lunes, septiembre 01, 2014

Solidaridad, la justa.

La falta de solidaridad de los mosquitos en relación a los de su misma especie es de vergüenza ajena. He tenido la oportunidad de verlo con mis propios ojos. Anoche había varios mosquitos instalados en nuestro dormitorio. No soporto apagar la luz e inmediatamente escuchar el zumbido del vuelo en torno a mi cabeza. Es irritante. Me decidí por una estrategia: cazar uno vivo, salir al balcón y amenazar a los demás con arrojar al vacío a su compañero si no desistían de su actitud y abandonaban la habitación. Así lo hice. Cazar uno vivo entrañaba no poca dificultad, pero lo conseguí. No soy amigo de la violencia, pero creo que en determinadas circunstancias está justificada. Al mosquito que hice preso lo sometí a un interrogatorio sumario durante el cual me vi en la obligación de golpearlo y someterlo a tortura. Así, cuando salí al balcón y estiré el brazo por encima de la barandilla y en mi mano colgaba el cuerpo del mosquito, su rostro presentaba moretones y cortes que habían deformado notablemente su rostro. Era un mensaje: el resto de mosquitos debía saber que no hablaba en broma y llevaría mi amenaza hasta las últimas consecuencias. Entonces, grité desde el balcón hacia dentro de la habitación para llamar la atención del grupo que merodeaba dentro, alrededor de la luz encendida de la mesita de noche, como un grupo de adolescentes en medio de un botellón. Como si oyeran llover. Les traía al pairo lo que hiciera con su amigo. Arranqué una de las alas, el mosquito, mientras, profería alaridos de dolor. Los demás, lejos de sentirse horrorizados, llevaron a cabo, todos a la vez, como si tuvieran ensayada la coreografía, la maniobra de hacerme un calvo, sus culos lampiños relucieron como diminutos fogonazos. No me quedó más remedio: arrojé al vacío a su compañero moribundo, que descendió liviano describiendo en el aire una espiral perfecta. Cuando aterrizó en la acera, una horda de hormigas despedazaron su cuerpo y se dispersaron en todas direcciones cargando los restos descuartizados en lo alto de sus cabezas. 

Esta mañana he amanecido con más picaduras que nunca.

miércoles, agosto 27, 2014

Conversaciones con Martina (111)

Una de las varias banderas que ondea en el paseo marítimo de Sant Feliu de Guixols es la del movimiento gay. Martina se la mira desde la orilla de la playa y le pregunta a su tío: 
—¿Esa bandera de qué es?
—La de los gays.
—¿El qué?
—Es una bandera con la que los gays reivindican la homosexualidad y la lucha contra la homofobia.
Mientras Martina se seca con la toalla dice:
—No he entendido una sola palabra de lo que has dicho.

jueves, julio 17, 2014

Conversaciones con Martina (110)

En TV3 están emitiendo This is it
—Cómo no se iba a morir, si estaba hecho polvo —digo en voz alta cuando veo las imágenes de Michael Jackson deambulando por el escenario como una sombra de lo que había sido.
—¿Se ha muerto Michael Jackson? —me pregunta Martina.
—Sí, se murió hace cinco años.
Se queda mirando las imágenes unos segundos, al final de los cuales dice:
—Claro, de tanto bailar.

miércoles, julio 02, 2014

Cuarentena

—Despierta.
—...
—¡Despierta!
—¿Eh?
—Tu hija.
—¿Qué?
—Tu hija.
—¿Qué hija?
—¿Qué hija va a ser? ¡Tu hija!
—¿Qué le pasa?
—Está llorando.
—¿Llorando? ¿Quién está llorando?
—Tu hiiiija.
—¿Mi hija está llorando?
—Sí, ¿no la oyes?
—Pues...
—Espabila.
—Tendrá hambre.
—No puede tener hambre.
—¿Cómo lo sabes?
—Si no cayeras en coma cuando duermes te habrías dado cuenta de que hace media hora que le he dado el pecho.
—Querrá más.
—Imposible.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Lo estoy.
—¿Y si te equivocas?
—No me equivoco.
—Pero imagina que te equivocas.
—Que no. Se ha quedado saciada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé.
—Pero ¿cómo lo sabes a ciencia cierta?
—Porque después del eructo casi me pide una faria.
—...
—¿Me estás escuchando?
—...
—¡Oye! ¡Despierta!
—¿Eh?
—¿Quieres hacer el favor de atender a tu hija?
—Ay, ratita, ve tú, que yo estoy fatal.
—Te toca.
—Ve tú que eres su madre.
—Y tú su padre.
—Anda, ratita, ve tú.
—¿Estás de broma?
—Por fa, ve tú.
—Ni lo sueñes.
—Yo no estoy en condiciones.
—Bobadas.
—En serio. Ya lo sabes.
—¿Ya sé qué?
—De madrugada no soy persona.
—Excusas.
—De noche mi organismo reduce sus prestaciones un 75%.
—Pues utiliza el 25% que te queda.
—No puedo hacer eso.
— ¿Por qué?
—Mi hija no puede presenciar una versión desvirtuada de su padre.
—Qué estupidez.
—Cuando yo la sostenga en brazos quiero que sienta la presencia pletórica de su padre, y no una réplica devaluada.
—¿Presencia pletórica? ¿Tú?
—Sí, pletórica, protectora, vigorosa, omnipresente.
—¿Te das cuenta de la sarta de tonterías que estás diciendo?
—Pero ¿no lo ves?
—¿Ver qué?
—Si entro en esa habitación en mi estado estamos sentando las bases para que nuestra hija sea toda su vida una desgraciada.
—No veo cómo puede pasar algo así.
—Porque soy su padre, ratita. El ser más admirable de su existencia.
—Por favor...
—Seré el modelo con el que comparará a todos los hombres que conozca.
—¿Y?
—Y si toma como patrón una versión devaluada de mí en el futuro elegirá hombres igualmente devaluados. ¿Vas a permitir que eso ocurra?
—¿Yo? ¿Lo voy a permitir yo?
—Sí, tú. Si no acudes serás la responsable de que su destino se tuerza.
—¿Y cómo demonios se supone que puedo ser yo la responsable?
—Inhibiéndote de tus obligaciones maternales.
—¿Inhibiéndome? ¿Inhibiéndome yo? ¿Hablas en serio?
—Completamente.
—¡Hace un mes que no duermo!
—¡Por eso me sacrifico yo y duermo por los dos, ratita!
—¿Te sacrificas? ¿Dices que te sacrificas?
—¡Me sacrifico! ¿O acaso crees que a mí me gusta dormir trece horas seguida?
—¡Pues claro que te gusta!
—¡De ningún modo!
—¿Ah, no? ¿Ah, no?
—¡No! Son trece horas que estoy alejado de vosotras.
—¿Alejado de nosotras?
—Sí, de vosotras, de ti y de mi hija. Trece horas infernales de sueño profundo en las que siento que vuestra vida transcurre al margen de la mía.
—Al margen de la tuya.
—Sí, al margen de la mía. Me siento desplazado.
—No doy crédito...
—¡Te lo juro!
—¡Pues no las duermas!
—Pero ratita, tengo que hacerlo para que al menos uno de nosotros esté en plenas facultades. ¿No lo entiendes?
—Sí, lo entiendo.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Sabía que lo harías.
—Lo entiendo perfectamente.
—Has recapacitado. Bien hecho, ratita.
—Ya voy yo.
—Sí, ve, ve tú, ya que puedes. ¡Cómo te envidio!
—Pero te aviso.
—Dime, ratita
—La cuarentena está a punto de terminar. ¿Lo sabes, no?
—Lo sé bien, ratita.
—Y he decidido prorrogarla.
—¿Prorrogarla?
—Sí, prorrogarla.
—¿Prorrogarla hasta cuándo?
—Hasta el infinito y más allá.
—Venga, ratita, con esas cosas no se bromea.
—No bromeo. De hecho, nunca he hablado más en serio.
—Pero mujer...
—Voy a batir un récord: voy a protagonizar la cuarentena más larga de la historia de las cuarentenas.
—Por favor, ratita, recapacita.
—Será la madre de todas las cuarentenas.
—A ver, ratita, somos adultos, hablémoslo.
—Mi cuarentena va a durar un lustro.
—Mujer...
—Qué digo un lustro: una década.
—Que era broma, mujer, que ya me levanto yo...

martes, julio 01, 2014

Conversaciones con Martina (109)

Martina, a su madre:
—Mama, yo no quiero un novio gordo. Como tenga un novio gordo lo echo de casa.

Convincente y original

—¿Me quieres?
—Mucho.
—¿Cuánto?
—Te lo acabo de decir: mucho.
—Mucho es una abstracción.
—¿Una abstracción?
— Mucho no me ofrece información exacta de cuánto me quieres.
—Pues no se me ocurre otra forma de decírtelo.
—Porque no me quieres lo suficiente.
—Ya estamos.
—Es verdad.
—En absoluto.
—Demuéstramelo.
—¿Ahora quieres que te lo demuestre?
—Ahora y antes.
—No, antes me has formulado una pregunta.
—Que tú has respondido.
—Exacto.
—De forma insatisfactoria.
—¿Quererte mucho no te satisface?
—Mucho es solo una palabra.
—Que describe una realidad.
—A veces sí, y a veces no.
—¿Cuándo no?
—Cuando se usa como palabra comodín.
—¿Como palabra comodín?
—Sí, esas palabras que se vacían de contenido por exceso de uso.
—No te entiendo.
—Las que sirven para un roto y para un descosido.
—Sigo sin saber qué quieres decir.
—Como cuando un mal escritor emplea el mismo verbo para describir acciones distintas. Ya sabes a qué me refiero.
—No, no lo sé.
—Hacer un libro, en lugar de escribirlo, hacer un viaje en lugar de emprenderlo, hacer un cuadro en lugar de pintarlo.
—Ah, eso.
—Eso.
—Y según tú, ¿qué tendría que haber respondido cuando me has preguntado si te quería?
—Tendrías que haber sido más convincente.
—¿Más convincente?
—Más convincente, y más original.
—Convincente y original.
—«Mucho» es lo que hubiera respondido cualquiera. Y yo no quiero que tú seas cualquiera.
—No lo soy.
—Pues demuéstramelo.
—Lo hago a diario.
—No siempre con la misma intensidad.
—Sería extenuante.
—Merece la pena.
—Lo sé.
—Pues inténtalo.
—Veamos...
—Tú puedes. Sé que puedes.
—Pero no te aseguro que sea de cosecha propia.
—¿Qué quieres decir?
—Que recurriré a escritores y poetas.
—No importa.
—Por ejemplo: «Yo solo viví durante el tiempo en que te quise y me quisiste, el resto es supervivencia».
—¡Oh! ¿Ves? ¡Te quiero tanto cuando te esfuerzas!
—¿Sí? ¿Cuánto?
—Mucho.