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domingo, octubre 07, 2012

Diario

En una entrada de sus Diarios, Iñaki Uriarte reflexiona sobre El Quijote y sobre la estupidez de realizar una lectura excesivamente trascendente para una obra que, en su opinión, fue concebida como un puro divertimento, como una historia de humor disparatada. Más adelante expresa una opinión parecida respecto a Shakespeare. Lo que viene a decir, en suma, es que la sesuda crítica académica se ha empeñado -se empeña- en sobredimensionar las obras literarias, procurándoles múltiples lecturas, todas ellas mucho más complejas y peregrinas que la que en realidad pensó el propio autor. Estoy de acuerdo. Y en cierta forma es lógico que obren así. Todos los trabajos críticos que va acumulando una obra son una forma de asegurar su permanencia, su intemporalidad, y si la obra persiste en el tiempo y se hace imperecedera también lo hará la profesión de crítico. Y así debe de ser. No cabe duda de que la critica literaria es necesaria, siempre y cuando se dediquen a enseñar a leer en lugar de realizar ejercicios de estilo mucho más crípticos que la obra que reseñan.


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De vez en cuando todavía me asalta un pálpito de mala conciencia por no haber llorado en presencia del cadáver de mi padre.


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Se aplaude la mayoría silenciosa en detrimento de quienes se manifiestan, es decir, la ruidosa, la que reclama sus derechos con estridencias innecesarias. Podían haber dicho lo mismo cuando estaban en la oposición y promovieron todo tipo de movilizaciones contra el Gobierno de Zapatero, todas ellas, en mi opinión, moralmente mucho menos legítimas que las que hoy llenan las calles.







jueves, septiembre 27, 2012

Diario

Le asalta a uno la sensación de que esta desesperación colectiva acabará desencadenando un estallido social de consecuencias imprevisibles. Hace unos días un ex general retirado comentaba en una tertulia radiofónica que desde una perspectiva histórica estamos viviendo un estado pre bélico similar a los que precedieron a las guerras del siglo XX. Solo había que conocer un poco de Historia para llegar a esa conclusión, decía. 

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Presencia uno con esperanza a ese camarero que en Madrid se parapetó en la puerta de su local e impidió a la policía entrar en su bar en busca de algunos manifestantes que se habían refugiado huyendo de las porras y las bolas de goma, y aun así creo que depositar la confianza en el sentido común individual no es suficiente frente a la  reacción de una muchedumbre iracunda.




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Siempre me ha parecido detectar un matiz peyorativo en la fortísima vinculación que se atribuye a la familia mediterránea con respecto a la cacareada emancipación anglosajona. Se dice a menudo que mientras un joven de Inglaterra se emancipa en cuanto tiene oportunidad, uno mediterráneo demora indefinidamente la salida y además, cuando por fin se marcha, lo hace manteniendo una dependencia y vinculación familiar a prueba de toda distancia. No sé si la naturaleza de esa relación merece el desdén con el que se habla de ella, pero es bien cierto que ahora mismo, en estos momento de crisis descomunal, ese vínculo afectivo familiar, paradójicamente, es lo que está impidiendo que los millones de desempleados resistan y accedan a algún tipo de sustento y no acaben encabezando una revolución social.




La semana pasada empezó una nueva edición del Festival de cine de San Sebastián, lo cual me hace recordar, y así deseo que conste por escrito, que uno de los deseos que me gustaría cumplir antes de morirme sería pasar unos días en la ciudad coincidiendo con la celebración del festival, y ponerme hasta el culo de comer pinchitos y de ver películas. 



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Una de las profesiones que más envidio es la de crítico cinematográfico. No se me ocurre mejor forma de ganarse la vida que la de viajar por todo el mundo acudiendo a festivales con todos los gastos pagados. Cuando leo a un crítico quejarse de su trabajo me entran ganas de llevarlo a una cantera en medio del desierto del Gobi para que lo devoren las hormigas de arriba abajo hasta que solo queden los huesitos relamidos para echar al caldo.













lunes, septiembre 24, 2012

Diario

Debería dejar el deporte y ponerme a fumar y a beber como si el mundo se acabara mañana. He caído en la cuenta de que reúno el perfil del típico tío que fallece prematuramente a pesar de no haber cometido excesos.  Cuántas veces no habré formado yo parte del clásico rondo que se crea a la salida del sepelio y exclama: "¡Pobre, con lo que se cuidaba!"


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Mientras que escribir constituye una fuente permanente de desazón que tiene que ver con la imposibilidad de expresar con exactitud, mediante la escritura, lo que tienes en la cabeza, dibujar es una gozada sin fin, es entregarte a un juego ancestral que te remite a la infancia, y además es una disciplina en la que uno se siente tanto más seguro y más hábil cuanto más tiempo transcurre.



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 Lo bueno de dibujar es que puedes escuchar la radio mientras lo haces. Escucho Catalunya Radio, Julia Otero, programas de cine como La finestra indiscreta o La claqueta, o Carlos Herrera. Este último no sé en qué momento se radicalizó tanto. Seguramente habrá sido una circunstancia progresiva, un dejarse llevar por la ira que ha desembocado en resentimiento. Cuando empecé a escuchar su programa, hace bastantes años, ni de lejos dejaba entrever su tendencia política. Ahora casi produce vergüenza ajena el trato que dispensa a los políticos de izquierda en relación al compadreo que se trae con los de derecha. Supongo que algo tendrá que ver que fuera amenazado por ETA y el exilio forzado en Miami al que se vio obligado. Por alguna razón que desconozco se siente resentido con la izquierda y no con la derecha. Según he leído le mandaron un paquete bomba a la emisora y subió con él en el ascensor antes de descubrir que en efecto era un artefacto explosivo.


martes, septiembre 18, 2012

Diario


A veces imagino un mundo dominado por una turba de radicales religiosos y solo pienso en tener a mano una cápsula de cianuro.


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Yo no soy independentista, pero respeto y entiendo a los que lo son, siempre y cuando les asistan razones históricas y, por tanto, responda a un sentimiento legítimo e ineludible de desapego o falta de empatía hacia una sociedad a la que se percibe como ajena, como extraña. Creo, en cambio, que es moralmente reprobable apuntarse solo por causas económicas. No sé, parece que haya algo de mezquino y codicioso.


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Cada vez que paso por un parque y veo plantada la canasta de baloncesto en medio de la arena, me subo por las paredes. ¿Quién coño se va a poner a votar una pelota de baloncesto en un pedazo de terreno lleno de socavones, piedras y matojos? Colocar una canasta en semejantes condiciones denota una falta de respeto al ciudadano. Es síntoma de que el político de turno se ha limitado a cumplir el expediente sin preocuparse si lo ha cumplido correctamente. Coño, ya que haces el trabajo, hazlo bien, mamón.


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A las 16h pasan en Telecinco El hombre que susurraba a los caballos. Lo anuncio mientras tomamos el vermut, y todos me miran con desprecio y estupefacción. ¿Te gusta ese truño?, me preguntan. No sé qué pasa con esa película que no le gusta a nadie que conozco mientras yo no me canso de verla.

 



lunes, diciembre 12, 2011

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10

Mi naturaleza ermitaña se acentúa notablemente. Ahora estoy pensando en comprar una casa de madera e instalarla en el patio, y amueblarla con la mesa de dibujo y cuatro adminículos indispensables para poder estar tranquilo, entendiendo tranquilo como en la más absoluta soledad, que para mí es el estado ideal del hombre. Me preocupa la aversión que le estoy cogiendo a la humanidad, sobre todo teniendo en cuenta que somos más de seis mil millones, y por tanto cualquier posibilidad de alcanzar la soledad absoluta parece poco probable. Es decir, que, desafortunadamente, todo apunta a que no me quedará más remedio que compartir espacio con más gente.

El otro día llegué a casa y me arrojé sobre el sofá como el toxicómano se abalanza sobre la droga. Puse un cd de jazz, cogí un libro y con el comedor en penumbra me pareció estar en el mejor lugar posible sobre la faz de la Tierra. Me conformo con tan poco que a veces me pregunto si la falta de ambición y el conformismo no constituirá uno de los motivos por los que no he llegado a nada en la vida. Otras me digo que he llegado donde otros no hubieran llegado jamás en las mismas circunstancias que yo he vivido.

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He terminado de leer Verano, de Coetzze, uno de los autores más extrañamente eficaces que conozco. Digo extrañamente porque sin ser un escritor al que le guste realizar piruetas con el lenguaje, acaba creando adicción. Con Coetzze me pasa como con Paul Auster: poseen un estilo muy particular que acaba atrapándote. Los dos son, no obstantes, escritores muy distintos.
Como no tenía nada más a mano me he puesto a leer el último libro de Elvira Lindo, un regalo que le hice a Pilar para nuestro aniversario de boda. Se titula Lugares que no quiero compartir con nadie. No es ficción, sino de reflexiones en relación a Nueva York, ciudad en la que reside largas temporadas. En realidad su marido, Antonio Muñoz Molina, ya publicó algo parecido hace algunos años, Ventanas de Manhattan, uno de los libros que más he disfrutado y releído bajo el influjo del viaje que hicimos a Nueva York.

En las primeras páginas me sorprende descubrir que Elvira Lindo acude a un psiquiatra, pues se le ha diagnosticado ansiedad y una serie de patologías derivadas de ella. Digo que me sorprende porque Pilar y yo hemos hablado a menudo de que Elvira Lindo y Muñoz Molina constituyen el paradigma de pareja a la que nosotros nos gustaría parecernos: ambos viven holgadamente de escribir, y además lo hacen parte del año en nuestra ciudad preferida, Nueva York. Es decir, que a primera vista no deberían sino dar gracias por lo que tienen. Y no obstante, Elvira Lindo padece ansiedad. Sólo se me ocurre pensar que la padece porque teme perder lo que tiene.


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Veo en las noticias a Urdangarín, del cual aparecen imágenes de archivo, y no puede dejar de molestarme que, a pesar de que todo apunta a que ha metido la mano en la caja, el tío tiene aspecto de no haber roto nunca un plato, de ser una persona discreta incapaz de perpetrar todo aquello de lo que se le acusa.
Los prejuicios, idiota, son los prejuicios.

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Voy a correr por una zona donde siempre hay dos prostitutas apostadas en los márgenes de la Nacional (espero que nadie encuentre de mal gusto que haya escrito correr y prostitutas en la misma frase). Al principio solo había una. Recientemente se le sumó la otra, de facciones y cuerpo mucho menos agraciados que la primera. Paso cerca de ellas cuatro veces, dos de subida y dos de bajada, y la mayoría de ocasiones que ha coincidido que una se ha ausentado para desempeñar su trabajo en un descampado contiguo, ha sido la veterana. Entonces me da por pensar cómo es que la recién llegada no se da cuenta de que está en desventaja física respecto a su compañera, y que si pretende tener clientes debería alejarse lo más posible de ella.


martes, noviembre 22, 2011

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9

Ayer me vi en la obligación de decirle a un tipo que no podía serguir acudiendo en el estado de desaseo y falta de higiene con el que normalmente acude al centro. Vamos, que se lavara. Es la tercera vez que le he tenido que llamar la atención. El hedor es nauseabundo, putrefacto, inconcebible si no lo hueles por ti mismo. Valga decir que tiene que oler muy mal para que a alguien no le quede más remedio que llamarte al orden. Lo mejor es que, cuando se lo dije, levantó la cabeza y preguntó: ¿pero olor a qué?, como si no se hubiera dado cuenta de que en un radio de dos metros en torno a él las moscas caen fulminadas a su paso.


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Me pongo a pensar en los resultados de las elecciones. Podría pensar en muchas otras cosas más divertidas, pero las tertulias que escucho a diario están generando en mí un espíritu inconfeso de tertuliano frustrado, de tal manera que alivio esa frustración convocando tertulias en mi subconsciente, exponiendo argumentos y rebatiéndolos a continuación, no siempre de manera pacífica por culpa de uno de los tertulianos que invita mi subconsciente, que tiene el perfil beligerante y algo pendenciero de los que acuden a Intereconomía, y siempre acabo a hostias con él, citándolo en la calle para que acabemos nuestras rencillas como hombres.

Digo que venía pensando, y lo hacía en esos siete millones de personas que se han quedado en casa y han elegido no votar. Siete millones son muchas personas. Las suficientes para que el resultado de las elecciones hubiera sido otro bien distinto. O no.

El caso es que yo no he faltado nunca a la cita. Desde que tengo edad para hacerlo he votado en todas y cada una de las elecciones que se han convocado. Y antes tenía una opinión muy negativa de la gente que desperdiciaba la oportunidad de hacerlo. Ahora no. Me da lo mismo lo que haga cada cual, y hasta disculpo quienes se sienten engañados y decepcionados por la hueste de políticos que predomina en España.

Durante mucho tiempo se apeló a los cuarenta años de dictadura para hacer reaccionar a los que deciden no votar. Se les insistía que muchas personas habían dado su vida para que ellos gozaran de libertad para expresar el voto. Bien mirado, se trata de un chantaje emocional de primer orden. Es decir, no sé hasta qué punto estará justificado.


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De camino a la escuela de Martina, escucho en la radio algo que yo vengo diciendo desde hace tiempo: esta crisis será tan duradera que ha acabado con el gobierno de Zapatero y posiblemente acabará también con el de Rajoy.



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Hablaba yo el lunes con un compañero de clase sobre varios asuntos, cuando he dejado caer un comentario sobre los resultados de las elecciones, y lo he expresado adoptando un deje de cierto desdén, el que se espera que un hombre de izquierdas manifieste respecto a todo lo que tenga que ver con la derecha. Admito que lo expresé casi sin pensarlo y, en realidad, sin sentirlo, por la costumbre de hacerlo, como para adoptar una postura que se espera de uno por más que no siempre esté de acuerdo con ella.

El caso es que hice el comentario dando por hecho que mi interlocutor coincidía conmigo, pero detecté una expresión que me hizo sospechar lo contrario. Al día siguiente hablamos de nuevo, y alcanzamos un grado de confianza mayor, circunstancia que él aprovechó para soltar una opinión muy desfavorable y vehemente contra el gobierno de Zapatero.

Creo que la gran mayoría de veces no somos conscientes de cuánta gente no coincide con nuestra forma de ver el mundo. Sin apenas darnos cuenta, de forma no abrupta pero sí progresiva, nos vamos rodeando de gente afín a nosotros, de tal manera que uno acaba pensando que la inmensa mayoría coincide con nosotros en cualquiera de las facetas de la vida, cuando en verdad está lejos de ser así.


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Coincido en la cafetería con dos compañeras de clase. Una es búlgara y la otra mexicana. Ambas estudiantes de filología. Hablamos de la asignatura de Literatura, que yo cursé el año pasado y ellas este. Les pregunto por la bibliografía, y sale a colación Edgar Allan Poe, y ninguna de las dos parece conocerlo ni tener referencias previas. Me extraña y alarma a un tiempo. Son futuras filólogas a las que se les supone un conocimiento anticipado de algunos autores. Les digo que Poe fue quien inauguró la literatura de detectives, y añado que Borges amaba sus relatos. Me miran ambos con algo de desconcierto.

Ninguna de las dos sabe quién es Borges.

miércoles, noviembre 16, 2011

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9

Hoy toca examen de francés. Después de encerrarme el fin de semana con objeto de desentrañar los misterios inabarcables del tercer grupo de verbos franceses, esta mañana he decidido no asistir a las dos primeras clases y acudir a la biblioteca para estudiar tres horas seguidas. A ver si saco algo en claro y logro el objetivo que me marqué antes de empezar las clases: aprobar francés y griego, aunque sea con un cinco pelado.

En realidad tenía pensado saltarme solo la de griego, pero Normativa del Español se ha suspendido porque había una conferencia sobre el lenguaje jurídico.
El lenguaje jurídico.
Ahí es nada.
Apasionante.

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Después de hora y media estudiando, he ido a tomar un café con leche en la cafetería de la facultad. Mientras sorbía como el que sorbe un tazón de sopa, y un deplorable croaissant de chocolate se desmenuzaba en mis manos como el pellejo carcomido de una momia a la intemperie, he echado un vistazo a la prensa. De todas las imágenes que depara el periodo electoral, tal vez la que más detesto sea la del político que sostiene al bebé de turno. No sé por qué suerte de extraño y sonrojante impulso hay padres que ofrecen a su hijo para que sea tocado por un tipo que, al fin y al cabo, acabará siendo un corrupto, o un mentiroso y un truhán, o, en el mejor de los casos, un haragán con el que cualquier relación, siquiera casual o efímera, yo no haría pública.

Evidentemente, la culpa no es del político sino de esos padres descerebrados que arrojan su inadvertido retoño a los brazos de un desconocido, y dejan la mejilla del bebé a merced de los labios resecos de un tipo que ha estado declamando a viva voz durante un buen rato mientras en la comisura de los labios se le iba acumulando una saliva que se solidificaba y transformaba en una pasta blanca y repugnante.


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Cuando estaba a punto de regresar a la biblioteca para continuar estudiando, he reparado en una noticia que me ha llamado la atención y me ha hecho pensar en Truman Capote, y en su obra maestra, A sangre fría. Quien más quien menos sabrá que ese libro, que relata el asesinato de una familia entera a manos de unos delincuentes de poca monta, se gestó a partir del hallazgo que Capote hizo de la noticia en un suelto de The New York Times. El suceso que me ha traído a la memoria la historia me ha parecido igual de espeluznante: En Girona, un hombre que paseaba por un bosque ha descubierto dos cadáveres colgados por el cuello de un árbol. Un varón de unos cuarenta años y una joven de unos treinta. Por el estado de descomposición y la ropa de verano que vestían, sugiere el periodista que llevaban bastante tiempo muertos. Las primeras hipótesis, se aventura a sostener el periodista, apuntan al suicidio.

He pensado: he aquí una historia que merece ser escrita. La de los muertos, sí, pero también la de ese hombre que se da de bruces con ellos.


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Al final, el examen de francés me ha ido muy mal.

martes, noviembre 08, 2011

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8


El titular de El Periódico de Catalunya de ayer me llamó poderosamente la atención. En grandes letras, propias de una noticia de alcance nacional, cuando no mundial, daba cuenta del número de mascotas abandonadas que deambulan sin amo por Cataluña.


Así es. Mascotas. Animales. Bichos. Y digo yo, con la que está cayendo, ¿a quién coño le importa? Me pareció una frivolidad que destacaran en portada semejante circunstancia, como si la indigencia canina fuera comparable con una tragedia humana de gran magnitud. Ahora mismo, cualquiera que pasee por las calles de su ciudad se da cuenta de que hay más personas buscando en los contenedores que perros vagando en busca de un hueso que echarse al hocico. En Mataró, por ejemplo, yo ya conozco a algunos que a diario realizan en bicicleta la ruta de los contenedores y se introducen en ellos de cintura para arriba en busca de objetos que puedan tener algún valor.
Que a pocas horas de un importante debate entre Rajoy y Rubalcaba, con la dimisión de Papamdreu y la muy probable del fantoche Berlusconi, El Periódico haya decidido prestar atención a una probable crisis de naturaleza animal casi me lo tomaría como una ofensa si no fuera porque he decidido observarlo como un acto de desinencia o desafección periodística: Un medio de comunicación que está hasta la polla de que cada día el mundo esté al borde del abismo, y como nunca acaba de precipitarse a él, concentra su antención en una circunstancia de lo más irreverente.

domingo, noviembre 06, 2011

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7

Salgo de la biblioteca justo en el momento en que tres hombres conversan de meteorología en la puerta. Alcanzo a escuchar sus pronósticos agoreros según los cuales ya nada será lo mismo en lo que a las estaciones se refiere, y llegan a la conclusión de que este calor impropio de otoño constituye el principio de un cambio inexorable que nos conducirá a festejar la Navidad en verano, y a coger las vacaciones en invierto. Si tal cosa sucediera para mí constituiría una tragedia, no hay nada más deprimente que celebrar la Navidad en bañador.

Lo de oír conversaciones al vuelo puede deparar momentos de gran hilaridad. No he olvidado nunca una que le escuché en la playa a dos jóvenes. Departían sobre los placeres de una buena paja. En un momento dado a uno se le ensombreció el semblante y le dijo al otro si era consciente de la gran cantidad de descendencia que ambos habían malbaratado por el desagüe cada vez que se masturbaban.


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En el trabajo, voy al lavabo y en medio del pasillo me encuentro con un usuario musulmán rezando en el suelo. No lo interrumpo. Dejo que termine y que regrese a su ordenador y tome asiento. Me acerco y le digo, con toda la educación del mundo, que ese no es un lugar de culto y es mejor que la próxima vez se dirija a la mezquita más cercana o dónde él estime oportuno siempre y cuando no sea allí.

Al cabo del rato, otro que se pasa la tarde mirando videos en Youtube en los que por lo general aparece un imán, me saluda y señala hacia la pantalla y sonríe mientras dice coran, coran, y yo encojo los hombros como para darle a entender que en realidad me trae sin cuidado su religión en particular y todas en general. Lo cierto es que me gustaría decírselo explícitamente, pero me reprimo, y no sé si lo hago porque mi puesto me impide entrar en asuntos semejantes o porque siento temor a la reacción que les depare escuchar cómo alguien pone en tela de juicio la existencia de dios. Una vez se lo insinué a uno, aparentemente de mentalidad más abierta, muy joven y con el que tenía cierta confianza, y el semblante le demudó en el acto, me miró con expresión de perplejidad, echó una mirada rápida en torno a él y me dijo: ¿pero entonces de dónde ha salido todo esto? Es producto de la naturaleza, le vine a decir, y entonces realizó con la mano un gesto de desprecio, como si yo dijera bobadas. Desde entonces he eludido cualquier intento de hablar de religión.

La diferencia de mentalidad y de obrar es tanta entre sociedades laicas y seculares que a veces se hace difícil pensar que convergerán en algún punto en común a partir de los cuales convivir como una sola sociedad, como un solo grupo que se obstine en construir un espacio común. Mientras los jóvenes que pertenecen a sociedades laicas manifiestan una total indiferencia o desafección por la religión, los chavales en cuyos países la línea que separa religión y Estado es ténue o indeterminada o directamente inexistente, tienen una muy elevada consideración por el prócer religioso de turno, hasta el punto de seguir a pie juntillas sus recomendaciones, cuando no dogmas o imposiciones. Según lo veo yo, uno de los grandes problemas y retos actuales, una de las razones por las cuales el problema de la inmigración constituye en efecto un problema reside, creo, en casi la imposibilidad de integrar un pueblo de tradición religiosa en otro laico. O lo que viene a ser lo mismo: un pueblo con manifiestas carencias democráticas en otro que la tienen como principio primordial de convivencia.

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De entre todas las preguntas disparatadas o improvables que me han formulado en mi trabajo hoy destaco la siguiente: Arcadio, ¿sabes a qué hora venden el pescado los pescadores de Arenys de Mar?
Evidentemente no lo sé, aunque prometo informarme, estoy seguro de que habrá hordas de gente deseando poseer una información tan valiosa.


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Como todo persona de bien estoy muy contento de que el terrorismo se acabe. Y soy de los que piensa que jamás debemos olvidar lo que ha pasado. Jamás. Yo, personalmente, poseo algunos recuerdos indelebles de todos esos años: Miguel Ángel Blanco, Irene Villa y su madre, el matrimonio Becerril, asesinados ambos de un tiro en la nuca mientras paseaban con su hijo por el centro de Sevilla. Ahora bien, llevo días preguntándome por qué ahora es importante no olvidar, es necesario recordar a los muertos y las cincunstancia en que fueron asesinados, y cuando atañía a los ajusticiados por el franquismo era mejor olvidar, pasar página, obviar. ¿Acaso los asesinos no son todos iguales? ¿Tal vez los españoles caídos bajo el franquismo no merecen la misma consideración que los que asesinó ETA?

miércoles, septiembre 28, 2011

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6



Voy mirando en el tren qué libros lee la gente. Delante de mí hay un hombre que sostiene Lolita, de Nabokov, en la edición de bolsillo de Compactos Anagrama. He constatado a diario que hay personas que tienen muy poca consideración con esa rama amable del chafarderismo que practicamos algunos. Adoptan posiciones poco propicias para ello o sitúan el libro en horizontal de tal forma que resulta imposible saber el título y el autor. Me obligan a efectuar unos requiebros con el cuello que un día de estos me costará una luxación.


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He caído en la cuenta de que cuando se extienda el uso del libro electrónico y todo el mundo lo lleve mientras se desplaza en transporte público tocará a su fin este placer de escrutar la portada de los libros. En mi casa, maldita sea, ya ha entrado esa máquina infernal, y creo que lo ha hecho para quedarse. Pilar está entusiasmada con él y hasta juraría que lee más desde que se lo regalé. El bicho venía con una funda que lleva incorporada una pequeña lámpara retráctil, muy chula ella, con la que Pilar está encantada. Con la habitación del dormitorio en penumbra, cuando nos vamos a la cama y leemos un rato, Pilar extrae la lámpara como si fuera una espada láser, y mira de soslayo hacia mi libro rudimentario con el mismo deje de superioridad con el que un conductor de un Ferrari adelanta a un Seat Panda.


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He llegado sediento de correr y he bebido a gollete de una botella que había encima del mármol de la cocina. He notado un sabor raro. Ha resultado que era la botella en la que había sumergido Pilar las flores que compra todos los sábados. Tiene cojones la cosa.



domingo, septiembre 18, 2011

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5

Esta mañana he hecho todo lo contrario de lo que había planeado durante la semana. En lugar de ir a correr me he tomado el café con leche con dos tostadas con mermelada y mantequilla, y como no he acabado de reventar he rematado la faena con dos brioche con trocitos de chocolate incrustados. He estado a un pelo de entrar en coma. Eso sí: con sacarina.
Aunque estaba recién levantado -eran las ocho de la mañana- cuando he terminado me ha entrado morriña y de poco me pongo a dormir la siesta.

Qué fuerte, tron.

viernes, septiembre 16, 2011

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4



Mientras esperaba turno en Correos ha entrado una chica que lucía todo el cuerpo tatuado: pies, espalda, brazos, y uno en torno al cuello que le ascendía por la mejilla, como si la fuera a estrangular. Me he fijado cómo los empleados de Correos se la quedaban mirando y unos a otros se propinaban codazos para que a nadie le pasara inadvertido el espectáculo.

Lo de llevar tatuajes siempre me ha parecido una temeridad, por cuanto tiene de irreversible, sobre todo. Realizar un acto de esa índole, imperecedero, hasta arbitrario en cierta forma, me parece temerario porque no tiene en cuenta ni prevee los cambios y las transformaciones que el paso del tiempo opera en nosotros. Yo jamás incurriría en ese desatino, habida cuenta que lo que pienso hoy suelo contradecirlo con el discurso de mañana. Ya dije que tengo la pesonalidad de un Argamboy, y algo de cierto hay.

Mis tres hermanos llevaron tatuajes, claro que mis hermanos eran legionarios, de manera que los tatuajes eran de otra naturaleza: amor de madre, etcétera. No tan "cool" como lo son hoy día.


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Me he ido a hacer unas fotos de carnet al Fotoprix, las necesito para la universidad. He tomado asiento y mientras la chica manipulaba la máquina de fotografiar, me he fijado en un cartel enganchado a pocos centímetros de mi cara. Decía algo así: para las fotos de DNI y pasaporte es obligatorio que se vean las cejas. Curiosa y enrevesada forma de avisar que la cara ha de permanecer descubierta. Lo peor es que si han puesto el aviso es porque previamente a alguien se le habrá ocurrido hacerse fotos de DNI o pasaporte con la cara tapada. También es posible que las cejas constituyan un elemento fisonómico de primer orden del que yo no tenía constancia. Todo puede ser.



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Leo que el gobierno catalán pretende prohibir el burka y el niqab en la calle. Ya están tardando.


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Un tipo me ha pedido ayuda porque tenía problemas con la página de Facebook de, al parecer, un famoso Dj. Yo le he dicho que no lo conocía de nada, que era la primera vez que escuchaba su nombre. Él ha insistido con que era famoso en el mundo entero, y ha adoptado un dejo de superioridad ciertamente irritante, o a mí me lo ha parecido, pues de inmediato he pensado que sugería que yo era un carcamal al margen de cuanto sucede a mi alrededor. Lo primero que se me ha pasado por la cabeza es hacerle una glosa, allí mismo, de todas las cosas que yo conocía de las que él no había oído hablar, esa cosa tan frecuente en los hombre de ver quién la tiene más grande. Luego he pensado que quizá estaba en lo cierto, que en realidad lo poco o mucho que uno sabe no se calcula en función del conocimiento acumulado, sino en que ese conocimiento sea el mismo que acumula la mayoría, y si no existe esa coincidencia eres un marginado social.



miércoles, septiembre 14, 2011

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3


Hoy he comenzado la universidad, y he advertido con resignación teñida de pesar que soy el estudiante más viejo de las tres asignaturas que cursaré este primer cuatrimestre. Y además lo soy, creo, con diferencia. Es decir, que gano por goleada. El año pasado había bastante más tercera edad de lo que al parecer habrá el 2012. Ah, triste certidumbre la de constatar a diario cómo resulta cada vez más difícil encontrar individuos más viejos que yo en cualquiera de las empresas en las que me aventuro a participar. La gran tragedia de la que soy víctima es que mi cerebro no envejece al mismo ritmo que mi cuerpo. Lo peor, lo más desconcertante, es que me reconozco incapaz de señalar en qué momento de mi juventud mi conciencia decidió no ser cabeza de pelotón y se quedó rezagada mientras mi cuerpo ganaba un Tour tras otro.


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El primer día de clase constituye un puro trámite que consiste en realizar una pequeña introducción en relación a cómo transcurrirá la asignatura. Este año me han tocado las mismas aulas que el curso anterior, y como el día ha sido especialmente caluroso y el número de alumnos era considerable, el calor que hacía era insoportable, máxime teniendo en cuenta que el edificio histórico de la Facultad de Filología carece de aire acondicionado. La profesora de francés ha proferido bufidos durante toda la exposición, y al final ha comentado que pedirá cambiar de aula.
No puede evitar uno la sensación que a las Humanidades se las ha abandonado a su suerte.

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Ayer vi la última película de Alex de la Iglesia, Balada triste de trompeta, y así a bote pronto lo único que se me ocurre decir es que hacía mucho tiempo que no veía una película tan mala, tanto más mala cuanto más proclamas laudatorias ha recibido por una serie de críticos sobre los cuales uno no puede sino poner en duda su salud menta y su incompetencia profesional. Hay situaciones y secuencias y fragmentos del guión que producen vergüenza ajena, y, lo que es más grave, resulta en todo momento inverosímil. Como espectador me siento insultado en mi inteligencia por un director que cree que mostrando sangre en profusión y empleando, mal que bien, efectos especiales por ordenador, cree que dejará satisfecho al espectador medio.


domingo, septiembre 04, 2011

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2


Ayer por la noche estuve a punto de perder la poca dignidad que me queda. Pilar se estaba arreglando para salir a dar una vuelta. Yo la oía desde el comedor proferir quejas persistentes a propósito del pelo ingobernable que se le había quedado por irse a dormir con el cabello mojado. Al poco apareció en el comedor y me preguntó si yo sabía hacer trenzas. Normalmente no hubiera acudido a mí para semejantes menesteres, habría echado mano de su hermana Maribel, que vive en el piso de arriba, pero mi cuñada estaba asistiendo a una de las doscientas cincuenta bodas a las que acude al año. No entraré ahora en detalles al respecto porque no procede, pero sólo apuntaré que lo de mi cuñado y mi cuñada es para realizar un estudio serio. Quiero decir que si las estadísticas que esta misma semana han salido a la luz indican que el número de bodas se ha reducido notablemente a causa de la crisis, no entiendo cómo es posible que ellos asistan cada años a más. Estoy por pensar que son la clase de personas que no saben decir que no, y aceptan asistir a la boda del primero que se lo pide, aunque no lo conozcan de nada.

"Póngame un cortado con la leche natural, por favor". "Marchando. Por cierto, el yerno de un cuñado lejano se casa, ¿su mujer y usted quieren asistir al enlace?" "Pueeeees.... vale... cuente con nosotros".

Bueno, prosigo que me voy por los cerros de Úbeda. Evidentemente de entre todas las manualidades que he practicado en la vida, hacer trenzas no es una de ellas. Así que le dije a Pilar que ni sabía ni quería saber. Y entonces pasó lo que pasa siempre: que empezó a lamentarse, que no podía salir a la calle con el aspecto de Albert Einstein, que el saber no ocupa lugar, que hemos ser solidario cuando nos salen al paso dificultades como ésa, etcétera. En resumen, como soy un hombre que tiene la personalidad de un Argamboy, al final accedí a aprender a hacerle la trenza. Nos pusimos ambos frente al espejo del lavabo, y se presentó el primer inconveniente: mi mujer es ligeramente más alta que yo, y encima calzaba unos zapatos con un tacón que parecía la pértiga de Sergei Bubka, y por tanto a duras penas llegaba yo a su nuca. Entonces me sugirió que me subiera encima del pequeño retrete de Martina. Lo hice. Me indicó cómo debía hacer la trenza: coger tres matas de pelo más o menos del mismo grosor e ir cruzándolas alternativamente. Entonces alcé la vista y cuando me vi reflejado en el espejo con las tres matas de pelos en las manos, en lo alto del el váter rosa de mi hija, pensé que si aceptaba hacer eso lo próximo que me pediría sería pintarle las uñas de los pies y hacerle las ingles, de manera que dije que no, no y no, y salté del váter y me fui de allí a la carrera y me puse a buscar por casa tabaco de mascar y bicarbonato para echarme unos buenos eructos de camionero.

viernes, septiembre 02, 2011

Diario

A partir de hoy pretendo escribir un diario que recoja las opiniones o reflexiones que me suscite el día a día. Queda excluida, pues, toda tentación de incluir ficción en los textos que siguen, lo cual no es óbice para redactar con cierta voluntad de estilo. No sé, asimismo, con qué frecuencia publicaré, pero ya aviso que los acontecimientos que a diario ocupan mi vida son poco excitantes, de manera que es poco probable que me sienta empujado a escribir todos los días .



Diario

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Echo de menos leer durante muchas horas seguidas. Hace bastante tiempo que no lo hago. Lejos quedan aquellas tardes o sábados por la mañana durante los cuales podía leer de cinco a seis horas sin más interrupción que las visitas al lavabo y a la cocina. Me pregunto a menudo si volveré a hacerlo y la respuesta suele ser que no, y la culpa no es sólo que dedique tiempo a Martina, sino a las muchísimas series de televisión que me siento en la obligación de ver y a Internet.
Ahora mismo estoy leyedo Honrarás a tu padre, de Gay Talese, la historia y declive de los Bonnano, una de las familias mafiosas más importantes durante la hegemonía mafiosa de los 60 y 70. Según la faja que acompañaba al libro, inspiró la serie Los Soprano. Sea como fuera la verdad es que me está costanto avanzar, creo que no está a la altura del libro anterior de Talese, Retratos y encuentros, pero no estoy del todo seguro que sea tanto culpa del autor como del traductor. Algunas de las palabras que emplea, como riesgoso y otras, chirrían notablemente. Cuando leo un libro no sólo disfruto de lo que cuenta sino que ejerzo una cierta mirada inquisidora sobre la labor de autor. Si encuentro palabras o construcciones sintácticas que me rechinan me digo que yo jamás echaría mano de ellas, y soy de los que se desinteresa por un libro a la menor señal de incompetencia o dejadez en la escritura. Estoy cansado de decir que lo mínimo que se le puede pedir a un escritor es que sepa escribir. Francisco Umbral arrojaba a su piscina los libros que no le gustaban. Yo no tengo piscina, y, además, este libro me ha costado 24 euros. Espero que mejore, sin embargo, pues no he hecho más que comenzarlo.

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H
oy he ayudado a un intermediario de dios y no sé si he obrado correctamente o he traicionado mi condición de ateo. La cosa ha sido así: esta mañana no he tenido más remedio que ir a la Illa Diagonal. He llevado a mi cuñada a una reunión de trabajo a la que tenía que asistir en un hotel contiguo, y he aprovechado para pasear por ese centro comercial que, para Pilar y para mí, es la madre de todos los centros comerciales, por lo menos en lo que respecta a Barcelona y cercanías. Objetivamente la Illa no ofrece más de lo que ofrecen otros centros comerciales, incluso diría que es bastante más pequeño que Diagonal Mar y, por descontado, La Maquinista. La carencia de metros, sin embargo, lo compensa con una atmósfera de cierta exclusividad, como de espacio selecto al que solo puede acceder una determinada clase de gente. Creo que en el fondo eso es lo que nos gusta a Pilar y a mí, que siempre hemos querido ser ricos, pero no ricos normales, sino esa clase de ricos que se suenan los mocos con billetes de quinientos euros y jamás incurrirían en el mal gusto de ponerse dos veces los mismos calcetines, y dado que en los próximos meses no tenemos previsto alcanzar ese estatus debido a que estamos ocupados en otros asuntos de mayor urgencia, nos conformamos con impregnarnos de él paseando por la zona alta de Barcelona y por en centro comercial que frecuentan sus residentes.

El caso es que estaba en la FNAC de La Illa, mirando cd's, no en la zona propiamente de música sino en un espacio cerca de la entrada en la que hay dispuestos unos reproductores para escuhar música, cuando me han abordado dos monjas, y lo han hecho abruptamente, como si hubieran estado esperándome escondidas detrás de un stand para darme una sorpresa. Y la verdad es que sorpresa lo que se dice sorpresa me la han dado, el corazón se me ha encogido cuando esa cosa negra parecida a la muerte pero sin guadaña se ha avalanzado sobre mí, hasta el punto que he creído que estaba siendo víctima de una cámara oculta. Una era alta y joven, la otra era vieja y pequeñita, escuchimizada, plegada sobre sí misma, situada en todo momento a la espalda de la joven, que parecía sofocada por el calor y la prisa.

La monja joven me ha preguntado si ésa que tenía yo delante era toda la música que había. Lo ha hecho, como digo, abruptamente, sin una presentación previa, sin cuidar los prolegómenos, que tan importante son para que las relaciones discurran sin sobresaltos y con armonía. Me he echado para atrás, del susto, claro, y enseguida he advertido que Sor Abrupta y su escudera no se daban cuenta de lo fuera de lugar que resultaba su presencia o, más bien, lo inusitado de ella. Me la he mirado de arriba a abajo, su rostro, blanco y sudoroso, lucía recortado como una careta por el hábito que le rodeaba la cara. Lo primero que he pensado es que Sor Abrupta creía que yo era un empleado de la FNAC. Yo no trabajo aquí, le he dicho. Ya, pero te he visto aquí y por eso te pregunto, ha respondido. Es que estoy buscando música clásica italiana y no la encuentro, ha añadido. Le he indicado dónde podía encontrarla y las dos se han lanzado pasillo abajo y todas las personas que les salían al paso se las quedaban mirando, seguramente pensando, como yo, que era más probable ver a Maurinho y a Tito Vilanova dándose un beso con lengua que a dos monjas comprando cd's en la FNAC.

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De camino a La Illa Maribel y yo hemos tenido una conversación sobre la sesanción de desasosiego que uno experimenta cuando la vida te sonríe. Esa especie de amenaza que se cierne sobre las personas cuya vida transcurre sin sobresaltos. Una sensación que quizá sea tan intensa y persistente cuanto más desdichas acontezcan a tu alrededor, como si en verdad se tratara simplemente de una suerte de remordimiento por experimentar una felicidad ininterrumpida mientras otros no levantan cabeza. Más tarde he recordado haber leído algún texto o entrevista o artículo en el que señalaban, creo, que semejante pensamiento constituye una herencia de aquellos que han recibido una educación cristiana, o forman parte de esa tradición religiosa, es decir, la mayor parte de Occidente. La verdad es que no lo sé con seguridad, lo cual me ha llevado a reprocharme no haber cumplido uno de los propósitos que me marqué cuando acabé el curso universitario: leer la Biblia y algún ensayo sobre ella. Leerla con dos intenciones claras: como libro de ficción, y como instrumento indispensable para comprender y detectar muchas de las alusiones que constantemente se citan en los libros y en la vida cotidiana.