—¡Tío! ¡Tu brazo!
—Lo perdí.
—¿Cómo?
—No te lo vas a creer.
—Cuenta.
—Me clavé una astilla.
—¿En el brazo?
—En el dedo.
—¿Y?
—Era una astilla diminuta.
—Como todas.
—La quise sacar.
—Normal.
—Cogí una aguja.
—Un clásico.
—Y me puse a hurgar con ella en el dedo para tratar de sacarla.
—Hiciste bien.
—Pero se complicó.
—¿Qué pasó?
—La astilla, en lugar de de salir, entraba.
—Mal asunto.
—Hasta que desapareció.
—¿Desapareció?
—Sí.
—¿Desapareció del todo?
— No era capaz de verla.
—¿No la veías?
—No. Y eso que de tanto hurgar con la aguja había hecho un agujero bien grande.
—¿Cómo de grande?
—Parecía un jodido cráter.
—Qué exagerado.
—En serio, tío: un jodido cráter lunar en la punta del dedo índice.
—¿Y qué hiciste?
—Qué podía hacer.
—¿Acudiste al médico?
—No tenía tiempo que perder.
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¿No me digas que no lo sabes?
—¿Que no sé qué?
—Tío, no me jodas: es lo primero que de niño te explican tus abuelos.
—¿A qué te refieres?
—Al peligro de una astilla alojada en tu cuerpo.
—¿Qué pasa con ella?
—La astilla va penetrando en tu organismo.
—¿Y?
—Y tarde o temprano se incorpora al riego sanguíneo.
—¿Y qué pasa entonces?
—¿Qué pasa? Tío, piensa un poco: la astilla se convierte en un misil que se dirige a tu corazón.
—¿En un misil?
—Sí, en un jodido misil.
—Y si llega al corazón...
—Estás jodido, tío.
—¿Cómo de jodido?
—Jodido del todo. Muerto, deceso, finiquitado, fiambre. A tomar por culo todo.
—Me cago en la puta.
—Ya te digo.
—¿Y qué hiciste?
—Qué voy a hacer.
—¡Explica!
— Casi podía notar cómo la astilla subía brazo arriba.
—Joder, tío, qué mal.
—Si la astilla alcanzaba el hombro, estaba perdido.
—¿Y eso?
—Joder, se te tiene que explicar todo: del hombro en adelante es cuesta abajo, tío.
—¿Y?
—Pues que la jodida astilla desciende cuerpo abajo a toda velocidad.
—La puta de oro, qué situación.
—Tenía que cortarle el paso como fuera.
—¡Como fuera!
—Tome una decisión: tenía que amputarme el brazo de un tajo.
—Hostia santa.
—Pero yo solo no me veía capaz.
—¿Y entonces?
—Llamé a mi hermano.
—¿A Pedro?
—A Pedro.
—¿Llamaste a Pedro?
—Sí, joder, llamé a Pedro.
—Pero Pedro...
—Lo sé, pero no tenía nadie más a quien recurrir.
—¿Y qué hizo?
—Le puse el cuchillo en las manos y le dije: corta, tío, corta ya.
—¿Y cortó?
—De un tajo.
—¡Te salvo!
—¡Qué me va a salvar el puto inútil ese!
—¿No? ¿Cómo que no?
—Me cortó el derecho...
—¿No me digas que..?
—...y la puta astilla estaba en el izquierdo.
sábado, abril 19, 2014
miércoles, abril 16, 2014
Los conoce
—¿Me vais a matar?
—Sí.
—¿Lo harás tú.
—Seguramente.
—¿Por qué?
—¿Por qué te vamos a matar?
—Por qué tú.
—Azar.
—¿Azar?
—Lo echamos a suerte.
—Ya veo.
—¿Qué?
—No queréis hacerlo.
—Qué sabrás tú.
—Si no no lo echaríais a suerte.
—Lo que tú digas.
—Y si no queréis hacerlo es porque sabéis que está mal.
—Cierra el pico.
—¿Tienes hijos?
—Que cierres el pico.
—Me vas a matar, lo menos que puedes hacer es dejarme hablar.
—Tú mismo.
—¿Tienes hijos?
—¿Y qué si los tuviera?
—¿Qué piensan de todo esto?
—¿De qué?
—De que su padre se dedique a matar gente.
—Como si lo supieran.
—Esa es otra señal.
—¿Señal de qué?
—De que sabéis que no está bien lo que hacéis.
—Ni sabemos ni dejamos de saber.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Cómo sé qué?
—¿Cómo sabes que tu hijo no lo sabe?
—Porque lo sé.
—Yo no estaría tan seguro.
—Lo que tú digas.
—¿Cómo sabes que no trasladas a él todo el odio que llevas dentro?
—Calla la puta boca.
—¿Cómo sabes que no estás haciendo con tu hijo lo que hicieron contigo?
—Y según tú ¿qué hicieron conmigo?
—Te confundieron.
—¿Me confundieron?
—Te educaron para que no distingas lo que está bien de lo que está mal.
—Igual el confundido eres tú
—Imposible.
—¿Cómo puedes estás tan seguro?
—Porque yo no mato gente.
—A veces no hay más remedio.
—¿Ves?
—¿Ves qué?
—¿Cómo sabes que lo que dices delante de tu hijo no está impregnado de ese odio?
—¿Y qué si lo estuviera?
—¿Y qué?
—Sí, y qué.
—Si tú mismo no eres capaz de encontrar respuesta a esa pregunta es que no hay nada que hacer.
—Pues deja de intentarlo.
—Que deje de intentar ¿qué?
—Convencerme para que no te matemos.
—Ni se me ha pasado por la cabeza. Os conozco; sé que estoy muerto.
—Entonces, ¿para qué tanta charla?
—Para que te la lleves contigo.
—¿Para qué me lleve qué?
—Esta conversación. Para qué no la olvides nunca.
—¿Para qué no la olvide?
—Para que nada más reventarme de un tiro la cabeza se te repita, como un lamento, todos los días de tu vida.
—¿Y si eso no pasa?
—Más vale que pase, por la cuenta que te trae.
—¿Por qué?
—Porque si no dentro de veinte años tu hijo ocupará el lugar que ocupas tú ahora, y nada habrá cambiado.
—Que así sea.
—Sí.
—¿Lo harás tú.
—Seguramente.
—¿Por qué?
—¿Por qué te vamos a matar?
—Por qué tú.
—Azar.
—¿Azar?
—Lo echamos a suerte.
—Ya veo.
—¿Qué?
—No queréis hacerlo.
—Qué sabrás tú.
—Si no no lo echaríais a suerte.
—Lo que tú digas.
—Y si no queréis hacerlo es porque sabéis que está mal.
—Cierra el pico.
—¿Tienes hijos?
—Que cierres el pico.
—Me vas a matar, lo menos que puedes hacer es dejarme hablar.
—Tú mismo.
—¿Tienes hijos?
—¿Y qué si los tuviera?
—¿Qué piensan de todo esto?
—¿De qué?
—De que su padre se dedique a matar gente.
—Como si lo supieran.
—Esa es otra señal.
—¿Señal de qué?
—De que sabéis que no está bien lo que hacéis.
—Ni sabemos ni dejamos de saber.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Cómo sé qué?
—¿Cómo sabes que tu hijo no lo sabe?
—Porque lo sé.
—Yo no estaría tan seguro.
—Lo que tú digas.
—¿Cómo sabes que no trasladas a él todo el odio que llevas dentro?
—Calla la puta boca.
—¿Cómo sabes que no estás haciendo con tu hijo lo que hicieron contigo?
—Y según tú ¿qué hicieron conmigo?
—Te confundieron.
—¿Me confundieron?
—Te educaron para que no distingas lo que está bien de lo que está mal.
—Igual el confundido eres tú
—Imposible.
—¿Cómo puedes estás tan seguro?
—Porque yo no mato gente.
—A veces no hay más remedio.
—¿Ves?
—¿Ves qué?
—¿Cómo sabes que lo que dices delante de tu hijo no está impregnado de ese odio?
—¿Y qué si lo estuviera?
—¿Y qué?
—Sí, y qué.
—Si tú mismo no eres capaz de encontrar respuesta a esa pregunta es que no hay nada que hacer.
—Pues deja de intentarlo.
—Que deje de intentar ¿qué?
—Convencerme para que no te matemos.
—Ni se me ha pasado por la cabeza. Os conozco; sé que estoy muerto.
—Entonces, ¿para qué tanta charla?
—Para que te la lleves contigo.
—¿Para qué me lleve qué?
—Esta conversación. Para qué no la olvides nunca.
—¿Para qué no la olvide?
—Para que nada más reventarme de un tiro la cabeza se te repita, como un lamento, todos los días de tu vida.
—¿Y si eso no pasa?
—Más vale que pase, por la cuenta que te trae.
—¿Por qué?
—Porque si no dentro de veinte años tu hijo ocupará el lugar que ocupas tú ahora, y nada habrá cambiado.
—Que así sea.
lunes, marzo 03, 2014
Conversaciones con Martina (107)
A Martina los Reyes Magos le trajeron un patinete de dos ruedas molón de la muerte. Al poco, me pidió desplazarse al colegio montada en él. Ir y venir. Acepté. Es un engorro —tengo que plegarlo y cargar con él, tanto para ir como para venir— pero es la única manera de llegar antes de que nos cierren las puertas. Los últimos 150 metros que nos separan de la escuela son cuesta arriba, y un día se me ocurrió rodear el manillar con mi bufanda y arrastrarla a la carrera hasta la puerta. Grave error: cualquier concesión que le hagas a un niño se transforma en una obligación irrenunciable. Ahora no solo me exige que lo haga —tirar de ella— sino que me azuza mientras grita ¡Arre, caballo, arre!
Esta mañana, entre resuellos, le he dicho:
—Martina, esto se tiene que acabar. Ir a la escuela en patinete tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Las buenas son que llegas antes, adelantas a tus amigos, vas circulando cómodamente cuando es llano, casi sin hacer esfuerzo. Las cosas malas, pues que cuando es cuesta arriba tienes que impulsarte y cansarte un poco. No hay otra. Hay que estar a las duras y a las maduras.
Ha dejado el patinete a mis pies, me ha dado un beso en la mejilla, y antes de dirigirse a la carrera hacia las puertas, me ha dicho.
—No he entendido nada de los que has dicho, papa.
Operación Palace
Me parece absurdo y corto de miras el argumento de que Évole faltó al respeto al espíritu de la Transición y a los políticos y figuras que la protagonizaron. Es digno de este país de paletos acomplejados que gastan con los políticos una relación de vasallaje, de súbditos serviles. Para darse cuenta solo hay que ver el séquito de parásitos babosos que lleva tras de sí un político de tres al cuarto cuando va a inaugurar un polideportivo o una estatua o placa. Mientras no nos convenzamos de que un político es un funcionario que trabaja para nosotros, y de que todo lo que se sacraliza no admite crítica ni discrepancia, volveremos a caer, una y otra vez, en los mismos errores y aceptar los mismos inútiles manejando nuestras vidas.
Conversaciones con Martina (107)
Martina:
—Papa, ¿sabes qué? La Laura ha dicho una palabrota y me han castigado a mí.
—¿Y eso?
—No sé. Ella ha dicho la palabrota primero, y me castigan a mí. Qué morrazo, ¿no?
—¿Primero? ¿Qué quiere decir primero? ¿Ha habido una segunda?
—Pero la Laura la ha dicho primero.
—¿Quieres decir que tú la has dicho también, la palabrota?
—Pero la Laura ha sido primero.
—¿Qué palabrota has dicho?
—No te lo voy a decir.
—Dímela.
—No.
—Y ¿por qué te han castigado a ti?
—Porque a ella no la han oído.
—¿Que no la han oído? Entonces es como si no la hubiera dicho. Y eso es como si tú fueras la única que ha dicho la palabrota.
—Pero ella la ha dicho primero.
—Pero es a ti a quien han oído. ¿Qué palabrota era esa?
—No te lo digo.
—No me puedo creer que haya dicho una palabrota. Dímela.
—No —y baja la mirada, avergonzada.
—Venga, dímela al oído.
—No.
—Vengaaa.
Me agacho y pongo la oreja a la altura de sus labios.
—Gilipollas —musita.
sábado, febrero 22, 2014
Conversaciones con Martina (106)
—¿Quién es esa? -me pregunta Martina.
—La Infanta Elena.
—¿Y esa quién es?
—Una princesa.
—Pues qué princesa más fea.
—Martina, es que las princesas no son como en los dibujos. De hecho, las de verdad son bastante feas.
—Hombre, alguna habrá guapa, papa.
—La Infanta Elena.
—¿Y esa quién es?
—Una princesa.
—Pues qué princesa más fea.
—Martina, es que las princesas no son como en los dibujos. De hecho, las de verdad son bastante feas.
—Hombre, alguna habrá guapa, papa.
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