayor acicate para impedir que el tipo se saliera con la suya.

Su mano todavía apresaba mi brazo izquierdo. Me retrepé como pude en el sillón e introduje la derecha en el bolsillo del pantalón, hurgué en él y, al cabo, la extraje de un tirón y le mostré las monedas sueltas.

—Mira —le dije, decidido a salirme con la mía— esto es todo lo que tengo, fíjate, no llega ni a quinientas pesetas. Siento mucho tus problemas con el caballo, pero sabes tan bien como yo que este dinero no te va a solucionar nada, con esto no tienes ni para comprarte una caja de aspirinas.

—Joder, lo que me faltaba por oír. Pero tú qué coño sabes, enterao, que eres un enterao. Anda la leche, a ver si ahora va a resultar que eres farmacéutico, no te jode el tío; si seguramente no has visto una jeringuilla en tu puta vida, hombre.

—¿Qué no he visto una jeringuilla en mi vida? ¿Dices qué no he visto una jeringuilla en mi vida? —Se trataba de una pregunta retórica, una maniobra dilatoria a fin de sortear sus acometidas—. Mira tío, mi hermano también se pincha, así que no me digas que no sé de qué hablo.

Soy del parecer de que en situaciones complicadas uno no debe andarse con remilgos ni consideraciones morales, hay que apelar sin desdoro al miserable que todos llevamos dentro, ése que se vale de todo artificio, por despreciable que sea, con tal de superar la primera dificultad que le sale al paso.

—¿Tu hermano se pincha? —preguntó.

—Sí.

—¡Venga ya!

—Te digo que sí.

—¿Seguro? Mira que como te quieras quedar conmigo va a ser peor ¿eh?

—No, hombre, no ¿Tú crees que se puede bromear con algo así? Precisamente vengo de hacerle una visita. Está en Gerona, en una granja de desintoxicación. Quizá la conozcas, se llama El renacer.

—Ah… sí… El Rehacer… sí…

Renacer —corregí.

—Sí, eso, El renacer, sí…claro. ¿Y qué?, ¿cómo le va?

—Bueno, unas veces mejor que otras. En fin, tú ya sabes cómo funciona eso, se pasa la vida entrando y saliendo de esos sitios, cuando parece que está mejor, vuelve a recaer en la misma mierda, y así una vez tras otra. Es la historia de nunca acabar.

Poco a poco sus dedos habían dejado de ejercer presión sobre mi brazo hasta liberarlo del todo. No obstante sentir palpitaciones en la muñeca y un dolor intenso, decidí que lo mejor era no manifestarlo, no revelarle el menor resquicio de fragilidad por el que pudiera penetrar y campar a sus anchas. Pero el tipo, para mi estupor, y, por qué no admitirlo, para mi decepción —yo ya me había envalentonado y lo que en verdad deseaba era enzarzarme con él en un lance del que pretendía salir redimido con carácter retroactivo de todas las ofensas padecidas hasta ese momento—, el tipo, como digo, ya no parecía estar por la labor del hurto. Se conoce que mi mentira había despertado el lado perezoso de su buena conciencia, ya que de repente largó con inusitado fervor una arenga desatada en favor de la pronta recuperación de mi hermano imaginario, la cual, dicho sea de paso, casi me persuadió de su existencia.
—Te diré una cosa chaval —dijo a modo de conclusión—: no puedes permitirlo; no, qué coño no puedes: no debes permitirlo. ¿O es que él no lo haría por ti? ¡Claro que lo haría, joder! Tu hermano tiene que salir del pozo, hasta ahí estamos de acuerdo ¿no?, ¿sí o no? ¡Contesta hombre!

—Sí, claro, sí.

—Bien, ¿y sabes cómo se puede salir de ese socavón? ¿No lo sabes no? Claro, cómo lo vas a saber. No te lo tomes a mal, pero sólo hay que echarte un vistazo para darse cuenta de que nunca has tenido que echar mano de ellos, pero no te preocupes que yo te lo explico: con dos güevos, ésa es la única forma tío, con dos güevos, a esta puta vida hay que hacerle frente con dos güevos, si no te deja en la estacada en menos que canta un gallo. Te lo digo yo, hombre. La gente siempre está con eso de que hay que pensarse las cosas, meditarlas, razonar, dialogar, y bla, bla, bla. Todo ese rollo inútil. Gilipolleces; sí, lo que yo te diga: gilipolleces, porque al final todo el mundo recurre a lo mismo: a los güevos.

A mitad de la charla se había puesto en pie y echado mano de la entrepierna, se diría que aguardando el aplauso de una multitud enardecida. Mirándome fijo, añadió:

—¿Sabes lo que te digo?, que has caído bien, y mira por donde, gracias a tu hermano, te vas a librar. Me voy tío, siento haberte molestado, cómo podía yo saber… no aparentas… en fin, lo dicho, que me voy, pero antes dime si necesitas algo, de verdad, lo que sea. Mi menda no te va a fallar

Lo contemplé boquiabierto y llegué a la conclusión de que no podía permitir que la historia concluyera de ese modo, puesto que en tal caso mi inesperado acceso de arrojo no habría servido de nada.

—Bueno —dije, no sin cierta vacilación—ya que lo mencionas, verás, resulta que la semana que viene tengo que ir a verlo varios días, un jaleo enorme de trenes, y estoy sin blanca. No te imaginas la vergüenza que me da pedírtelo, pero si pudieras prestarme algo de dinero te lo devolvería enseguida. Quedaríamos un día en la estación, o dónde tú digas, y te devolvería sin falta hasta la última peseta.

Mientras le contaba semejante puñado de mentiras pensé que estaba cometiendo una locura. Te has pasado de listo, me dije, el tipo no puede ser tan estúpido y lo único que has conseguido es mandarlo todo al carajo, ahora se lanzará sobre ti y hará de tu cara un mapa. Sin embargo no podía estar más equivocado, puesto que el tío, sin pensárselo dos veces, echó mano de su cartera y extrajo de ella diez mil pesetas que, en billetes de mil, depositó en rimero sobre la palma de mi mano abierta.

—Aquí tienes —dijo—. Quédatelo, y no te preocupes, al fin y al cabo no es mío, se lo he cogido prestado a un primo que encontré en el vagón anterior. Y por favor, no me ofendas, olvídate de devolverme nada. Faltaría más, coño, faltaría más.

Se dirigió hacia la misma puerta por la que había aparecido y con la mano apoyada en el picaporte aún permaneció quieto frente a ella por espacio de un instante. Acto seguido introdujo la mano en el bolsillo del pantalón, hurgó en él y luego forcejeó para poder sacarla, aprisionada en la estrechez del tejano. Dio media vuelta y se llegó de nuevo hasta mí, y, estirando el brazo, dejó caer sobre mi regazo un reloj de cadena gruesa y ostentosa.

—Toma, hombre, toma —dijo—; no se puede ir por la vida sin peluco. Y no te preocupes, también lo he tomado prestado.

Y desapareció sin más. Lo último que recuerdo de él es el ruido que la puerta produjo al cerrarla tras de sí. Al poco me quedé dormido con una desacostumbrada rapidez, como si la tensión de esa situación imprevista hubiera propiciado una relajación a un tiempo excesiva y extenuante. Cuando desperté y contemplé perplejo las numerosas personas que llenaba el vagón me dio por pensar que quizá él no había existido nunca, y lo sucedido había sido producto de un sueño. Me pregunté de dónde había salido toda esa gente. Sin duda debía haberme quedado profundamente dormido para no percatarme de en qué momento habían subido. Levanté la cabeza por encima de las butacas para echar un vistazo y al ver a Sonia me encogí en mi asiento con un movimiento reflejo. ¿Qué hacía allí? ¿No se había quedado en el local cuando me marché? La única respuesta que se me ocurrió fue que a la salida de la discoteca ella y sus amigos deambularan por todo el tren hasta acabar en el mismo vagón que yo. Miré otra vez a hurtadillas, atisbando por entre los huecos de los asientos. Era Sonia sin duda, a cuatro o cinco metros de mí, rodeada de sus de amigos en un escándalo de risas. Sonia sonriendo tan hermosa, sonriendo y sonriendo sin cesar. Llevándose la mano al pecho, tomando aliento entre carcajada y carcajada, enjugándose con el dorso de la mano las lágrimas incontenibles de esa risa súbita, con demora, cuidando de no esparcirse el rímel.

Cuando quise darme cuenta me había puesto en pie y caminaba hacia ella, que junto al resto del grupo ocupaban —ocho o nueve personas en total, la pandilla inseparable de la que se solía rodear y a la que, por encima de cualquier otra cosa, tanto había yo deseado pertenecer— ocupaban, digo, los asientos contiguos a uno y otro lado del vagón. Me detuve en medio de ellos y mi presencia inesperada provocó un silencio repentino. No tardé en sentir pánico y un rubor irreprimible y me pregunté cómo había reunido el valor suficiente para acercarme a Sonia. Con la cabeza gacha para no encontrarme con su mirada, me dispuse a regresar a mi asiento cuando, al introducir las manos en los bolsillos del pantalón, palpé el enorme reloj que me había entregado mi entrañable lolailo durante lo que yo casi creí que había sido un sueño. Sin sacarlo del bolsillo acaricié una y otra ves su fría superficie metálica. Alcé la cabeza y busqué los ojos de Sonia y sostuve su mirada más tiempo del que jamás había soñado. Infinitamente más. Fue entonces, en ese preciso momento en el que Sonia me miraba con desconcierto, cuando la voz resonó en mi cabeza:

Échale dos huevos, dijo.

Y vaya si se los eché.