Hoy han dado comienzo las clases en la universidad después del paréntesis navideño. Como Martina no tenía colegio, y mi mujer se había pedido el día libre, hemos bajado todos en tren a Barcelona con la idea de yo acudir a clase mientras ellas pasearían por Barcelona junto a mis hermanas. Fuera de la estación de cercanías, en la Plaza de Cataluña, me he despedido de ellas y he salido corriendo, pues llegaba tarde a clase. Mientras me alejaba a la carrera, Martina han contemplado cómo corría en dirección a la facultad mientras le decía a su madre:
—Ay, nuestro chiquitín se hace mayor.
viernes, febrero 12, 2016
A veces me divierte pensar de qué temas de conversación echaríamos mano durante esos encuentros breves y embarazosos que tienen lugar en los ascensores, o lugares similares, si no existiera la alternativa recurrente de la meteorología:
—Hola.
—Qué tal.
—¿Piso?
—Tercero, por favor.
—...
—Qué, ¿todo bien?
—Turbado por reflexiones sin fin.
—Ardo en deseos de conocer los detalles de esas reflexiones.
—Procedo pues: ¿A usted no le parece que los textos de Derrida subordinan su uso pedagógico al de la mera exhibición retórica, empleando un lenguaje inextricable que, a la postre, se revela tanto más absurdo cuanto podría ser sustituido por uno más accesible para el lector medio y aun al lector experimentado?
—Ah, precisamente sobre ese particular vengo yo pensando toda la mañana.
—Celebro la coincidencia.
—Respecto a la cuestión, eso sucede, a mi entender, porque en los intelectuales no ha existido jamás voluntad alguna de hacer pedagogía y sí una notable predisposición a vanagloriarse de la rica sintaxis que atesoran, pero que, en suma, deviene inservible para el uso más genuino del lenguaje: la comunicación.
—Exacto: el lenguaje subordina su caracter seminal de instrumento de comunicación al mero pavoneo retórico.
—Bueno. Me apeo aquí. Ha sido muy enriquecedor.
—Ciertamente. ¿Asistirá a la conferencia proyectada esta tarde en la biblioteca municipal?
—¿La de por qué las grandes superficies deberían etiquetar los productos en sánscrito? No me la perdería por nada del mundo.
—Hola.
—Qué tal.
—¿Piso?
—Tercero, por favor.
—...
—Qué, ¿todo bien?
—Turbado por reflexiones sin fin.
—Ardo en deseos de conocer los detalles de esas reflexiones.
—Procedo pues: ¿A usted no le parece que los textos de Derrida subordinan su uso pedagógico al de la mera exhibición retórica, empleando un lenguaje inextricable que, a la postre, se revela tanto más absurdo cuanto podría ser sustituido por uno más accesible para el lector medio y aun al lector experimentado?
—Ah, precisamente sobre ese particular vengo yo pensando toda la mañana.
—Celebro la coincidencia.
—Respecto a la cuestión, eso sucede, a mi entender, porque en los intelectuales no ha existido jamás voluntad alguna de hacer pedagogía y sí una notable predisposición a vanagloriarse de la rica sintaxis que atesoran, pero que, en suma, deviene inservible para el uso más genuino del lenguaje: la comunicación.
—Exacto: el lenguaje subordina su caracter seminal de instrumento de comunicación al mero pavoneo retórico.
—Bueno. Me apeo aquí. Ha sido muy enriquecedor.
—Ciertamente. ¿Asistirá a la conferencia proyectada esta tarde en la biblioteca municipal?
—¿La de por qué las grandes superficies deberían etiquetar los productos en sánscrito? No me la perdería por nada del mundo.
Conversaciones con Martina (116)
Conversación que esta mañana hemos tenido Martina y yo de camino al colegio.
—El problema que tenéis los niños —le he dicho— es que os creéis más listos que los adultos. Y no, hija, tú, aunque lo creas, no eres más lista que yo.
—Papa —me ha respondido— no te pongas chulo, que tú has sido niño y también has cometido esos fallos.
—El problema que tenéis los niños —le he dicho— es que os creéis más listos que los adultos. Y no, hija, tú, aunque lo creas, no eres más lista que yo.
—Papa —me ha respondido— no te pongas chulo, que tú has sido niño y también has cometido esos fallos.
martes, enero 12, 2016
Conversaciones con Martina (115)
De camino al colegio, después de casi veinte días de vacaciones, Martina guarda silencio con el ceño fruncido. De repente dice:
—Papa, ¿te imaginas que nos pagaran por hacer el perro todo el día en casa? Menudo lujo, ¿no?
—Papa, ¿te imaginas que nos pagaran por hacer el perro todo el día en casa? Menudo lujo, ¿no?
lunes, mayo 25, 2015
Supernanny
Ayer, en un parque de Platja d'Aro situado al lado de la playa, provisto de un barco y un tiburón gigantes dentro de los cuales los niños entraban y salían y volvían a entrar, entre risas y expresiones de entusiasmo, mientras los padres los vigilábamos desde los bancos que rodean el parque, un niño de unos cuatro años fue presa de la histeria y se puso a llorar y a patalear como un poseso. La escena, lejos de cesar, se prolongó y los gritos se hicieron insoportables. El niño no atendía a razones, se arrojaba al suelo y pataleaba y rodaba por él. Los padres nos miramos y miramos a la madre —una choni de manual— mientras pensábamos que, si fuera nuestro hijo, de la hostia con la mano abierta que le hubiéramos soltado la cabeza se le habría alojado en el recto de tal forma que sería el primer espécimen de niño en caminar por la calle con el cráneo metido en el culo, sobreviviendo gracias al aire de sus propios pedos. Por descontado, solo fue un pensamiento que ninguno de nosotros nos hubiéramos atrevido a confiarle a la madre. Excepto una persona. Un individuo de cabello cano, de unos cuarenta y cinco años, que se sentaba junto a su esposa en uno de los banco. Veo cómo se levanta y rodea la valla de madera que se alza en torno al parque y se acerca a la madre choni y empieza a decirle que todo lo que le pasa al niño —Izan se llama— es culpa de ella. Lo hace con tacto, sin malos modos, pero lo hace. Es responsabilidad suya, le dice, por haberle consentido y no haber cortado de raíz esa suerte de brote psicótico que experimenta el pequeño Hulk. «¿Es que no has visto Supernanny?», escuchamos que le pregunta a la madre antes de regresar con su esposa. Los padres asistimos a la escena con más sorpresa aún, si cabe, de la que habíamos puesto de manifiesto al ver el berrinche de Izan. El hombre todavía habrá de volver un par de veces a meterse donde no le incumbe antes de marcharse definitivamente. Lo hace después de llamar a gritos a su hijo, que casualmente estaba jugando con Martina. Un niño muy guapo, de ojos claros y melena muy rubia.
—¿Veis ese niño rubio de allí que parece una niña? —nos pregunta Martina señalando al niño que va con el hombre de pelo cano, ambos alejándose de la mano caminando al lado de la madre— ¿Lo veis? Pues se acaba de bajar los pantalones y me ha enseñado el pene cuando le he preguntado si era una niña o un niño.
sábado, febrero 07, 2015
Conversaciones con Martina (113)
—¡Madre mía! —exclamo cuando veo en la pantalla del móvil la foto que me acabo de hacer a mí mismo.
—¿Qué pasa? —pregunta Martina.
—Que estoy muy viejo.
—Tranquilo, papa: tienes toda la vida por delante.
—¿Qué pasa? —pregunta Martina.
—Que estoy muy viejo.
—Tranquilo, papa: tienes toda la vida por delante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)