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sábado, enero 27, 2007

Fotos de Nueva York (2)



Pilar y yo en Central Park.




El Flatiron, uno de mis edificios preferidos.




El puente de Brooklyn, again.



Pilar comprando en Chinatown.

jueves, enero 04, 2007

Fotografías de Nueva York



Pilar en Central Park al más puro estilo Carrie Bradshaw


El puente de Brooklyn desde el barco

Imagen de esa maravillosa ciudad
tomada desde el puente de Brooklyn


Anochecía, Pilar en el puente de Brooklyn
y la ciudad abriendo sus ojos de luz.


Los dos en Central Park.












miércoles, diciembre 06, 2006

Gracias

Desde el primero al último que ha participado en este viaje, muchas gracias a todos. Pilar y yo estamos de nuevo en casa. La feliz idea de volver a encontrarnos con vosotros, los amigos y familiares, todos, descarta la posibilidad de que nos entristezca cualquier nostalgia de unos días que, por otro lado, no nos han deparado sino felicidad y momentos inolvidables, no sólo los que nos proporcionaba a diario la propia ciudad, sino el que vosotros, desde aquí, con los comentarios que escribíais regularmente, nos trasladabais. En muchas ocasiones, las crónicas fueron escritas precipitadamente, de tal forma que hubo infinidad de circunstancias que olvidé narrar, de manera que en los próximos días corregiré algunos errores, añadiré la Ñ allí donde los teclados norteamericanos no deberían haberla quitado nunca, pondré acentos donde sea necesario y demás faltas ortográficas que haya, que las hay y muchas. Asimismo, ahora que estoy en casa y puedo, colgaré en el blog las fotografías que a muchos prometí antes de partir, y que diversos motivos me impidieron llevar a efecto. Gracias y besos a todos.

lunes, diciembre 04, 2006

Noveno dia. Despedida

Nueva York es la exuberancia de un mestizaje tan necesario como inevitable. Nueva York es el aroma a comida de toda procedencia impregnando las esquinas de la ciudad. Nueva York es la estela desvaída de color amarillo que dejan los taxis tras de sí. Nueva York es el vapor que emerge de repente del interior de una alcantarilla cualquiera (¿qué o quién lo provoca? ¿qué clase de monstruo oculta al mundo en sus entrañas esta ciudad?). Nueva York es un indigente desarrapado que despide un insoportable hedor agrio, y que empuja, vacilante, un carro de supermercado lleno de objetos inútiles mientras masculla una letanía inacabable de fracasos. Nueva York es una joven latina, menuda e indispensable, que se expresa indistintamente en ingles o español al otro lado del mostrador de todos los comercios de esta ciudad. Nueva York es un lecho de hojas vencidas que yace a los pies de un árbol de Central Park. Nueva York es una acogedora cafetería en el Soho en la que suena de fondo Tracy Chapman. Nueva York es una afro americana de belleza ofensiva que se desplaza con zancada felina por las anchas aceras, ataviada con chaqueta entallada y falda ajustada y corta, al final de la cual asoman unas piernas fibrosas del color del bronce, calzada con zapatillas deportivas que sustituye al llegar a su lugar de trabajo por unos elegantes zapatos negros. Nueva York es el espíritu de Rosa Parks, la primera mujer de color que se negó a ceder su asiento a un blanco, encarnada en una anciana de aspecto adorable y mirada afectuosa y el cabello encanecido que se sienta frente a mí en el autobús, y al poco se levanta con fatiga de su butaca, y antes de apearse le dirige a un extranjero una sonrisa entrañable a la vez que musita un imperceptible good night. Nueva York soy yo, estupefacto, felizmente perplejo, rendido de admiracion. Pero Nueva York es, por encima de todo, Pilar (ella y sólo ella, ¡cuánto amor concentrado en un solo ser!), que rodea con sus brazos mi cuello, y acerca los labios a mi oído y me susurra este reproche dulce: Y tu no querías venir...

Arcadio Garcia, Apple Center, barrio del Soho,
Lunes 4 de diciembre de 2006

Crónicas de Nueva York. Octavo dia

Son las diez y media de la mañana hora de Nueva York. Comienzo a escribir esta crónica en la cafetería-restaurante Pastis, situada en la novena con la doce, en el barrio de Chelsea. Para quien no haya oído hablar de ella, aclarar que se trata de un local en el que a menudo desayunaban las protagonistas de Sex and the City mientras compartían en animada conversación las peripecias que protagonizaban en la serie. Las referencias a la serie, por otra parte inevitable, han sido constantes durante estos días. Pilar no dejaba de hallar lugares que de inmediato creía haber visto en algún episodio, cuando no visitábamos ex profeso un lugar emblemático en el que sabíamos habían rodado escenas, como la filmada delante del hotel Plaza, en la parte sur de Central Park, donde transcurre la secuencia favorita de Pilar y que es con la que concluye la segunda temporada.
El Pastis es un lugar delicioso, toldos rojos a la entrada, ventanales amplios de madera vieja barnizada, y mesas diminutas en las que apenas cabe el opíparo desayuno que Pilar y yo hemos pedido. Una joven camarera, menuda y de trato dulce y perpetua sonrisa, manifiesta admiración cuando le decimos que procedemos de Barcelona.
Anoche, finalmente, coronamos con éxito la cumbre del Empire State Building. Vale decir que para acceder a los ascensores que te trasladan a velocidad de vértigo a ella, tuvimos antes que atravesar intrincados e inacabables pasillos y vestíbulos que por un momento me hicieron pensar que nos obligarían a subir a pie los 85 pisos que la separan del suelo. Arriba nos aguardaba un frío terrible, insoportable, unas vistas despejadas de un Nueva York anochecido y bello, y un pavor a semejantes alturas que a punto estuvo de provocarme incesantes evacuaciones (por decirlo con cierta delicadeza) y un persistente y visible temblor de piernas. Después de todo, mi hermana Yolanda tenía razón cuando decía que tal vez, inconscientemente, el motivo de postergar indefinidamente este momento no había sido sino mi terror crónico a perecer a causa de un ataque súbito de vértigo. De un tiempo a esta parte, sobre todo en los últimos viajes que hemos realizado, he advertido que mi miedo a las alturas, lejos de disminuir, ha aumentado de manera alarmante.
Pilar se siente en el Pastis como pez en el agua. En esta esposa mía se debaten dos personalidades dispares y encontradas en lucha continua por vencer una a la otra. Está la mujer de gusto exquisito, obstinada en incrementar su fondo de armario haciendo acopio de vestuario sofisticado e inaccesible, y esta la ruda cirereña que se lanza de bruces contra el aparador de una exquisita y exclusiva joyería de la Quinta Avenida, y con el hocico pegado a él, me grita: ¡Tú has visto ese pedrolo! Y en medio de esa esquizofrenia, desconcertante y deliciosa a un tiempo, me encuentro yo, que las necesita a ambas por igual.
Cuando abandonemos el Pastis hemos previsto merodear por las calles de Chinatown, y acercarnos por enésima vez a un Apple Center (¡que hubiera hecho yo sin ellos!) a meditar la posibilidad de adquirir un IPod.
Los días en Nueva York llegan a su fin, y regresamos ambos con la certeza de haber compartidos los momentos más maravillosos que hemos vivido en pareja. Y además convencidos de que volveremos a poco que la ocasión nos sea propicia. El escritor Enrique Vila-Matas dice que la literatura es la única alternativa a las tiranías cotidianas. Se me ocurre pensar que también Nueva York puede ser el remedio. Quizá pensar en visitar algún día esta ciudad sea acaso una forma de mitigar la rutina a la que inevitablemente nos abocan los días. Lo único cierto, en definitiva, es que todavía no me he marchado y ya siento nostalgia anticipada. Pero volvemos a casa no con la triste melancolía de un tiempo acabado, sino con la feliz fortuna de haberlos vivido en toda plenitud. Nos marchamos extasiados, ahítos de sensaciones impagables. Esta es una ciudad fascinante e inabarcable, con una oferta cultural que se regenera continuamente y capaz de satisfacer los más variopintos y dispares sentidos estéticos. Dice Pilar que todos los viajes que emprendimos juntos con anterioridad no fueron más que un preámbulo a éste. Quizá sea cierto, quizá sea porque esta ciudad inmensa, esta ciudad maravillosa y viva y vital como ninguna otra de las que hasta ahora habíamos visitado, contiene todas las ciudades.

domingo, diciembre 03, 2006

Crónicas de Nueva York. Anexo al septimo dia

Ayer me precipité al anunciar que restaba una sola entrada para finalizar estas crónicas improvisadas de Nueva York. Cuando termine de escribir este breve anexo nos disponemos a culminar, de una vez por todas (en el supuesto de que la meteorología nos sea propicia y ningún otro contratiempo interfiera la empresa) el Empire State Bulding, y semejante acontecimiento, que a lo largo de toda la semana se ha ido posponiendo por diversos motivos, no puede pasar sin dar cuenta de ello en una entrada, siquiera corta.
Acabamos de rodear, casi en su totalidad, Central Park, en un largo y contemplativo paseo en el transcurso del cual nos hemos cruzado con toda clase de personas practicando footing, vale decir que algunos de forma dolorosa a juzgar por el estilo con que corrían, a los que parecía les faltaba algún hueso bajo la carne de los brazos que agitaban como si fuera plastilina, o mujeres al trote ataviadas con falda encima del chándal, u hombres corriendo mientras empujaban el cochecito con su hijo de pocos meses cómodamente sentado en él.
Para los que leyendo las crónicas hayáis experimentado una suerte de adicción a Nueva York que os produzca deseos irreprimibles de coger el primer avión que despegue hacia aquí, o formado en todo caso una imagen idílica de la ciudad, es de rigor recordar que también el turismo depara momentos dolorosos que se omite adrede en el testimonio, escrito u oral, que suscite cualquier viaje. Los dos primeros días, por ejemplo, a causa de las interminables caminatas que realizamos, me salieron dos grandes ampollas en sendos pies, y al final de la jornada el trayecto de regreso al apartamento resultaba ser un verdadero suplicio, me arrastraba literalmente por las aceras neoyorkinas, caminando (si es que a ese avanzar alicaído y doloroso más propio del sonambulismo podía denominarse caminar) como un jinete al que le han robado el caballo sin que lo haya advertido, o como un pobre desgraciado al que un negro amanerado de dos metros por dos lo ha sorprendido por sálvese la parte y le ha echado, como se suele decir, el aliento en la nuca. El dolor llegó a ser tan intenso e insoportable que una de las tardes, en el Village, me desplomé en la acera y Pilar y yo intercambiamos el calzado con idea de que el suyo (unas botas cuya altura alcanzaba por debajo de las rodillas) pudiera no provocarme tanto dolor como las mías. El remedio definitivo, no obstante, se lo debo a un crema que Pilar adquirió en un Body Shop que encontramos en el mismo Village, y que obró de forma eficaz e inmediata gracias, sobre todo, a que mi santa esposa, por la noche y la mañana, antes de emprender la marcha, me esparcía ese ungüento milagroso por los pies y los masajeaba pacientemente con la habilidad propia de una profesional.
Ha habido, asimismo, alguna torpeza de provinciano inexperto que en cualquier otra circunstancia hubiera sido motivo de rubor y mofa, pero que en el anonimato que nos proporcionó la penumbra de la Ópera pasó por completo desapercibida. Durante el primer acto, Pilar y yo nos admirábamos del alto nivel que demostraba el público neoyorkino, al reír o manifestar sorpresa o expresar alivio según transcurría la obra, pues nosotros no entendíamos palabra alguna de cuanto los protagonistas cantaban: que nivelazo tiene esta gente, como domina el italiano, nos susurrábamos al oído ambos, verdaderamente admirados y extrañado a un tiempo. Hasta que descubrimos, al comenzar el segundo acto, que frente a cada una de las butacas, en un pequeño monitor rectangular que confundimos con una especie de baranda en la que apoyarse, aparecía en inglés, con sólo pulsar un botón cuadrado de color rojo, todo el texto que recitaban en italiano los actores. A partir de entonces, Pilar me tradujo al oído el texto inglés, previamente vertido del italiano por ese aparato milagroso que había estado todo el rato delante de nuestros ojos sin conocer su verdadera utilidad. De regreso en Barcelona alguien me comentó que posiblemente, de haber continuado pulsando el dichoso botón rojo, también habría aparecido en la pantalla el texto al castellano. Nos hemos fijado el objetivo de constatar semejante pormenor en la próxima visita a la ciudad.

Crónicas de Nueva York. Septimo dia

Concluyo esta crónica navegando sobre las aguas del río Hudson, con Pilar dormitando a mi lado con la cabeza apoyada en la ventana del ferrie que nos conduce a la Estatua de la Libertad. Me temo que empezamos a mostrar síntomas de cansancio. En cualquier caso la de anoche fue una velada inolvidable. Cena deliciosa en el restaurante Rainbown Grill. Tras los cristales de los enormes ventanales que, sin solución de continuidad, rodean el edificio, una privilegiada vista área de Nueva York en penumbra, que yace a nuestros pies fragmentada en millones de diminutas lucecitas de entre las cuales se alzan, poderosos, el uno frente al otro en una rivalidad que se remonta a la época en que fuero erigidos, los edificios Chrisler y Empire State. Éste fue construidos dos años después que aquél, arrebatándole el privilegio de ser el edificio más alto del mundo.
Acudir a tiempo a la cena resultó, sin embargo, una empresa difícil por diversos contratiempos que no habíamos previsto. Como el colapso que paralizaba las calles a causa de un tráfico descomunal, y por la ingente muchedumbre que desbordaba las aceras, en el que a la postre resulto ser el primer día festivo de compras navideñas. A semejante contratiempo cabe añadir que nos demoramos más de lo aconsejable a la salida del Gugghemgeim, por entre los angostos caminos que cruzan Central Park. Presentaba los colores del más puro otoño, con las hojas de color ocre esparcidas en la base de los árboles, o en torno a la cima rocosa que corona los pequeños montículos que se alzan por todos lados. Resultó imposible no sentirse tentado a vagar por el parque sin atender a las exigencias del reloj. Surgió, además, otro imprevisto que me deparó un gran disgusto. En un centro Apple, cuando acababa de escribir la crónica del sexto día, justo en el momento que me disponía a publicarla en el blog, se interrumpió la conexión a Internet y perdí todo lo escrito.
En todo caso nada impidió que no gozáramos de una noche maravillosa que tuvo su momento culminante en el Lincoln Center. Un edificio magnífico, con alfombras rojas ascendiendo escaleras arriba, espectaculares lámparas situadas a pocos metros del suelo que instantes antes de empezar la obra se elevan automáticamente hasta alcanzar el techo, y un amplio vestíbulo frecuentado por la clase alta de la ciudad, que departía animadamente durante el preámbulo a la obra, y por entre los cuales paseaba Pilar, orgullosa y con una sonrisa de oreja a oreja, con una copa de vino blanco en la mano. Quien le iba a decir a esta cirereña de origen con risa explosiva que un día se codearía de igual a igual con la aristocracia neoyorquina.
Como última anécdota cabe destacar que por un instante cundió el pánico al intentar acceder al restaurante. El joven latino que comprobaba la lista de reservas no daba en ella conmigo por más que la repasaba una y otra vez. El motivo: constaba como Arcavit García. Deberé añadir éste al interminable número de nombres disparatados con el que han confundido el mío.

sábado, diciembre 02, 2006

Crónicas de Nueva York. Sexto dia

Hoy amanecido un día diáfano, sin asomo de nubes por encima del escaso cielo que dejan entrever los rascacielos, pero con el frió terrible que antes de emprender viaje temíamos encontrar a diario en Nueva York. Sin duda nos ha acompañado la fortuna y hemos podido disfrutar de un tiempo espléndido y muy propicio, al parecer desacostumbrado en estas fechas. Anoche arreció una tormenta súbita, con abundante lluvia que caía en diagonal a causa de las rachas intermitentes de un viento furioso que incluso dificultaba la apertura de las puertas del autobús que nos trasladó del barrio del Soho al apartamento en el que estamos alojados.
El día se presume emotivo e inolvidable a partes iguales. No sólo porque intentaremos acometer por enésima vez la terca cima del Empire State, sino también porque hoy se cumple una semana de nuestro enlace, y para celebrarlo, luciendo nuestras mejores galas, haremos uso del regalo que Manoli y Yolanda, mis dos hermanas y sus respectivas parejas, nos obsequiaron el día de la boda, a saber: primero una cena en la planta sesenta y cinco del restaurante Rainbown Grill, desde la que se puede contemplar una vista espectacular de Nueva York. Segundo, la conclusión apoteósica de la jornada: dos entradas para asistir, en el Metropolitan Opera del Lincoln Center, a la representación de la opera Tosca.
Entretanto, frente a la grandilocuencia y pretenciosidad sin fundamento que expone el Moma, esta mañana hemos frecuentado el arte más elevado. El Guggenheim en Nueva York ofrece una selecta muestra de pintores españoles en la exposición titulada El Greco to Picasso. Maravillosos cuadros de Dali, El Greco, Velazquez, Picasso, Murillo, Juan Gris, Zurbaran, Goya y un largo etcétera. El edificio debe su belleza a la aparente sencillez de sus líneas, en forma de tubo, muy funcional y práctica, concebido para no perderse en un dédalo inacabable de salas que producen vértigo y desorientación por igual, tan propio de los museos. Una rampa o pasillo sube en espiral desde el vestíbulo hasta la última planta y durante el agradable ascenso se pueden contemplar las obras si temor a dejarse alguna sala por ver. Produce rubor la sola idea de una disparatada comparación con los esperpentos (no todo, bien es cierto) que (DES) luce en su paredes el prestigioso MOMA.

Crónicas de Nueva York. Quinto dia. World Trade Center

Resulta imposible hacerse idea exacta del pavoroso estupor que debieron experimentar los neoyorkinos el 11 de septiembre de 2001. Imaginar esta ciudad descomunal paralizada, esta metrópoli que de bien amanecido presenta un continuo bullicio de gente que va y viene en todas direcciones, pertrechados en una mano del móvil y en la otra del habitual café en vaso de cartón, imaginar, digo, esa corriente humana por lo común ajenos los unos de los otros, concentrando por primera vez su atención en un mismo suceso, y huyendo al unísono en todas direcciones, desconcertadas por culpa de un pavor desconocido hasta entonces, debió ser horrible.
En torno al inmenso boquete sobre el que se erigían las Torres Gemelas se alza una verja que lo rodea por completo y lo hace inaccesible a todo aquel que sea ajeno a la obra en la que actualmente trabajan, que según carteles que cuelgan por doquier, concluirá en 2010. Dudo que la obra arquitectónica que sustituya a las Torres Gemelas, por más espectacular que sea, consiga cicatrizar la herida. Seguirá abierta, lo saben, a perpetuidad.
Enganchados a la verja, una exposición de conmovedoras fotografías recogen, minuto a minuto, los sucesos asombrosos de aquel día. A pocos metros de la zona cero, no muy lejos del rugir constante que producen los grandes camiones que trabajan de manera incesante en el hondo agujero, el Tribute World Trade Center muestra videos y expone objetos rescatados ese día y los que siguieron de entre los escombros. Uniformes destrozados de bomberos, llaves, ticket expedidos segundos antes de que colisionaran las aviones, objetos personales de los fallecidos y hasta la ventana de uno de los aviones. En una pared larga y blanca, fotografías de todas y cada una de las víctimas que perecieron sepultados bajo los escombros, o al arrojarse al vacío o asfixiadas por el humo venenoso que de inmediato se propagó por los dos edificios. Una joven de apenas veinte años rompe a llorar a mi lado en el decurso de un video que muestra las tareas de rescate y el momento en que extrajeron de entre los restos polvorientos los últimos restos hallados, transportados solemnemente por un grupo de bomberos en una camilla que también se expone aquí, junto con la bandera estadounidense con que los cubrieron.
Hoy cae una lluvia persistente camino del puente de Brooklin. Aguardamos a que cese, siquiera levemente, y empezamos a cruzarlo a la caída de la tarde. En dirección a Brooklin todavía realizamos el trayecto con luz. A la vuelta, sin embargo, ya ha anochecido y tengo la inmensa fortuna de asistir a un espectáculo imagino que infrecuente (o eso creo yo, quizá todo cuanto se me antoja inédito es más producto de la perplejidad que me depara esta ciudad): azota un viento fortísimo y las nubes, por encima del perfil de los inmensos edificios, de repente empiezan a avanzar a gran velocidad, como uno de esos montajes cinematográficos en los que las nubes circulan con rapidez vertiginosa. He tomado más de cien fotografías en un corto espacio de tiempo, en algunas creo haber conseguido instantáneas de Pilar más hermosa de lo que nadie la habrá fotografiado nunca. De regreso, al ganar el extremo del puente del que habíamos salido, Pilar y yo hemos sido, por un momento, conscientes del privilegio que supone estar en esta ciudad inimitable.

jueves, noviembre 30, 2006

Crónicas de Nueva York. Cuarto dia

Vaya por delante que esta entrada la escribo desde un centro Store de Apple, y puede darse el caso de que alguno de los numerosos dependientes (ataviados todos con camiseta roja y una pequeña tarjeta colgada del pecho con su nombre) que deambulan en torno a mí impida que la concluya. Los centros Apple son el sueño de cualquier macadicto: innumerables ordenadores Mac conectados a Internet a tu entera disposición. En el que me encuentro hoy está ubicado en el barrio del Soho, y el primer día visité el que recientemente ha abierto Apple al final de la Quinta Avenida, en la parte sur de Central Park.
Desafortunadamente la conquista de la cima del Empire State se vio ayer noche frustrada por el mal tiempo. Cuando nos disponíamos a acometerla el amable joven afro americano (lo sé, este dato es irrelevante, sólo es para que visualicéis la escena con la mayor veracidad) apostado a las puertas del ascensor que te traslada a lo alto de semejante monstruo arquitectónico, nos advirtió amablemente que la visibilidad en la cima era escasa, y, por tanto, merecía la pena posponer el intento a mejor ocasión. Vale decir que hoy la meteorología presenta similar aspecto a la de ayer y quizá resulte imposible subir.
Persuadidos por el previo asesoramiento de mi hermana Manoli, esta mañana hemos desayunado en Central Estation, donde yo he pedido un donut gigante bañado en chocolate y Pilar una magdalena enorme con la forma desigual de un meteorito a la que, me temo, mi mujercita se está haciendo adicta. Camino del Moma, realizando un desvío que nos ha apartado considerablemente de la ruta prevista, hemos fotografiado el edificio tan emblemático como, a efectos prácticos, inútil y más bien ornamental de Naciones Unidas. En cuanto al Moma, no añadiré más de lo que ya apunté en la entrada anterior. Creo que está meridianamente clara mi opinión sobre el arte contemporáneo, o cuando menos de parte de él. He pasado gran tiempo de mi vida con un lápiz en las manos, tratando de imitar sin éxito a los grandes artistas, como para que un pamplinas sin más talento que su descaro trate de hacer pasar por arte sus pajas mentales.
Tal y como menciono al principio, en estos momentos estoy en un Apple Store en Soho, un barrio maravilloso repleto de tiendas de toda índole (si bien prevalecen las de moda e infinidad de agradables cafeterías en las que nunca falta alguien sentado a la mesa con su portátil y los auriculares conectados a él. En realidad Nueva York es la ciudad de los portátiles: en parques, en la calle, en locales, cualquier sitio es bueno para sacar de la mochila el ordenador) en cuyas calles se puede contemplar gente variopinta que camina a todos lados. Pilar (como no) esta visitando cada una de ellas, en una de las cuales ha adquirido un abrigo precioso por 40 dólares. Creedme: no cabe en si de gozo.
Hoy hemos comido pasta en un restaurante italiano situado (faltaría más) en Little Italy, cuatro calles mal contadas en las que abundan locales a cuya entrada un tipo con aspecto fingido de mafioso de tres al cuarto trata de convencerte para que entres en su local. Resulta curioso la constatación paradójica, al descubrir en muchos de sus aparadores carteles de películas como El padrino o la estupenda serie de televisión Los Soprano, de cómo la realidad se obstina en imitar la ficción, y los dueños de los restaurantes (o más propiamente dicho los asalariados, los verdaderos dueños son en realidad coreanos o chinos que, provenientes del barrio de Chinatow, han ido poco a poco apropiándose de los restaurantes de Little Italy) adoptan poses y ademanes más propios de las películas que los han hecho populares.
Por último una anécdota, en el Soho hemos estado parados en un semáforo al lado de la actriz Rachel Weisz, protagonista de El jardinero fiel, El regreso de la momia, etc, paseando en carrito a su bebe. Según Pilar, en distancia corta pierde el encanto o glamour que proporciona el cine y resulta más bien mediocre o de una belleza en todo caso corriente. Qué mala es la envidia en cualquiera de sus manifestaciones.

Anexo a dias 1, 2 y 3

A causa de las prisas y la desmemoria he incurrido en olvidos imperdonables que pretendo reparar con este anexo. Cabe destacar la amabilidad abrumadora de los neoyorkinos. Basta que te vean con el mapa en las manos para que se aproximen a ofrecerte ayuda, por supuesto desinteresada y con predisposición a demorarse contigo el tiempo que sea necesario para sacarte del apuro. Se extienden en prolijas explicaciones, en ocasiones gratuitas, como si te obsequiaran con detalles que saben no recoge ninguna guía turística. Se detecta en ellos el amor incondicional y sin mesura que les inspira su ciudad. Sospecho que pertenecer a Nueva York, sentirse parte de ella, implica una especie de deuda u obligación moral que compensan mostrándose serviciales y educados en extremo a fin de facilitar la estancia a quien tiene la fortuna de visitarla.
En el American Museu of Natural History asistimos a un espectaculo fascinante: El Planetarium. En el interior de una grandiosa esfera con aspecto exterior de pelota de golf, sentados en penumbra en unas butacas ligeramente inclinadas que vibraban al ritmo de la narración, contemplamos boquiabiertos el espectáculo visual impactante y a ratos abrumador de la formación del Universo y las galaxias. Mientras tenía lugar la proyección no pude evitar pensar en cómo era posible que aún hoy alguien pudiera poner en tela de juicio la ciencia, y afirmarse en dogmas insensatos que no poseen más fundamento que conjeturas confundidas deliberadamente con verdades, muchas veces lanzadas al oído en la niñez, cuando carecemos de edad para identificar lo incierto de lo probable.
Times Square, de la que tan sólo hice una breve mención en la entrada anterior, es el inmenso plató de una película de ciencia-ficción siempre pendiente de realizar. Sin duda muchos de los mejores films del género futuristas han inspirado sus decorados en ella. Es espectacular y populosa de una muchedumbre mestiza que contempla boquiabierta los destellos de luz.
Por último, respecto al compromiso adquirido unilateralmente (jamás yo la predispuse a ello) por Pilar de comer fruta o ensalada o cualquier otro alimento susceptible de no aportar al organismo los lípidos ingentes que hasta ahora estamos ingiriendo sin rubor, es de justos aclarar que lo cumplió en parte: en la hamburguesa del tamaño de Kansas que se zampó en medio de un pan que semejaba una panettone partido por la mitad, pude percibir, doy fe, un trozo mustio de lechuga.

Primeras reflexiones desde el MOMA (Museum of Modern Art)

Mi impresión sobre el MOMA se reduce a esta reflexión: el mundo esta lleno de farsantes y algunos exponen en el MOMA.

Crónicas de Nueva York.Tercer dia

En la entrada de ayer se me olvido mencionar que visitamos Central Estation, imperdonable descuido habida cuenta la espectacularidad del edificio, escenario de innumerables películas, alguna de las cuales pertenece ya a la historia del cine, como la secuencia de Los intocables de Elliot Ness. Desde lo alto de su vestíbulo asiste uno al incesante deambular de gente de procedencia dispar que, ordenadamente pero sin pausa, camina con urgencia en todas direcciones, para dirigirse a las diferentes arterias numeradas que ordenan esta inmensa ciudad. En Nueva York cae la noche a las 16, 30h, un fenómeno por completo infrecuente para quienes procedemos de tierras mediterráneas. Tan prematuro anochecer nos obliga a madrugar a fin de aprovechar las pocas horas de luz. Hoy, hemos emprendido camino hacia el barrio de Chelsea (camino en sentido estricto, desde que hemos llegado no hemos utilizado metro ni ningún otro medio de transporte público).
Esta ciudad merece ser observada a pie, desde las aceras donde se erigen sus inacabables rascacielos. Hoy hemos visitado algunas galerías de arte alternativo, o contemporáneo, no sin cierta suspicacia (por lo menos en lo que a mí respecta), pues soy del parecer que ese tipo de expresiones artísticas es, las más de las veces, cobijo de quienes carecen de talento para destacar en el arte verdadero, en mi opinión aquél que esta al alcance de unos pocos privilegiados. Mientras hacíamos tiempo a que abrieran las mencionadas galerías, hemos tomado algo en un Dinner, uno de esos bares que semejan un autobús al que le han arrancado el morro y lo han desprovisto de ruedas. Pilar y yo nos hemos mirado con asombro cuando la actriz Lorraine Bracco ha entrado y ocupado una mesa próxima a la nuestra. Para quien no la recuerde, o sin más desconozca quién es, se trata de la actriz que interpreta el personaje de psicóloga en la serie Los Soprano, o el papel de esposa de Ray Liotta en la fabulosa —y a ratos salvaje e inquietante— película de Martin Scorsese, Uno de los nuestros. Finalmente hemos visitado el Chelsea Market, situado en el interior de un edificio renegrido y de aspecto desvencijado, dentro del cual hay numerosas y encantadoras tiendas especializadas en todo tipo de productos y comidas, no tanto exóticas como genuinas, procedentes de Italia o Japón. Hemos comido en una de ellas y antes de salir del Chelsea Market Pilar no ha podido reprimirse y ha comprado una enorme magdalena que por su aspecto parecía elaborada con una mezcla de Poskito, Tigreton y Pantera rosa. La ha engullido con los ojos en blanco, desorbitados a cada dentellada que daba, con fruición no exenta de cierta mala conciencia, a juzgar por el comentario que me ha farfullado con los carrillos llenos y la comisura de los labios manchados de chocolate: Esta noche cenaré fruta, ha dicho sin demasiada convicción. El resto de la tarde lo hemos dedicado a merodear por el Village, un barrio de casas bajas lleno de tiendas que Pilar —faltaría más— no ha dejado de visitar una por una. Esta noche asistiremos al popular encendido del abeto del Rockefeller Center, todo un espectáculo de luz y bullicio que cada año es retrasmitido por las televisiones del mundo entero, y que los neoyorkinos esperan con impaciencia, pues da inicio a la campaña navideña.

martes, noviembre 28, 2006

Crónicas de Nueva York. Segundo dia

Si como dice Mario Benedetti una ciudad es un libro que se lee con los pies, Pilar y yo hemos iniciado la lectura intensa y exhaustiva de Nueva York de bien amanecido. No sé si a causa de la impaciencia, a los nervios o por culpa de los temidos síntomas del jet lag, no he podido conciliar el sueño desde las cuatro de la madrugada, y a las siete ya estábamos ambos desayunando en una cafetería próxima al Empire State Buelding llamada Chez, cuyo hallazgo debemos no sólo a una de las guías que hemos traído con nosotros, sino a la vigilante lectura que Pilar les dedica. Se trata de un local acogedor con la estética de los años sesenta, iluminado con una luz muy suave que casi la mantiene en penumbra. Me han servido café aguado en una taza del tamaño de un orinal. El café (en realidad un mejunje de dudosa procedencia que yo no ofrecería ni a mi peor enemigo) era malo hasta decir basta. Después de compensar ese brebaje repugnante con un más que correcto capuccino, hemos recorrido a pie Madison Avenue, donde hemos cobrado consciencia exacta de en qué ciudad nos hallábamos. Cada esquina (en las que el vapor, como vaho exhalado, ascendía de improviso del interior del alcantarillado), era motivo de asombro, de absoluta perplejidad. Edificios inmensos a los que jamás una película rendirá plena justicia. En la 79, tras un largo paseo en el que hemos pasado frente alguna de las mejores tiendas de Nueva Cork, hemos girado a la izquierda y visitado el American Museum of Natural Histori. A la salida hemos comido algo en Zabar y visitado el Dakota Building, edificio emblemático donde el 8 de octubre de 1980, a manos de Mark Chapman, cayó asesinado John Lennon. A continuación hemos cruzado Central Park. Las ardillas cruzaban de un lado a otro, correteando por entre una inmensa alfombra de hojas amarillas y ocres. Finalmente Times Square. Perdonad, el tiempo de conexión a Internet concluye y todavía no os he narrado más que unos pocos detalles de un día intenso que tendrá su continuación en unos minutos, en el barrio de Chelsea. La fortuna continúa siendo esquiva y tampoco desde la Biblioteca Pública de Nueva York, en la que estoy conectado ahora mismo a Internet, se pueden adjuntar archivos fotográficos. Trataré de encontrar un lugar desde el que hacerlo. Hasta pronto.

lunes, noviembre 27, 2006

Crónicas de Nueva York. Primer día.

Hola a todos desde la Biblioteca Pública de Nueva York, situada nada menos que en la mítica Quinta Avenida. En primer lugar, disculpad la falta de acentos y la ausencia de nuesta querida letra ñ, con el sempiterno bigote a horcajadas sobre su lomo corvo. El motivo: escribo desde un teclado yanki, donde se la excluye y discrimina sin ambajes por más tradición y aprecio que se le dispense en tierras latinas. Como sabéis estos norteamericanos son capaces de lo mejor y de lo peor. Sin duda esta maravillosa ciudad, apabullante y desmesurada hasta dejarlo a uno atónito, se cuenta entre las grandes aportaciones en el terreno de lo positivo. Hoy no voy a poder incluir en esta entrada ninguna fotografia, lo haré manaña si ningún contratiempo lo evita o pospone. Sólo un pequeño avance: estamos alojados en unos apartamentos yo diría que muy correctos tirando a excelente, habida cuenta el precio y el sitio en el que se hallan. Están equipados con todo lo necesario para subsistir, si así lo deseáramos, haciendo acopio de alimentos en cualquier supermercado o tienda de comida para llevar, y su ubicación, además, es inmejorable: justo al lado del Empire State Bulding. Qué os puedo explicar de él que no hayáis visto en infinidad de películas y fotografías, pues, para empezar, que no le rinden justicia. Situado a sus pies, frente a las puertas giratorias (diminutas para pertenecer a un edificio de semejantes dimensiones) uno empequeñece hasta desaparecer. Me temo, no obstante, que esa circunstancia será una máxima en esta ciudad: diluirse sin fin por entre los intersticios que separan un rascacielo de otro. Recién llegados, una vez alojados, hemos caminado por la Sexta Avenida en dirección Central Park con la mirada perpleja puesta en el cielo, donde se pierden la cima de los edificios. Pronto nos hemos cruzado con el primer parque, el Bryant Park, en medio del cual hemos contemplado largo rato cómo se deslizaban los patinadores sobre el hielo en una gran pista que, imaginamos, habrán instalado ex profeso para animar y dar color a las fiestas navideñas. Circulando en dirección opuesta a las agujas del reloj, la habilidad que exhiben los patinadores es desigual. Los hay que apenas si alcanzan a sostenerse en pie con cierta dignidad y avanzan por la pista a trompicones, manteniendo un frágil equilibrio. Otros, los menos (a decir verdad tan sólo una pareja), se deslizan a velocidad vertigionasa por el hielo, realizando toda suerte de intrépidas acrobacias, saltando y girando sobre sí mismos en el aire y aterrizando con los brazos en cruz y las rodillas flexionadas, sin síntomas en la expresión de sus caras de que semejante pirueta les haya supuesto el menor esfuerzo. Ya estamos en Nueva York.