Las pelucas se podían adquirir en los puestos navideños instalados en el centro de la Plaza Mayor, donde, según me aclaró a la vuelta mi hermana, es tradición venderlas por estas fechas. Paseamos por la Gran Vía madrileña, donde no tardaría en sorprendernos una lluvia liviana que pronto se haría intensa. Aprovechando su proximidad, Lidia y Raúl entraron en El Corte Inglés a comprar un paraguas. No tardaron en aparecer con uno marca
Vogue: barra y varillas interiores de aleación de titanio, tela impermeable muy tupida y extremadamente fina elaborada con el mismo material con el que fabrican los chalecos antibalas, mango curvo de piel curtida de tigre africano con diamantes incrustados y botón de apertura automático, cuadrado y sensible a la huella dactilar que, al pulsarlo, iniciaba la operación de despliegue con un sigilo asombroso gracias a su engranaje digital. En definitiva la envidia de los cuatrocientos chinos que de inmediato aparecieron vendiendo paraguas a dos euros.
Pronto nos dirigimos a Casa Lucio por el dédalo de calles que rodean la Plaza Mayor, en las cuales proliferan garitos en los que la muchedumbre se concentra en un palmo cuadrado de suelo a fin de dar cuenta de las tapas, deliciosas y variadas. El gran momento se aproximaba y yo no cabía en mí de excitación. Dos días sin probar bocado con idea de que pudiera comer cuantas más patatas y huevos fuera capaz de engullir estaban a punto de culminar con la visita al famoso Casa Lucio. El local guardaba una estética deliberadamente casposa o retro o en apariencia añosa, muy en consonancia a los que proliferan en Madrid, donde al parecer son menos propensos a las moderneces propias de Barcelona, y descuidan sin pudor la forma para concentrarse en el fondo: la comida, y a ser posible servida en abundancia.
En Lucio nos sentaron a una mesa cuadrada, ciertamente pequeña para dos parejas, y además muy próxima a las mesas contiguas, una costumbre que, por lo que pudimos constatar más adelante, es habitual en Madrid. A Lidia no le apetecía, de manera que el resto pedimos de primero, –faltaría más– los populares huevos estrellados Lucio. De segundo, Lidia y Raúl un churrasco inmenso para dos que sirven a medio hacer, Pilar cabrito asado, y yo, un entrecot, después de que me disuadieran de que sería excesivo, redundante y, sobretodo, desaconsejable para mi salud, pedir también huevos estrellados de segundo.
Sin embargo, mi decepción fue enorme cuando el camarero depositó en medio de la mesa una bandeja de patatas fritas con cuatro huevos estrellados encima. ¿Ahora traerá las otras dos que faltan, no?, pregunté, convencido de que tocábamos a bandeja por persona.
¿Qué dos?, me respondió alguien.
Pues las dos que faltan, añadí yo.
Pero si esta bandeja es para los tres, dijo Raúl. Ahora sólo tienes que servirte de ella en tu plato.
Lo miré perplejo.
Pero qué me estás contando, si esta bandeja me la como yo en un abrir y cerrar de ojos.
Pero como te vas a comer eso, si ahí hay cuatro huevos y un montón de patatas.
Nos ha jodío, pues claro que me los como. Será la primera vez.
Pero no seas ansia, no ves que después tienes el entrecot.
Pues renuncio al entrecot y de segundo pido otra de huevos para mí solo y punto en boca.
Pero que te vas a destrozar el hígado, alma mía.
Me da lo mismo. Es mi regalo de cumpleaños y son mis huevos fritos y yo quiero una bandeja para mi solo. Para mi solo.
¡¡Ansia!!, gritaron los tres al unísono no sin cierta saña.
Finalmente pedimos media bandeja más de huevos, y junto al delicioso entrecot que me zampé, el camino de regreso al hotel en lugar de andando lo hice rodando.
Al día siguiente tuvimos la más acertada ocurrencia que imaginarse quepa: desembolsar catorce euros por cabeza para pasear por las ilustres calles de Madrid en un autobús turístico, sin techo, en el día más frío del año. Había que vernos a los cuatro, ateridos, en lo alto del vehículo. Qué feliz idea. Lidia, cuya propensión al frío es de todos conocida (viste pijama de felpa en agosto), se había esfumado, escurrida dentro de su abrigo negro, modelo
sarcófago, del interior del cual, donde debía estar su cabeza y su sonrisa luminosa, apenas asomaban un par de cabellos rubios. A Raúl, de tan encogido como iba, le había desparecido el cuello, y en consecuencia la mandíbula parecía soldada a los hombros, y de los dos orificios de su nariz colgaban sendas estalactitas. En lo que a mí respecta, las orejas (esas dos protuberancias aladas que destacan a ambos lados de mi cara) se me habían resquebrajado y desmenuzado en polvo sobre los hombros, como si de caspa se tratase. De los cuatro, Pilar era la que aparentaba mayor entereza ante ese súbito frío polar, debido a que en tales ocasiones prescinde, la muy ladina, de la fragilidad de porcelana de
Carrie Bradshaw y recurre a la fortaleza campesina de
Agustina la de la Esquina, más curtida en los estropicios que provoca la intemperie. Para colmo de males la narración que escuchábamos a través de los auriculares que nos habían proporcionado no sonaba sincronizada con la velocidad a la que circulaba el vehículo, de tal manera que cuando la voz anunciaba que pasábamos delante de un histórico edificio del sigo XVIII, con puertas de caoba importadas de Brasil con remaches en oro de Bulgaria, en realidad lo hacíamos frente al bar whiskería
Encarni ciezoescocío, lo que, sin ánimo de menospreciar los servicios que la tal Encarni pueda ofrecer a su ilustre clientela, convendrán conmigo resta glamour a un viajecito en bus ya de por sí falto de encanto.