Ayer me precipité al anunciar que restaba una sola entrada para finalizar estas crónicas improvisadas de Nueva York. Cuando termine de escribir este breve anexo nos disponemos a culminar, de una vez por todas (en el supuesto de que la meteorología nos sea propicia y ningún otro contratiempo interfiera la empresa) el Empire State Bulding, y semejante acontecimiento, que a lo largo de toda la semana se ha ido posponiendo por diversos motivos, no puede pasar sin dar cuenta de ello en una entrada, siquiera corta.
Acabamos de rodear, casi en su totalidad, Central Park, en un largo y contemplativo paseo en el transcurso del cual nos hemos cruzado con toda clase de personas practicando footing, vale decir que algunos de forma dolorosa a juzgar por el estilo con que corrían, a los que parecía les faltaba algún hueso bajo la carne de los brazos que agitaban como si fuera plastilina, o mujeres al trote ataviadas con falda encima del chándal, u hombres corriendo mientras empujaban el cochecito con su hijo de pocos meses cómodamente sentado en él.
Para los que leyendo las crónicas hayáis experimentado una suerte de adicción a Nueva York que os produzca deseos irreprimibles de coger el primer avión que despegue hacia aquí, o formado en todo caso una imagen idílica de la ciudad, es de rigor recordar que también el turismo depara momentos dolorosos que se omite adrede en el testimonio, escrito u oral, que suscite cualquier viaje. Los dos primeros días, por ejemplo, a causa de las interminables caminatas que realizamos, me salieron dos grandes ampollas en sendos pies, y al final de la jornada el trayecto de regreso al apartamento resultaba ser un verdadero suplicio, me arrastraba literalmente por las aceras neoyorkinas, caminando (si es que a ese avanzar alicaído y doloroso más propio del sonambulismo podía denominarse caminar) como un jinete al que le han robado el caballo sin que lo haya advertido, o como un pobre desgraciado al que un negro amanerado de dos metros por dos lo ha sorprendido por sálvese la parte y le ha echado, como se suele decir, el aliento en la nuca. El dolor llegó a ser tan intenso e insoportable que una de las tardes, en el Village, me desplomé en la acera y Pilar y yo intercambiamos el calzado con idea de que el suyo (unas botas cuya altura alcanzaba por debajo de las rodillas) pudiera no provocarme tanto dolor como las mías. El remedio definitivo, no obstante, se lo debo a un crema que Pilar adquirió en un Body Shop que encontramos en el mismo Village, y que obró de forma eficaz e inmediata gracias, sobre todo, a que mi santa esposa, por la noche y la mañana, antes de emprender la marcha, me esparcía ese ungüento milagroso por los pies y los masajeaba pacientemente con la habilidad propia de una profesional.
Ha habido, asimismo, alguna torpeza de provinciano inexperto que en cualquier otra circunstancia hubiera sido motivo de rubor y mofa, pero que en el anonimato que nos proporcionó la penumbra de la Ópera pasó por completo desapercibida. Durante el primer acto, Pilar y yo nos admirábamos del alto nivel que demostraba el público neoyorkino, al reír o manifestar sorpresa o expresar alivio según transcurría la obra, pues nosotros no entendíamos palabra alguna de cuanto los protagonistas cantaban: que nivelazo tiene esta gente, como domina el italiano, nos susurrábamos al oído ambos, verdaderamente admirados y extrañado a un tiempo. Hasta que descubrimos, al comenzar el segundo acto, que frente a cada una de las butacas, en un pequeño monitor rectangular que confundimos con una especie de baranda en la que apoyarse, aparecía en inglés, con sólo pulsar un botón cuadrado de color rojo, todo el texto que recitaban en italiano los actores. A partir de entonces, Pilar me tradujo al oído el texto inglés, previamente vertido del italiano por ese aparato milagroso que había estado todo el rato delante de nuestros ojos sin conocer su verdadera utilidad. De regreso en Barcelona alguien me comentó que posiblemente, de haber continuado pulsando el dichoso botón rojo, también habría aparecido en la pantalla el texto al castellano. Nos hemos fijado el objetivo de constatar semejante pormenor en la próxima visita a la ciudad.