domingo, abril 07, 2013

Escrache

Sobre el escrache. Yo lo veo así: hay dos mundos, el de ellos y el nuestro. Y cada vez más distanciados. El de ellos es próspero, gozan de muchos privilegios y no hay el menor rastro de olor a sardinas. En el nuestro prevalece la incertidumbre, la precariedad laboral, el miedo. No hacen nada por mezclar su mundo con el nuestro. Nosotros sí, a veces tratamos de ponernos en su lugar, paseamos por sus urbanizaciones —cuando se puede— como turistas atónitos, como pueblerinos recién llegados a la metrópoli, y miramos las tapias altas que se alzan en torno a sus casas, pero las miramos como miramos el escaparate de una boutique de lujo, conscientes de que no están a nuestro alcance, ni lo estarán jamás. Desde su mundo condicionan el nuestro sin ver amenazado el suyo, manejan el nuestro y lo manejan a su antojo. Ellos son insensibles a nuestra suerte porque no se ponen en nuestro lugar. Para ellos, apenas existimos. Somos una multitud sin rostro que contemplan, de camino a casa, tras los cristales entintados de sus coches; somos cifras, datos macro económicos que manejan durante el día, al final del cual regresan a sus casas, tan alejadas de las nuestras. El escrache es acercar nuestras casas a las suyas, convertirnos en vecinos, el escrache es que se cuele por sus ventanas el olor de las sardinas que cocinamos, el escrache es revelarle nuestra existencia. Quizá —y sólo quizá— sea la única forma de hacerles entender que lo que hacen tiene consecuencias.

Dos gotas


Te tengo que decir una cosa.
—Qué cosa.
—Se acabó.
—El qué, ¿mirarte?
—No, reírte las gracias. Ya no lo voy a hacer más.
—¿Por qué?
—Por qué va a ser, porque tienes la gracia en el culo. Siempre la has tenido ahí.
—Y entonces ¿por qué te reías?
—Qué sé yo. Por inercia.
—¿Por inercia?
—O por quedar bien. ¿No me digas que a ti no te ha pasado nunca?
—¿El qué?
—Que no te haga ni puta la gracia lo que dice alguien, y sin embargo te rías porque sabes que el otro espera que te rías.
—Supongo.
—Fijo que te ha pasado. Si me ha pasado a mí, por huevos te ha tenido que pasar a ti. Y eso no está bien.
—¿Reírte de lo que no tiene gracia?
—Exacto. No está bien.
—¿Por qué?
—Porque si me río sin que me haga gracia, es como si estuviera mintiendo.
—Qué más da. Son mentiras piadosas.
—Me meo y me cago en las mentiras piadosas. Son mentiras, y punto. Y el mundo sería un lugar más habitable si dijéramos lo que pensamos de verdad.
—¿Tú crees? Yo creo que se iría todo a tomar por culo a la primera de cambio.
—Que no. Prueba.
—¿Que pruebe? ¿Que pruebe qué?
—Prueba a decir algo de mí que nunca te hayas atrevido a decirme.
—Venga ya.
—Que sí. Que no pasa nada. Va, con dos cojones. Di lo que quieras. Ni me voy a inmutar.
—A ver, déjame que piense.
—Tómate tu tiempo.
—Por ejemplo...
—Dispara.
—… me jode mucho verte todas las mañanas con legañas en los ojos.
—¿Te jode o te da asco?
—Las dos cosas: me jode y me da asco.
—Vale, legañas. Lo asumo. Venga, sigue.
—¿Más?
—Sí. Seguro que hay más cosas que te joden. Desembucha.
—Como quieras. Me toca mucho los huevos, pero mucho, que saques las llaves de casa cuando falta un kilómetro y medio para llegar. Tú no sabes cómo me toca los cojones verte las llaves colgadas de la mano durante un kilómetro y medio como si fuera un sonajero. Ni te imaginas.
—Ok. Vamos bien. Las llaves. Venga, aprovecha que estás en racha. Sigue.
—No me gusta tu perro, no me gusta nada de nada. Es feo de cojones, y da asco, da mucho asco. Siempre intenta follarse mi pierna. Se yergue a dos patas y se pone a refregar su polla contra a mi pierna. Coño, como si mi pierna se pareciera a una perra. Una de dos, o tu perro es ciego, o es subnormal.
—Eso lo hacen todos los perros, no sólo el mío.
—Me la suda. Es que no me gustan los perros en general, ni el tuyo ni el de nadie. Y me toca mucho los cojones que un animal que confunde una pierna con una perra sea considerado el mejor amigo del hombre. Y luego está lo de la mierda. Recoger en una bolsita las mierdas que van dejando por todos lados. No le cambio el pañal ni a mi hijo y le voy a recoger la mierda a un perro: una polla como una olla. Y me tocan mucho los cojones los músicos callejeros. Para uno que sabe tocar, cien no tienen ni puta idea. La música amansa a las fieras… un nabo para ti. Voy en el tren y en la primera parada sube un hijo de puta que se cree Michael Jackson o su puta madre, y pone en marcha el amplificador y se pone a cantar como si tuviera un cangrejo pellizcándole los huevos. El hijo de puta, qué mal canta. ¿Y qué pasa entonces? Que no puedo leer mi libro en todo el camino. Y hablando de libros, le arrancaría los pezones con unas tenazas incandescentes a todos los que les presto uno y me lo devuelven con las puntas de las páginas dobladas. Soplapollas, me cago en tus muertos, ponle un punto de libro, que no cuesta nada, aunque sea una mierda de cartón, ni que tuvieras que ponerle un billete de quinientos euros. Así reventaras, cabrón. Ah, y a quien no soporto tampoco es a ese mamón que cuando estás sentado en la butaca de cine, se pasa toda la película dándole golpecitos con el pie a tu asiento, por detrás; joder, a ese le arrancaría el pie, qué cojones, arrancar no: se lo cortaría a machetazos, por encima del tobillo, ¡zas, zas, zas!, y luego se lo metería por el culo con zapato y todo, y si el zapato tiene hebilla, tanto mejor. Ah, y a todos esos cerdos que se dejan la uña del dedo meñique largas como mejillones, a esos les cortaría el dedo ese asqueroso y le sacaría la cera de las orejas con él, y se la daría a comer y no dejaría de meterle cera en la boca hasta que cagara cirios. Joder si lo haría. Ya lo creo. Pero ¿sabes qué es lo que de verdad me pone enfermo?
—No ¿qué?
—¿De verdad no lo sabes?
—Ni puta idea.
—¿No lo sospechas ni siquiera un poquito?
—Que no, coño.
—Lo que de verdad me pone enfermo es llegar a casa, encerrarme en el váter, y soltar toda esta sarta de gilipolleces contra la imagen que me devuelve el espejo.

viernes, abril 05, 2013

Lavaos

Un día lo haré. El día menos pensado los cogeré por banda, uno a uno o todos a la vez, y les diré: lavaos. No es malo, no va en contra de ninguna ley ni constituye un delito. El agua esta ahí para nosotros. Coño, es un jodido milagro de la naturaleza. Eso si que es un milagro y no toda esa sarta de soplapolleces de dios y su puta madre. Joder, que el mamón ese caminara por encima del agua no quiere decir que no quisiera sumergirse en ella. Ya no os exijo que la mezcleis con jabón, ni mucho menos: entiendo que vuestras diferentes sensibilidades y supersticiones os hagan reacios a los componentes químicos. Un invento del demonio. Lo entiendo, no lo comparto, pero lo entiendo. Pero ¿el agua? ¿Qué coño os ha hecho el agua para pasar de ella de esa manera? ¿Es porque hay mucha y os produce hartazgo? Pensáis: joder, tres cuartas partes del planeta son agua, qué hartura ¡Pero mamones, si no la tenéis que utilizar toda! Basta una miaja de nada, para los sobacos, y, si me apuráis, para mitigar, en la medida de lo posible, el puto aliento a rayos que sale de vuestras entrañas. Ese puto aliento que parece, fíjate tú qué paradoja, que huya porque no puede soportar estar ahí adentro.

Qué hacer.

Creo que voy a dejar de ver informativos. Afectan seriamente mi estado de ánimo. Pero si dejo de verlos, parece como que huya de la realidad, como que la eluda, como si no hacerle frente constituyera un síntoma de cobardía, o irresponsabilidad. El dilema me sale al paso: si continúo leyendo, viendo o escuchando las noticias me veo abocado a una depresión, a una desmoralización constante, con la sensación de habitar una distopía. Y si no lo hago, viviré como un niño, sin preocupaciones, feliz, como si cada día fuera un regalo. Qué hacer.

jueves, abril 04, 2013

Coversaciones con Martina (53)

Pilar está duchando a Martina. Martina aprovecha el vaho que cubre la puerta de cristal de la ducha para dibujar un corazón con el dedo .
—Esto es todo lo que te quiero, mama —dice señalando el corazón. A continuación dibuja un corazón más grande y añade:
—Y esto es lo que quiero al papa.
Pilar contempla la diferencia de tamaño entre los dos corazones.
—¿Quieres más al papa que a la mama? —pregunta Pilar, ofendida.
—Bueno sí, y a la tía Manoli —responde Martina, incapaz de advertir que se está pisando terreno peligroso.
—En un ranking de los tres, ¿la tía Manoli va primero?
—interroga Pilar.
—¿Qué es un ranking? —pregunta Martina.
—El orden, quién va primero, segundo y tercero. Eso es un ranking.
—Sí —responde Martina. La expresión de ofendida de Pilar se acentúa.
—¿Qué? —expresa Martina al ver la cara de su madre. Y Pilar, poniendo de manifiesto una madurez notable, contesta:
—Nada, nada... que el cariño verdadero no se compra con dinero.

domingo, marzo 31, 2013

Conversaciones con Martina (52)


Reñimos a Martina porque se ha metido en medio del césped mientras estaba en marcha el riego automático. 
—Es la única manera que he encontrado de divertirme —responde con gesto serio y la ropa y la cara salpicadas de agua.