sábado, febrero 07, 2015

Conversaciones con Martina (113)

—¡Madre mía! —exclamo cuando veo en la pantalla del móvil la foto que me acabo de hacer a mí mismo.
—¿Qué pasa? —pregunta Martina.
—Que estoy muy viejo.
—Tranquilo, papa: tienes toda la vida por delante.

martes, enero 27, 2015

Conversaciones con Martina (112)

—Mama, ¿los ciegos fuman? —le pregunta Martina a su madre.
—Algunos.
—Pues eso es muy peligroso. Se pueden quemar enteros.

Ellos

—¿Dónde vas con esa montaña de libros?
—Los devuelvo a la biblioteca.
—Qué barbaridad ¿Cuántos llevas? Por lo menos veinte, ¿no?
—Veintisiete.
—¿De dónde sacas el tiempo para leer tantos libros?
—Solo he leído uno.
—¿Solo uno?
—Sí.
—¿Uno de veintisiete?
—Sí.
—¿Y el resto?
—El resto no me interesa.
—¿Y para qué los coges?
—Para despistar.
—¿Para despistar a quién?
—A Ellos.
—¿A quiénes?
—Ya sabes: A Ellos,
—¿A qué Ellos?
—Los poderes fácticos.
—¿Perdona?
—¿Tu has visto Seven?
—¿La película?
—No, el refresco. Pues claro, la película.
—Sí.
—Pues si la has visto sabes a qué me refiero.
—No tengo ni idea.
—Los servicios de inteligencia nos vigilan.
—Anda ya.
—Lo que yo te diga.
—¿A quién vigilan? ¿A ti?
—A todos.
—¿Para qué?
—Para saber qué libros cogemos de la biblioteca.
—Estás chiflado.
—En serio.
—¿Y qué interés pueden tener los libros que cogemos de la biblioteca?
—Los usan para conocer nuestras preferencias a partir de los hábitos de lectura.
—Venga ya.
—Que sí.
—¿Y luego?
—¿Luego? ¿De verdad que has visto Seven.
—Que sí.
—¿Entera?
—De principio a fin.
—Chico, pues no lo entiendo. Lo que pasa luego es que saben de ti más que tú mismo.
—Imposible.
—Tienen una perspectiva de tus preferencias que tú no podrás tener jamás.
—¿Y eso por qué?
—Tú tienes la impresión de que los libros que coges son producto del gusto del momento, un poco arbitrarios.
—Claro.
—Pero tus preferencias nunca son arbitrarias.
—¿No?
—Qué va. Responden a tu predisposición por una temática recurrente que se va repitiendo en cada libro que coges.
—No sé si creerte.
—Tú no te das cuenta porque es una elección inconsciente de la que además no tienes una visión en perspectiva
—¿Por qué no?
—Porque se produce a lo largo de muchos meses de acudir a la biblioteca.
—¿Y ellos sí?
—Ellos solo necesitan ver la lista total de libros para detectar el leitmotiv.
—Sigue.
—Por ejemplo, si consultas libros en los que explican cómo fabricar veneno, y un día resulta que un serial killer está envenenado a sus víctimas, entras fijo en la lista de sospechosos.
—¿Y por eso coges tantos libros?
—Para tocarles los cojones. Que se rebanen los sesos tratando de averiguar cuál de los veintisiete libros es el que me gusta.
—¿Me dejas adivinarlo?
—Prueba si quieres.
—A ver, déjame que le eche un vistazo a los títulos: «Hamlet»...
—Sí.
—...«La montaña mágica»...
—Sí.
—...«Guerra y paz»...
—Ajá.
—... «La metamorfosis»...
—Sí.
—...«Los hermanos Karamazov»...
—...
—... «El ruido y la furia»...
—Sí.
—... «El rey Lear»...
—Sí.
—... «Ulises»...
—...
—... «Don Quijote de la Mancha»...,
—Sí.
—...«Manual práctico para aprender cómo introducir sin vaselina tres cartuchos de dinamita en el recto de un político corrupto y detonarlos sin que el resto de la anatomía se vea afectada»... Creo que ya sé cuál es.
—¿En serio? A ver, listillo, ¿cómo lo has sabido?

viernes, enero 02, 2015

Divercastillo

—¿Qué le pides al 2015?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada de nada.
—No seas rancio. Pídele algo.
—Pero ¿qué quieres que le pida?
—Lo que se te ocurra. Un deseo.
—Un deseo. Pues no sé...
—Piensa.
—Mira, ya tengo uno: que al perro que se caga todos los días en la puerta de casa le cosan el ojete y la mierda le salga por las orejas, y por los ojos, y por el hocico, y por la boca hasta que se muera asfixiado por su propio vómito de mierda.
—No seas bruto hombre. Pide otra cosa. Además, la culpa la tiene el dueño, no el perro.
—Pues que al dueño le cosan el ojete, y la mierda le salga por las orejas y por los ojos...
—Noooo. Pide otra cosa. No malgastes un deseo en eso. Pide algo de mayor trascendencia.
—¿De mayor trascendencia?
—Sí. Algo que afecte a tu familia, a tus amigos. Algo que ayude a mejorar sus vidas.
—Qué cierren el Divercastillo, que es la cosa más pelagra del mundo, así mi familia y mis amigos se librarán de ir otro año a ese infierno.
—Joder, pero ¿no puedes pedir cosas normales como las que pide todo el mundo?
—¿Como cuáles?
—Salud, dinero, amor, trabajo. Ya sabes, esa clase de cosas.
—Ah, ésas. Vale, pido todo eso.
—¿Ves que fácil?
—Pero si por lo que sea no se cumple, quiero que al dueño del perro que se caga todos los días en la puerta de mi casa le cosan el ojete y la mierda le salga por las orejas, y por los ojos y por la nariz, y por la boca hasta que muera asfixiado por su propio vómito de mierda.
—Ay.. no tienes remedio. ¿Algo más?
—Sí. Si no es mucho pedir a ver si puede coincidir que el dueño del perro sea también el dueño del Divercastillo.

lunes, diciembre 22, 2014

Dios

—¿Crees en Dios?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Menuda respuesta.
—¿Qué tiene de malo?
—No es suficiente.
—No creo en Dios porque no lo he visto nunca. ¿Mejor?
—¿Sólo crees en lo que ves?
—La mayoría de veces.
—¿Y si Dios se te apareciera ahora mismo?
—Eso no va a suceder.
—Imagínatelo por un momento, su presencia, aquí, frente a nosotros. ¿Creerías entonces?
—No sé si creería más o menos de lo que creo ahora, pero sé que lo despreciaría mucho más de lo que lo he despreciado nunca.
—¿Por qué?
—Por omisión del deber de socorro.
—Explícate.
— Por haber estado siempre ahí, impasible, imperturbable, sin hacer nunca nada.
—Qué culpa tendrá él de lo que hagamos nosotros.
—¿No somos una creación suya?
—Eso dicen.
—Entonces tiene todas las culpas.
—¿Crees que Dios tiene que responsabilizarse de todos y cada uno de las personas que habitan la Tierra?
—¿Acaso no lo hago yo de mis hijos?
—No es lo mismo.
—Te equivocas. Si traigo hijos al mundo, y después me despreocupo de ellos y los abandono a su suerte, soy responsable de sus actos.
—¿Te das cuenta de que no crees en Dios pero en realidad te expresas como si creyeras?
—No sé si te entiendo.
—Que hablas de él como si hablaras de una persona conocida con la que estuvieras resentido.
—Tal vez focalice en el concepto «Dios» mi animadversión hacia las personas que hacen de Dios el centro de sus vidas.
—¿Y qué si eso sucede?
—La vida no se entrega a nadie: se vive
—La gente tiene derecho a creer en lo que le plazca.
—Faltaría más. Pero cuando crees en algo tarde o temprano tratas de convencer a otros de que crean en lo mismo que crees tú.
—¿Crees que eso pasa?
—¿Lo dudas?
—En algunos casos pasará y en otros no.
—Pues no debería pasar nunca.
—Pero ¿no haces tú lo mismo?
—En absoluto.
—¿No tratas tú de convencer a la gente de que Dios no existe?
—Jamás.
—¿No vas tú por ahí proclamando en voz alta tu ateísmo?
—De ninguna manera. Lo más que hago es propagar las virtudes de la ciencia.
—¿Crees en la ciencia?
—¿Se puede no creer?
—Me refiero a si crees que la ciencia es para ti lo que Dios para los creyentes.
—La ciencia es Dios incluso para los creyentes, aunque algunos no lo saben, y los que lo saben se niegan a admitirlo.
—¿Por qué se niegan a admitirlo?
—Porque es más fácil creer que saber.
—¿Cómo?
—Creer no requiere más esfuerzo que la voluntad de querer creer. Sin embargo, para saber hay que realizar el esfuerzo intelectual de aprender, de comprender, y no todo el mundo está dispuesto a realizar ese esfuerzo.
—Pero los creyentes también acuden a la ciencia, llevan a sus familiares al médico, los ingresan en los hospitales.
—Pero si se curan, dicen que ha sido gracias a Dios, y si se mueren, también. En cualquiera de los casos, prevalece la voluntad de Dios.
—¿Y eso no te gusta?
—Me repugna.
—¿Por qué?
—Porque ignora al ser humano, menosprecia su capacidad inmensa para hacer cosas extraordinarias.
—También hace cosas espantosas.
—Sin duda.
—¿Entonces?
—Entonces nada. El ser humano es capaz de lo mejor y lo peor. Ya está. No hay más. Y cualquier abstracción o discurso de naturaleza divina nos distrae del que debería ser nuestro objetivo principal: conocernos, averiguar por qué los seres humanos hacemos lo que hacemos, por qué actuamos como actuamos. Y para saber eso no necesitamos a Dios, ya inventamos el mejor instrumento que quepa imaginar para conseguirlo.
—¿Cuál?
—La literatura.

viernes, octubre 24, 2014

La Patria

Pienso que ha llegado un punto en que las manifestaciones de afecto por las patrias respectivas deberían ser como las religiosas: permanecer en el ámbito de lo privado. En lo que a mí respecta, cuando alguien decide compartir conmigo cuánto ama su patria y cuánta sangre propia—metafóricamente hablando— derramaría por ella, me siento como cuando algún amigo me invita a ver las fotografías que ha tomado durante sus vacaciones: se produce una desconexión total entre el entusiasmo y la euforia mal que bien reprimida que él expresa con cada fotografía, y el tedio que yo experimento en relación a algo que no solo carece del menor interés para mí, sino que además me la suda por completo.