Ayer, no obstante, encontré una posible respuesta. Visitamos el Rijksmuseum, donde exponen algunas pinturas de uno de mis artistas favoritos, Rembrandt. Antes de entrar, en un parque frontero, Martina estuvo jugando, y allí tuve oportunidad de ver los toboganes que gastan los holandeses, y la razón por la que los niños crecen tan fuertes y robustos. Por lo menos los niños que consiguen sobrevivir a la atracción, que según me he informado a través de fuentes oficiales son cinco de cada diez. El resto perece al intentar trepar tronco arriba, se descoyuntan contra las maderas o se descalabran contra el suelo. Como dicen en las películas malas, lo que cuento es verídico, tuve oportunidad de ver restos de niño debajo de los troncos y alguna placa en memoria de los caídos.
Parece ser, ya digo, que para todo son un poco brutos. Comprobad si no cómo aparcan los bomberos cuando acuden a una urgencia. Esa forma tan poco sutil de estacionar arrojaría luz, sin embargo, a un misterio que me tiene asombrado desde que puse los pies en la ciudad, y que todavía no he conseguido desentrañar: la gran mayoría de bicicletas que circulan no tiene frenos, o por lo menos yo no se los he sabido ver. No sé cómo lo hacen para frenar, habida cuenta que no circulan precisamente con prudencia y moderación, antes al contrario. La única explicación que he sabido dar es que salten de la bicicleta en marcha, a la carrera, y la bicicleta siga sola hasta que se hunde en uno de los canales. Lo cual explicaría, a su vez, por qué cada años las autoridades rescatan de fondo de las aguas centenares de bicicletas.
En fin, no puedo escribir más. Pilar me urge a que salgamos a la calle de nuevo. Esta noche, si puedo, os daré más detalles.



