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viernes, agosto 19, 2011

Amsterdam 2

A mí hay cosas que me resulta difícil creer pero sobre las que guardo silencio para no pasar por tonto o iletrado. Por ejemplo, todavía no ha habido nadie que me explique de forma cabal, esto es, convincentemente, cómo es posible que la gente que habita el Polo Sur no camine cabeza abajo. Comprendo que la fuerza de la gravedad los pegue a la tierra, pero eso no explique que, una vez pegados, se desplacen como lo hacemos por el norte.


Una de las circunstancias sobre las que cada vez me resulta más difícil estar de acuerdo es sobre los beneficios de la dieta mediterránea. Sobre todo cuando viajo a otros países y me cruzo con ciudadanos autóctonos. Si la dieta mediterránea es tan buena y la de los países anglosajones o del norte tan deplorable , ¿cómo se entiende que hasta hace bien poco la estatura media del español fuera 1.20 cm y la del resto de Europa 2.30? Hay cosas que no encajan, vaya.

Ayer, no obstante, encontré una posible respuesta. Visitamos el Rijksmuseum, donde exponen algunas pinturas de uno de mis artistas favoritos, Rembrandt. Antes de entrar, en un parque frontero, Martina estuvo jugando, y allí tuve oportunidad de ver los toboganes que gastan los holandeses, y la razón por la que los niños crecen tan fuertes y robustos. Por lo menos los niños que consiguen sobrevivir a la atracción, que según me he informado a través de fuentes oficiales son cinco de cada diez. El resto perece al intentar trepar tronco arriba, se descoyuntan contra las maderas o se descalabran contra el suelo. Como dicen en las películas malas, lo que cuento es verídico, tuve oportunidad de ver restos de niño debajo de los troncos y alguna placa en memoria de los caídos.









Parece ser, ya digo, que para todo son un poco brutos. Comprobad si no cómo aparcan los bomberos cuando acuden a una urgencia. Esa forma tan poco sutil de estacionar arrojaría luz, sin embargo, a un misterio que me tiene asombrado desde que puse los pies en la ciudad, y que todavía no he conseguido desentrañar: la gran mayoría de bicicletas que circulan no tiene frenos, o por lo menos yo no se los he sabido ver. No sé cómo lo hacen para frenar, habida cuenta que no circulan precisamente con prudencia y moderación, antes al contrario. La única explicación que he sabido dar es que salten de la bicicleta en marcha, a la carrera, y la bicicleta siga sola hasta que se hunde en uno de los canales. Lo cual explicaría, a su vez, por qué cada años las autoridades rescatan de fondo de las aguas centenares de bicicletas.



En fin, no puedo escribir más. Pilar me urge a que salgamos a la calle de nuevo. Esta noche, si puedo, os daré más detalles.

miércoles, agosto 17, 2011

Amsterdam

Dos días antes de emprender viaje hacia Amsterdam nos enteramos de que es recomendable cargar con la llamada Tarjeta Sanitaria Europea. En principio no contemplamos la posibilidad de llevarla, pero yo cometo la imprudencia de llamar por teléfono a la Seguridad Social para informarme, y al otro lado del teléfono se pone un pariente cercano de Nostradamus, y nos mete tal pánico en el cuerpo que acabamos sacando la tarjeta y comprando un par de desfibriladores y un botiquín que ríete tú de el Monte Sinaí de Nueva York. Además me he vuelto a ver todas las temporadas de Urgencias, con lo que estoy preparado para realizar una operación a corazón abierto su fuera necesario.

El caso es que, al final, creo que si en algún lugar está justificado llevar una tarjeta sanitaria es en el puto Amsterdam. No he visto una ciudad más hostil que ella para con los peatones (ya sé lo que pensaréis algunos, pero ni Mogadisco ni Bagdad cuentan, por razones obvias). Las amenazas no vienen tanto de los coches, ni de las motos (por cierto, los motoristas aquí no van tocados de casco) ni de los tranvías, ni siquiera de los barcos, por más que muchos de los que surcan los canales los conduzcan cuatro borrachos que cuando no maman de la botella lo hacen de un porro del tamaño de un brazo de gitano, sino de las putas bicicletas. Las bicicletas son las propietarias de la ciudad, disponen de más espacio físico para circular del que gozan los peatones, y como la separación entre acera y carril bici es tan difícil de ver para quien está de paso, se pasan el día tocando el timbre para que te salgas del medio y lanzándote unas miradas furibundas.

Por si las bicis no fueran suficientemente peligrosas, están los canales, o su agua. En fin, no quiero pensar que suerte puede correr quien se caiga en esas aguas pútridas. Flota de todo en ellas, son oscuras o verdes según cómo incida la luz en ellas, de un verde orina que tira para atrás. Hoy, mientras hacíamos un receso en nuestra caminata y Martina se entretenía en perseguir a palomas, una barca se ha parado en los márgenes y un tipo ha bajado y se ha puesto a hacer la meada más larga que he visto nunca. Allí, delante de todo el mundo, mientras los amigos que aguardaban en el barco lo jaleaban. Hora y media después, cuando ha acabado de mear hasta la última gota de alcohol que había bebido ese día, se ha vuelto a subir y han reemprendido la singladura por los canales, él y sus amigos, todos medio beodos.

Pues eso, que estamos en Amsterdam. Y me gusta mucho, aunque parezca lo contrario.

martes, agosto 10, 2010

Londres VI

Notthing Hill. Bajamos por Portobello, avanzando a trompicones debido a que estaba tomada por una muchedumbre impresionante de turistas, la mayoría de los cuales eran españoles, lo que restaba exotismo al paseo, pues casi parecía que deambularamos por la Ramblas. Si ese día salisteis a las calle y apreciaisteis que se hallaba especialmente deshabitada no fue porque estuvieran de recogimiento sino que se hallaban todos aquí, apretujados y sudorosos, impidiendo que yo avanzara con el carrito de Martina, pese a que ella se abría paso a zarpazos. De verdad que son inoportunos estos turistas que les da por coger las vacaciones a la vez que yo. Así no hay manera. Creo que en esto de las vacaciones debería constituirse por ley un calendario especial de prioridades: primero nosotros, y luego, a la vuelta, el resto del mundo.
Hace algún tiempo leí un artículo del escritor Enrique Vila-Matas en el que se quejaba de que Praga, una de sus ciudades predilectas por aquello de Kafka, asimismo uno de sus escritores de cabezera, estuviera tomada en verano por centenares de miles de turistas, y semejante circunstancia le contrariaba, pues, pobrecito, ya no podía merodear a sus anchas por la ciudad. El artículo en su momento me resultó indignante, pues todos los turistas que a él le estorbaban, o buena parte de ellos, son los que al comprar sus libros dan pie a que él viaje cuando le venga en gana. Mientras daba codazos por Portobello cambié de opinión: los turistas son una plaga a la que hay que erradicar.
Llegó un momento en que había tal cantidad de gente que nos vimos obligados a desistir y no acabamos de realizar todo el recorrido. Era literalmente imposible ganar un solo metro. Decidimos salir de entre la gente (el vulgo) y tomar un autobús para pasear por Kensington Garden, pero se interpuso en nuestro camino una cafetería o restaurante llamado Le Pain Quotidien, según Pilar muy conocida. Yo ni idea, como es sabido. Lo que sí puedo asegurar es que es del estilo que nos gusta: pija a más no poder, comida exclusiva pero frugal por la que pagas un ojo de la cara. Allí lo dejé, el ojo, sobre el tiket de la cuenta, manchándolo de sangre. Me lo extraje con la cuchara de la sopa que sirvieron a un tipo de al lado. Porque servían sopa, y muy buena a juzgar por el aroma. Yo no pedí. Mi religión me prohíbe, en vacaciones o los fines de semana, tomar esa clase de comidas.
Esa cadena de restaurantes disponen de unas mesas muy largas en la que cogen varios comensales, aunque no se conozcan ni acudan juntos, los sientan unos pegados a otros. Nos sentamos, qué casualidad, al lado de dos españolas, dos hermanas de Barcelona, ya entradas en edad (una setenta y cuatro años, la otra cincuenta y dos) y sin embargo muy viajeras y cultivadas. Gracias a la mediación de Martina, conversamos largo rato. Martina ha propiciado que conozcamos al mayor número de gente. En el autobús, en la calle, en el metro, ella, como sea que observa que sus padres son más bien tímidos y callados, realiza la introducción de rigor sometiendo a interrogatorio al personal de turno. Y tú cómo te llamas, dónde vives, etcétera.
Estas dos mujeres habían estado varias veces en Nueva York, lo que despertó nuestro entusiasmo por aquello del vínculo que suscita un destino compartido. El colmo del azar, no obstante, apareció cuando descubrimos que existía un vínculo geográfico aún más cercano: ambas habían estado pasando unos días en Sant Feliu de Guixols a la vez que nosotros, adonde habían acudido con motivo del concierto de Pati Smith y la exposición de la propia cantante, que inauguró Tita Cervera, con las que al parecer departieron un rato. Al final, quedamos en que nos veríamos en Sant Feliu de Guixlos.
Más tarde merodeamos por los márgenes del Tamesis junto a Marina, una amiga de mi hermana Manoli. La zona estaba tomada igualmente por miles de turistas. Esperamos a Marina en un parque delicioso, pequeño, con un césped verdísimo, alto, desde el cual se erigían hasta el cielo unos árboles inmensos, algunos de troncos muy gruesos y retorcidos, describiendo un zigzagueo que semejaba el de una serpiente gigante. Comimos en un banco, mientras Martina perseguía a una ardilla, y trataba de hacer amistad con una niña que se resistía a sus encantos, o más bien se sentía apabullada por sus acometidas. Martina manifiesta un entusiasmo desmedido que intimida a las niñas con las que pretende entablar amistad.
Los parques de Londres, no voy a descubrir nada, son realmente impresionantes. Pero lo que fascina es ver cómo son tomados por los londinenses, entendiendo por tales todo el que habita la ciudad, que se echan sobre la hierba a la menor ocasión, es decir cuando un atisbo de sol asoma entres dos nubes. Es una gozada ver cómo los parques, en Londres, están al servicio de los ciudadanos, y no son como aparadores que pueden contemplar pero no tocar, como sucede en España. Por no hablar que no son en modo alguno comparables unos con otros.
Al final del día cenamos con Marina en una cadena de hamburguesas llamada GBK de la que mi hermana nos había dado excelentes referencias. Y debo decir que son las mejores hamburguesas que he probado en mi vida. ¿Por qué no hay ninguna en Barcelona, por dios?

jueves, agosto 05, 2010

Londres IV

En los almacenes Selfridge, en Oxford Street, me he quedado embelesado con el aparador muy ingenioso y singular. No sé a qué genio se le habrá ocurrido semejante escenografía, pero merece ser expuesta en un museo. En el MoMa haría sonrojar a más de uno con ínfulas de artista. A la izquierda de la imagen el objeto final, de una pieza, listo para ser utilizado u observado en todo su esplendor. A la derecha, el mismo objeto desmenuzado (atomizado) pieza a pieza. La moto era particularmente espectacular.




Con la caja de la izquierda fabrican la silla de la derecha.

El castillo de la derecha ha sido realizado con los libros de la izquierda.


A la derecha los ingredientes del pastel.


Las latas de la derecha comprimidas en un fardo a su izquierda.


Londres III

El resto de la tarde de hoy lo hemos dedicado a recorrer Oxford Street. Es decir, Pilar, cronómetro en mano, se ha dedicado a entrar en todas las tiendas que le ha sido posible. Martina, entretanto, se ha fijado atentamente y creo que, como buena discípula que es, pronto aventajará a su profesora. Aquí las tenéis.










miércoles, agosto 04, 2010

Londres II








Publico algunas fotos para que veais como transcurre el día en Londres. Cómo veis la meteorología no está siendo muy propicia. A decir verdad estamos padeciendo el tiempo habitual, tan pronto se intuye el sol tras las nubes espesas, y se abre un claro para que asome tímidamente, como, de súbito, arrecia un aguacero tremendo que nos obliga a guarecernos bajo los soportales del primer edificio que nos sale al paso. Las fotografías de Pilar pertrechada de chubasquero son buena prueba de ello. Cinco minutos antes de tomar esa imagen estábamos comiendo al aire libre, sobre el césped de un parque próximo al apartamento. El mismo en el que veis jugar a Martina. No bien habíamos engullido el último bocado (al menos nos ha permitido comer con más o menos tranquilidad) hemos tenido que sacar rápidamente los chubasqueros y emprender la huida en busca de cobijo. Finalmente hemos hallado una cafetería preciosa, en el interior de la cual hemos tomado te y un capuccino mientras la lluvia cesaba.
Antes, por la mañana, hemos realizado una breve, muy breve visita al British Museum, que se halla literalmente delante del apartamento que ocupamos. Al principio he conseguido atraer la atención de Martina sobre algunas piezas, para ello he echado mano de explicaciones que semejaban los cuentos que le narro para dormir. Martina se ha mostrado muy interesada por los animales disecados, a los que, sin embargo, ha reprochado que no cantaran, cuando se trataba de pájaros, y no graznaran cuando eran cuervos o cualquier otro pajarraco de los que había. No he sabido explicarle qué quería decir disecado, lo más que he acertado a balbucear es que dormían, lo cual no le ha acabado de convencer, pues tenían los ojos abiertos.
Sigo convencido de que tarde o temprano no echarán del país. Apunto han estado de hacerlo del British Museum, cuando a Martina se le ha caído de las manos una pieza, una figura de una rana, que unas ancianitas educadas, situadas en distintas salas tras un mostrador diminuto, permiten que los niños palpen y manoseen. Pues bien, Martina ha palpado, manoseado y arrojado al suelo. Ya digo yo que nos echan.
Bueno, aquí os dejo unas fotos. Esta noche más.



Londres

Bueno, ya estamos en Londres. Todo ha transcurrido según lo previsto. De lo que no estoy seguro es si regresaremos en la fecha prevista (el lunes que viene) o nos echaran antes, pues Martina tiene tendencia a crear problemas con la autoridad competente. Durante la facturación de maletas, ha reprendido a la joven que pretendía enganchar en su carrito la etiqueta necesaria para facturarlo. Y en los controles de seguridad, no bien la hemos bajado del carro, se ha abalanzado sobre la etiqueta y la ha arrancado y le ha plantado cara al picoleto de marras. Se conoce que la pegatina rompía la línea estética de su vehículo. Tampoco le ha faltado tiempo para decirle al chofer del taxi que nos ha recogido en el aeropuerto de Londres que ponga el volante de su coche en el lugar correcto, cosa con la que, la verdad, alguien les tendría que haber dicho hace tiempo a estos ingleses.
En fin, creo que es buen momento para poner por escrito que Pilar y yo hemos hecho, hasta ahora, todo lo que está en nuestra mano para hacer de Martina una niña educada y comedida. Empieza a ser evidente nuestro fracaso. Qué dios reparta suerte.
Esta noche más. Ahora nos vamos a desayunar.

lunes, septiembre 24, 2007

Fin de semana en Zaragoza


Con motivo del enlace de mi cuñada Maribel y de su ya marido Rubén, celebrado en Zaragoza, hemos pasado un inolvidable fin de semana en la capital aragonesa, cuidados a cuerpo de rey por unos anfitriones que se han desvelado en todo momento por hacernos sentir como en casa. Zaragoza es una ciudad que yo no había visitado antes, circunstancia ésta que se me ha antojado imperdonable al deambular en solitario (mientras Pilar y su hermana y, en suma, toda las mujeres que asistían a la boda, se sometían a toda suerte de tratamientos estéticos) por el dédalo de diminutas calles que tejen el casco antiguo, muy próximo al cual se alza la impresionante basílica del Pilar, a cuyas puertas la Plaza del Pilar, inacabable y vívida de una multitud que pasea en todas direcciones y que, según me cuenta Rubén durante un paseo en el que me revela los pormenores históricos de su ciudad, en el transcurso de las fiestas del Pilar se convierte en una muchedumbre imposible de cuantificar que colapsa las principales calles de acceso a la basílica.

Por supuesto, ha sido obligado realizar la ruta de tapas de rigor y probar por fin los huevos rotos con foie de los que tanto me había hablado Rubén, que, en efecto, han resultado deliciosos, al punto que he repetido plato durante los tres días en que nos hemos aventurado por el casco antiguo y, sin duda, los hubiera pedido otra vez de habernos quedado un cuarto día.
A continuación os muestro un breve documento gráfico de cuanto ha sucedido estos días, que, pese una meteorología caprichosa y empeñada en estropearnos a todos la jornada, (afortunadamente sin éxito) han resultado muy emotivos y, a mí en particular, me han deparado no pocas sorpresas, como el cura que ofició la ceremonia, que resultó ser un desternillante y excepcional monologuista cuya actuación me reconcilió, en cierta manera, con la iglesia y me hizo pensar que no todo está perdido en aquellos que deciden un día vestir sotana. Lejos del típico cura alucinado, iracundo y , como dice Sabina, malfollao que yo me he encontrado a menudo, el que casó a mis cuñados era de una heterodoxia festiva, chispeante, que tan pronto denominaba al novio con el cariñoso apelativo de empanao (no a Rubén sino a la figura paradigmática del novio ) como se refería al Golum de El Señor de los anillos cuando hablaba de las alianzas (¡mi aniiiillooooo!, llegó a decir el cura para mayor regocijo).



Instantánea tomada por mí desde el Puente de Piedra. La Basílica
del Pilar a la caída de la tarde.


Una bella y espectacular Maribel preparándose
en el hotel. Vaya dos hijas que parió Isabel.


La tuna de la facultad de derecho de Zaragoza, a la que
pertenece Rubén. La capa a los pies de los recién casados,
un ritual que realizan cada vez que se casa uno de sus miembros.








El entorno espectacular donde aguardamos la llegada de los novios,
acosando a los camareros que se paseaban con bandejas de un cóctel delicioso.




Maribel provocó el llanto, a moco tendido, de Rubén con un vídeo
inesperado. La emotividad manifestada por Rubén fue contagiosa.


Pilar y un capellán lascivo que se ofreció a aparecer en la foto.

Pilar, ataviada con lo primero que encontró
en el armario. Hermosa con cualquier cosa que
se ponga.El bulto sospechoso que asoma
bajo el vestido, es Martina, nuestra hija,
que últimamente se empeña en aparecer en todas
las fotos.


De nuevo Pilar, esta vez de trapillo, y Martina
que se empeña en acompañarla a todos lados.













sábado, enero 06, 2007

Cabalgata de Reyes en Gerona


Estas dos fotografías pertenecen al año pasaso, y muestran los momentos previos al inicio de la cabalgata.
Por tercer año consecutivo Pilar y yo hemos visitado Gerona para ver la cabalgata de los Reyes Magos que organiza la ciudad, con diferencia la mejor a la que yo he tenido la oportunidad de asistir, lo cual, vaya por delante, es garantía de bien poco, pues no he sido nunca muy aficionada a ellas, ni siquiera de niño me entusiasmó el rito de perseguir los vehículos de los que por lo general se compone la rua real. Gritar con los brazos en alto e increpar por su poco tino a quienes arrojaban caramelos, o devolvérselos con saña y voluntad de descalabrar no ha sido cosa que me haya divertido nunca. En todo caso la de Gerona posee una estética que me recuerda a las mejores películas de romanos vistas en la infancia: la indumentaria que visten, desde el primero hasta el último (en especial el séquito del rey Baltasar, tocados con espectaculares turbantes de color naranja), ha sido diseñada cuidando el menor detalle y con gusto exquisito y, a juzgar por la tela empleada, sin reparar en gastos. No hay en esta cabalgata el menor rastro de atronadores tractores con el distintivo del comercio patrocinador y sí hermosos caballos percherones, en cuyo lomo se posa la enorme capa que porta el erguido jinete que lo monta. El primer año, incluso, hubo varios individuos, debidamente disfrazados y pertrechados de arcos y flechas que cargaban a su espalda, que descendieron haciendo rapel desde lo alto de las antiguas murallas de la ciudad. Cabe destacar un circunstancia que ya advertí el año pasado y éste se ha vuelto a repetir: el servicio de limpieza municipal de la ciudad está compuesto en gran número de inmigrantes negros (de los siete que pude contar ninguno era blanco), ese día situados estratégicamente a la cola de la cabalgata, recogiendo las boñigas que dejan a su paso los caballos, y resultaba una escena curiosa contemplarlos a ellos, legítimamente negros, y un poco más adelante la extensa comitiva que seguía con jolgorio al rey Baltasar, todos ellos, incluido su majestad, blancos de ojos claros con el rostro embadurnado de un negro ilegítimo.
Antes de regresar a Mataró, Pilar y yo solemos concluir la jornada tomando un café con leche en alguna de las muchas cafeterías dispuestas junto al Oñar, desde cuyas ventanas, ya de anochecido, se pueden contemplar unas hermosas vistas del río en penumbra y algún pato rezagado dejando tras de sí, en el agua, el rastro zigzagueante y efímero de su paso.


lunes, diciembre 18, 2006

Madrid, Agustina y una freake en RENFE (y III)

Me giré y la vi avanzando por el pasillo desde el fondo del vagón, charlando con los viajeros que encontraba a su paso, quizá recriminándoles su conducta incívica, tal y como haría con un joven sentado en los asientos contiguos a los nuestros, a quien exhortó, con una mirada severa y un imperceptible movimiento de cabeza, a que retirara los pies de encima de la butaca. Lidia estaba delante de mí, a su lado, junto a la ventana, Pilar, y frente a ella, pegado a mi brazo izquierdo, Raúl, sentados los cuatro en el interior del tren, parado con las puertas abiertas en la estación del aeropuerto, en espera a que dieran las once de la noche para que partiera en dirección a la de Sants, donde esperábamos coger a tiempo el último que se dirigiese a Mataró, si es que a hora tan tardía todavía circulaba alguno, pormenor que yo tenía la esperanza me resolviera esa empleada de RENFE, en realidad con más aspecto de suscitar dudas que de disiparlas.
Madrid quedaba atrás y los huevos estrellados de Lucio ya sólo eran el recuerdo de una digestión incómoda, fatigosa y obstinada, síntomas a los que sin duda había contribuido los espaguetis a la carbonara, el solomillo y la tarta de chocolate en que consistía el menú que habíamos engullido los cuatro en el único restaurante en que encontramos mesa libre, cuando ya estábamos a punto de desistir y entrar en el Burger King más cercano, horas después de vagar por la Plaza Mayor y alrededores, cansados de asomarnos, como famélicos pedigüeños, a locales atestados de gente hambrienta como nosotros, en uno de los cuales habíamos guardado turno más de una hora para, finalmente, acabar marchándonos, aburridos de las dilaciones continuas que nos anunciaba la camarera cada vez que se paseaba frente a nosotros con la bandeja llena de tapas.
Horas antes del hallazgo improbable de ese oportuno restaurante, persuadidos por el frío, habíamos bajado del autobús turístico a mitad del itinerario previsto con idea de tomar un café con leche en el popular Café Gijón, cenáculo frecuentado durante años por escritores ilustres que pasaban el tiempo discutiendo de lo humano y lo divino en improvisadas tertulias, y en el que, para nuestra sorpresa, coincidimos con algún conocido de Mataró. También en la T4, poco antes de coger el vuelo de regreso a Barcelona, nos cruzamos con dos rostros populares, presentadores de Caiga quien caiga, uno de ellos Arturo Valls, que aparece asimismo en Cámara Café en el papel de un comercial un tanto elemental, mujeriego y desvergonzado, por completo distinto a él a juzgar por el rubor que le subió al rostro cuando les pedimos a ambos que se dejaran fotografiar junto a Lidia, Pilar y Raúl.
Cuando la revisora –nunca sabré en rigor si ese era su cometido– estuvo a mi lado le pregunté si sabía a qué hora salía el último tren de Sants con destino Mataró. Al tenerla cerca pude constatar que era de una fealdad imperdonable. Quiero decir que hay personas poco agraciadas o manifiestamente feas, o repugnantes sin más a las que sin embargo no se les puede responsabilizar de su aspecto porque son resultado genético de una mezcla desaconsejable e insensata que jamás hubo de producirse. Y hay otras que se obstinan en atentar contra sí mismas infringiendo las leyes más elementales de la estética y el buen gusto. ¿A cuento de qué aquella mujer con aspecto de hombre travestido había de lucir el pelo corto teñido de rubio platino, tan mal cortado que parecía que sobre la cabeza le había caído del cielo un pulpo albino? Bajo la camisa característica de RENFE los pechos sin sujetador se mecían como ubres danzarinas, pormenor este del que Raúl y yo no nos habíamos percatado, circunstancia que asombró en extremo a nuestras respectivas esposas, ¿no os habéis dado cuenta?, exclamaron ambas al unísono, como si la avidez sexual del hombre no tuviera límite y no atendiéramos a escrúpulo alguno con tal de saciar nuestra lascivia, como si no supieran ellas que antes de retozar con mujer semejante nos prestaríamos a ser sodomizados por un rinoceronte africano, en el supuesto de que no procedan todos de esa región, detalle este que desconozco y además no viene a cuento. Lo importante es dilucidar por qué no respondió a mi pregunta (¿A qué hora sale de Sants el último con dirección Mataró?) con un lacónico sí o no, en lugar de explicarnos que estaba hasta los huevos de ir tren arriba y tren abajo y de sorprender a parejas de jovencitos prodigándose desmesuradas muestras de amor, que disculpaban con la excusa de que llevaban tres meses sin verse. Yo llevo cuatro meses sin follar y me jodo, nos dijo ella que les respondía en ese caso. Y a continuación nos confió que estaba muy cansada y bajo los efectos de un resfriado incipiente y que no podría descansar cuando concluyera su jornada porque en casa le esperaba mucho trabajo, y además debía ver a su nieta, que parecía un ratoncito bajo las sábanas de la cuna o cama donde dormía. Esta última confidencia nos suscitó a los cuatro las mismas dudas, a saber: qué tipo de hombre había tenido estómago para yacer en la misma cama que esa mujer y cuánto dinero habría gastado en psicólogos para olvidarlo, y si la hija, tal y como sospechábamos, se llamaría Fanny y sería una madre soltera de las que mastica chicle con la boca abierta y se maquilla como si fuera daltónica, y calzaba unos zapatos de plataforma similares a los que llevaba el monstruo de la familia Adams. Quien tenga frío que se joda, que yo lo paso cada día y me aguanto, exclamó cuando al parecer alguien se quejó de que las puertas del tren permanecieran aún abiertas. A todo esto Pilar, reprimiendo apenas la risa, no hacía más que echarse las manos al rostro y manifestar su deseo de llegar cuanto antes a casa, y yo miraba a Raúl y Lidia y me encogía de hombros mientras les susurraba: sólo quería saber a qué hora sale el último tren. Sólo eso.

martes, diciembre 12, 2006

Madrid, Agustina y una freake de RENFE (II)

Las pelucas se podían adquirir en los puestos navideños instalados en el centro de la Plaza Mayor, donde, según me aclaró a la vuelta mi hermana, es tradición venderlas por estas fechas. Paseamos por la Gran Vía madrileña, donde no tardaría en sorprendernos una lluvia liviana que pronto se haría intensa. Aprovechando su proximidad, Lidia y Raúl entraron en El Corte Inglés a comprar un paraguas. No tardaron en aparecer con uno marca Vogue: barra y varillas interiores de aleación de titanio, tela impermeable muy tupida y extremadamente fina elaborada con el mismo material con el que fabrican los chalecos antibalas, mango curvo de piel curtida de tigre africano con diamantes incrustados y botón de apertura automático, cuadrado y sensible a la huella dactilar que, al pulsarlo, iniciaba la operación de despliegue con un sigilo asombroso gracias a su engranaje digital. En definitiva la envidia de los cuatrocientos chinos que de inmediato aparecieron vendiendo paraguas a dos euros.
Pronto nos dirigimos a Casa Lucio por el dédalo de calles que rodean la Plaza Mayor, en las cuales proliferan garitos en los que la muchedumbre se concentra en un palmo cuadrado de suelo a fin de dar cuenta de las tapas, deliciosas y variadas. El gran momento se aproximaba y yo no cabía en mí de excitación. Dos días sin probar bocado con idea de que pudiera comer cuantas más patatas y huevos fuera capaz de engullir estaban a punto de culminar con la visita al famoso Casa Lucio. El local guardaba una estética deliberadamente casposa o retro o en apariencia añosa, muy en consonancia a los que proliferan en Madrid, donde al parecer son menos propensos a las moderneces propias de Barcelona, y descuidan sin pudor la forma para concentrarse en el fondo: la comida, y a ser posible servida en abundancia.
En Lucio nos sentaron a una mesa cuadrada, ciertamente pequeña para dos parejas, y además muy próxima a las mesas contiguas, una costumbre que, por lo que pudimos constatar más adelante, es habitual en Madrid. A Lidia no le apetecía, de manera que el resto pedimos de primero, –faltaría más– los populares huevos estrellados Lucio. De segundo, Lidia y Raúl un churrasco inmenso para dos que sirven a medio hacer, Pilar cabrito asado, y yo, un entrecot, después de que me disuadieran de que sería excesivo, redundante y, sobretodo, desaconsejable para mi salud, pedir también huevos estrellados de segundo.
Sin embargo, mi decepción fue enorme cuando el camarero depositó en medio de la mesa una bandeja de patatas fritas con cuatro huevos estrellados encima. ¿Ahora traerá las otras dos que faltan, no?, pregunté, convencido de que tocábamos a bandeja por persona.
¿Qué dos?, me respondió alguien.
Pues las dos que faltan, añadí yo.
Pero si esta bandeja es para los tres, dijo Raúl. Ahora sólo tienes que servirte de ella en tu plato.
Lo miré perplejo.
Pero qué me estás contando, si esta bandeja me la como yo en un abrir y cerrar de ojos.
Pero como te vas a comer eso, si ahí hay cuatro huevos y un montón de patatas.
Nos ha jodío, pues claro que me los como. Será la primera vez.
Pero no seas ansia, no ves que después tienes el entrecot.
Pues renuncio al entrecot y de segundo pido otra de huevos para mí solo y punto en boca.
Pero que te vas a destrozar el hígado, alma mía.
Me da lo mismo. Es mi regalo de cumpleaños y son mis huevos fritos y yo quiero una bandeja para mi solo. Para mi solo.
¡¡Ansia!!, gritaron los tres al unísono no sin cierta saña.
Finalmente pedimos media bandeja más de huevos, y junto al delicioso entrecot que me zampé, el camino de regreso al hotel en lugar de andando lo hice rodando.
Al día siguiente tuvimos la más acertada ocurrencia que imaginarse quepa: desembolsar catorce euros por cabeza para pasear por las ilustres calles de Madrid en un autobús turístico, sin techo, en el día más frío del año. Había que vernos a los cuatro, ateridos, en lo alto del vehículo. Qué feliz idea. Lidia, cuya propensión al frío es de todos conocida (viste pijama de felpa en agosto), se había esfumado, escurrida dentro de su abrigo negro, modelo sarcófago, del interior del cual, donde debía estar su cabeza y su sonrisa luminosa, apenas asomaban un par de cabellos rubios. A Raúl, de tan encogido como iba, le había desparecido el cuello, y en consecuencia la mandíbula parecía soldada a los hombros, y de los dos orificios de su nariz colgaban sendas estalactitas. En lo que a mí respecta, las orejas (esas dos protuberancias aladas que destacan a ambos lados de mi cara) se me habían resquebrajado y desmenuzado en polvo sobre los hombros, como si de caspa se tratase. De los cuatro, Pilar era la que aparentaba mayor entereza ante ese súbito frío polar, debido a que en tales ocasiones prescinde, la muy ladina, de la fragilidad de porcelana de Carrie Bradshaw y recurre a la fortaleza campesina de Agustina la de la Esquina, más curtida en los estropicios que provoca la intemperie. Para colmo de males la narración que escuchábamos a través de los auriculares que nos habían proporcionado no sonaba sincronizada con la velocidad a la que circulaba el vehículo, de tal manera que cuando la voz anunciaba que pasábamos delante de un histórico edificio del sigo XVIII, con puertas de caoba importadas de Brasil con remaches en oro de Bulgaria, en realidad lo hacíamos frente al bar whiskería Encarni ciezoescocío, lo que, sin ánimo de menospreciar los servicios que la tal Encarni pueda ofrecer a su ilustre clientela, convendrán conmigo resta glamour a un viajecito en bus ya de por sí falto de encanto.

sábado, diciembre 09, 2006

Madrid, Agustina y una freake en RENFE (I)

Circula entre mis amigos la leyenda de que soy una persona con especial predisposición a congeniar con los freake más insospechados que imaginarse quepa. Pese a que semejante teoría me parece infundada (responde a esporádicos cruces que he tenido con individuos variopintos, nada que no le pueda suceder a cualquier otro en circunstancias similares) el viaje de regreso de Madrid nos deparó una situación hilarante y disparatada a partes iguales con la madre de todas las freake, a la postre una revisora o vigilante de RENFE (en realidad no sé cual será su cometido en la muy desprestigiada RENFE, quizá la de entretener a los viajeros, tal y como tuvo a bien hacer con nosotros cuatro. Espero en todo caso que no sea la de conducir el convoy. Qué Dios nos acoja en su seno de ser así). Tras la escena (de la que daré cuenta en la siguiente entrada) no pude por menos de pensar que tal vez algo de cierto esconden las afirmaciones de las que me acusan mis amigos.
El viaje a Madrid era una sorpresa que Pilar, con premeditación y alevosía y la participación desleal y silente de mis amigos Raúl y Lidia, había preparado meticulosamente como regalo de cumpleaños. El fin último era cenar en Casa Lucio, donde presumen de servir los mejores huevos y patatas fritas del mundo, o de buena parte de él. Para quien lo desconozca, es bueno aclarar que una montaña de patatas fritas coronada con dos huevos fritos cuya yema se deshaga por entre los intersticios que hay entre una patata y otra es mi comida preferida, y, a mi entender, el mejor y más delicioso plato que existe.
Durante el vuelo a la capital de España no sucedió nada de especial relevancia, acaso la confesión de Pilar, mi santa esposa, que en animada charla, evocando los textos publicados en el blog sobre nuestros días en Nueva York, me confesó no sólo que era cierto lo que había yo afirmado en una de las crónicas neoyorquinas respecto a que en ella latían dos mujeres por completo distintas, sino que además afirmó que había tenido a bien poner nombre a cada una de ellas: a la sofisticada y devoradora de cuanto artículo de última moda apareciera en el mercado, había decidido denominarla Carrie Bradshaw (la admirada protagonista de Sex and the City), y a la provinciana con ademanes de camionera exaltada con tendencia al exabrupto, la había bautizado como Agustina la de la esquina, al parecer un personaje popular del barrio de Cirera, donde Pilar, como sabéis, creció. A este último mote se le ha de sumar la enfermedad o mal o defecto que un día, en un rapto de sinceridad, me confesó padecía, conocido en medicina como El mal del tordo (cara delgada y culo gordo), a lo que yo, en correspondencia a su franqueza, decidí regalarle una confidencia largamente callada: también yo sufría una dolencia similar, conocida como El mal de las gallinas (mejilla delgada y piernas finas), con lo que nuestros destinos acabaron unidos por el azar y una patología avícola que hasta el momento no nos ha deparado más que dicha.
Aterrizamos en la recientemente inaugurada T4, una terminal inmensa y suntuosa dotada con la tecnología más avanzada, cuyos techos altos con elegantes listados de madera, contemplaba Raúl admirado mientras se quejaba de que el edificio en cuestión lo habían construido gracias sus impuestos. En Madrid nos aguardaba un tiempo más desapacible que el que dejamos en Barcelona. Mucho frío y viento y amenaza de lluvia que acabaría por confirmarse. Nos alojamos en el Hotel Mario, de la cadena Romm Mate, situado en el centro de la ciudad, al lado del Teatro Real, a pocos pasos de la Puerta del Sol. Se trata de un lugar agradable, muy limpio y de aspecto cuidado, un tanto sofisticado (los pasillos se iluminaban por sí solos a nuestro paso, el número de cada habitación escrito en negro, en vertical, a todo lo largo de la puerta color blanco inmaculado), decoración alternativa, inspirada en el estilo Ikea, habitaciones espaciosas, baño impecable con plato de ducha, televisor de pantalla plana. Apenas un cuarto de hora después, en espera de que llegara la hora de la cena en Casa Lucio, a las diez de la noche, caminábamos los cuatro por las calles de un Madrid atestado de gente, muchos de los cuales lucían pelucas de múltiples colores.

miércoles, noviembre 16, 2005

Pilar y yo de vacaciones ( I )







Y allí estaba Pilar, enjabonada de cintura para arriba bajo la ducha en una playa de Castro Urdiales, con los senos enormes al descubierto y un escándalo de pupilas cintilando en torno a ella. Si tuviera que precisar cuál fue el momento exacto en que decidí que algún día escribiría sobre aquello, diría sin duda que fue en ese preciso momento, mientras acontecía, cuando, tumbado a la orilla del mar sobre una toalla, advertí cómo de repente las personas a mi alrededor giraban al unísono sus cabezas y fijaban la mirada a mi espalda, donde pude contemplar la escena y concluir que, después de todo, el viaje había merecido la pena.
Soy una persona sedentaria hasta el aburrimiento, nada proclive a los viajes o traslados, no ya sólo los que surgen de forma espontánea para satisfacer el capricho de última hora de tu pareja o algún conocido inoportuno, sino asimismo los que son planeados largo tiempo, con meses de antelación en los que se suele anticipar y estudiar con exasperante minuciosidad qué rutas seguir o en qué lugares será preciso detenerse a descansar. Mi mujer, Pilar, es, sin embargo, lo más opuesto a mi forma de ser que imaginarse quepa. Se pasa la vida proyectando viajes, ya sea a lugares inhóspitos e inaccesibles o bien a ciudades históricas provistas de suntuosas catedrales e innumerables museos cuyo contenido artístico apenas acierta uno a comprender tras pasar frente a ellos largas horas en actitud contemplativa.
El 26 de diciembre, después de un año de casados, Pilar me sugirió que era momento de empezar a decidir dónde iríamos de vacaciones en verano. Yo le respondí que no había necesidad de precipitarse. Ella añadió que era preciso espabilarse para no quedarnos sin alojamiento por haberlo dejado para el último momento. A partir de entonces, Pilar se preocupó cada mes de recordarme el asunto con una infatigable insistencia, y yo, a su vez, fui demorando la decisi

Pilar y yo de vacaciones ( II )

En recepción nos atendió una mujer que apareció por una puerta situada detrás del mostrador. Debía de rondar los cincuenta años, iba ataviada, para nuestro asombro, con un camisón de raso salpicado de lamparones y un chal echado sobre los hombros, tenía el pelo apelmazado y muy graso y teñido de rubio platino. Nos recibió sin demasiada efusividad, con un mohín severo por toda expresión, como si la hubiéramos interrumpido en medio de sabe Dios qué actividad y eso la hubiera disgustado. Antes de desaparecer en silencio por donde había entrado, nos entregó la llave y masculló el número de la habitación, la 412. Subimos en el ascensor, en el interior del cual la pintura estaba desportillada cuando no rayada con leyendas tales como Aquí estuvo Kojac con su gran polla y alguna que otra ocurrencia jocosa que había de amenizarnos los trayectos en el ascensor durante los dos interminables días que estuvimos hospedados en la fonda.
Podría hallar en el diccionario de sinónimos varios adjetivos que describirían con exactitud el aspecto de la habitación, sin embargo voy a rescatar el primero que pronuncié en cuanto la vi y que, además, puede extenderse al resto del inmueble: mierda. La habitación era una mierda, una mierda enorme y maloliente, una mierda como la más grande de las mierdas que imaginarse quepa. Constaba de una cama destartalada que enseguida imaginé plagada de chinches. A su lado, un gran ventanal con la persiana a medio bajar y un balcón diminuto y descuidado que daba a un patio de luces lóbrego. Carecía de baño. De necesitarlo habría que recurrir al que había comunitario en el pasillo.
Miré a Pilar. Enojado. Muy enojado. «Pero hija mía», le dije, «¿quién te ha aconsejado este antro, un proxeneta?». «Lo busqué en Internet», respondió. Esa noche, aun siendo verano, a fin de evitar el contacto con las sábanas, dormimos los dos completamente vestidos, lo cual no impidió que yo sintiera picores imaginarios por todo el cuerpo. Antes de acostarnos, al intentar bajar por completo la persiana para que no nos molestara la claridad del crepúsculo, me llevé la sorpresa de que ya estaba bajada pero le faltaba el resto láminas. El primer día en Santander no auguraba nada bueno.
Al amanecer, tras horas de duermevela en las que consideré la posibilidad de salir en huída de allí, le sugerí a Pilar que lo más apropiado era pasar el menor tiempo posible en aquel antro insalubre. Lo mejor, propuse, sería dejar la habitación temprano y regresar de anochecido después de visitar cuantos más pueblos mejor, caminar sin descanso y de ese modo derrumbarse agotado al final del día en aquella cama infecta. Acordamos ir primero a Castro Urdiales y luego, tras un baño relajante en sus playas para eliminar del cuerpo la sensación a suciedad que la cama nos había dejado, visitar Santillana del Mar. (Continuará)

Pilar y yo de vacaciones (y III )

Por aquel entonces yo daba por hecho que los hábitos y costumbres de Cataluña, mi comunidad, eran, a grandes rasgos, semejantes al resto de España, de modo que no pude por menos de sorprenderme cuando, al poco de extender cuidadosamente la toalla sobre la arena de la playa y amontonar bajo ella una diminuta colina de arena a la manera de una almohada, alcé la cabeza para echar un vistazo en derredor y descubrí con desazón que no había ni una solo mujer en top-less.
«Qué esperabas, esto no es Cataluña», exclamó Pilar cuando se lo hice notar. No voy a negar mi desilusión. Para quien no tiene por costumbre frecuentar la playa si no es por exigencias de tu pareja, el top-less resulta un aliciente añadido que alivia los rigores del sol. Afortunadamente, ese día tenía más ganas que nunca de bañarme para eliminar de la piel el recuerdo desagradable de la cama. Tras un chapuzón fugaz en el agua helada, cogí la botella de champú y me demoré largo tiempo bajo la ducha. De regreso sobre la toalla, fue Pilar la que se dirigió a las duchas, situadas a unos veinte o treinta metros de nosotros, muy próximas al paseo marítimo del pueblo, que discurría por encima del nivel de la arena, separado de la misma por un muro de un par de metros de alto donde los ociosos se sentaban con los pies colgando a contemplar el mar o a los bañista, y algún anciano ojeaba la prensa cuando no miraba de soslayo a las mozas echadas al sol.
Y entonces sucedió. La gente a mi alrededor miró con expresión de escándalo hacia las duchas. Yo hice lo propio, y allí estaba Pilar, con medio cuerpo cubierto de espuma y los pechos relucientes meciéndose bajo el cielo diáfano. Se había desprendido de los tirantes y se los había enrollado a la cintura, de tal forma que apoyados en las caderas parecían las asas invertidas de una bolsa de plástico. Se esparcía la espuma con lentitud, morosamente, como si estuviera a solas en el baño de casa. Desde el paseo marítimo los transeúntes se paraban a contemplarla, había quien la señalaba sin disimulo y los niños, apoyando el mentón en el pretil, fijaban por siempre su primer estímulo erótico. Cuando salí del embeleso me apresuré hacia Pilar, tan inmersa en el disfrute que no advirtió mi presencia hasta que la llamé. «Pilar, tápate, te está mirando todo el mundo», le apremié. «¿Qué dices?», preguntó. «Que te tapes, te miran todos». «Pues que miren oye, que se alegren la vista». «Pero Pilar…», añadí, «es que me parece que aquí no es costumbre y…». «¡Hay niño, me quieres dejar en paz! Pues que se acostumbren y ya está», exclamó. Regresé cabizbajo a la toalla. Me tumbé boca a bajo, apoyé el mentón sobre el dorso de las manos entrelazadas y, ¡qué diablos!, me entregue a la contemplación de mi mujercita. Allí estaba, con tal expresión de satisfacción en su cara que se diría se duchaba por vez primera. Pensé en el taller que iniciábamos al día siguiente en la Menéndez Pelayo, recordé la fonda y su calamitosa habitación y su cama insalubre, y observé de nuevo a Pilar, y me dije, satisfecho, que por mal que fuera el viaje esa sola escena lo justificaba con creces.