
Cuando uno contempla en televisión a una pandilla de descerebrados, enaltecidos por una ignorancia atávica, reclamando la muerte de una profesora que en una escuela de Sudán tuvo la feliz idea de bautizar a un inofensivo osito de peluche –¿cabe imaginar símbolo más afable? – con el nombre de Mahoma, se pregunta por qué no se responde con mayor contundencia cada vez que un sujeto similar se obstina en trasladar a Europa las perversas costumbres que en su país practican alegremente y en nuestro continente no sólo están desaconsejadas sino las más de las veces prohibidas. No digo que se deba imitar el rebuzno colérico que profieren esos lunáticos, faltaría más, pero sí una defensa desacomplejada y entusiasta e inamovible de los valores democráticos, y no ese balbuceo exhausto y timorato que las naciones del viejo continente, valga el ejemplo, sostuvieron al unísono en el decurso de la polémica suscitada por la publicación de las caricaturas a Mahoma.
A veces se le ocurre pensar a uno que la democracia es una herramienta de la que se sirven a su antojo quienes menos creen en ella o ningún respeto les merece, y la desdeñan a la menor ocasión que les sale al paso, ya sea verbalizando su desdén con coléricas proclamas que declaman a voz en cuello, o mediante acciones violentas que dejan tras de sí ese rastro sanguinolento de cuerpos despedazados yaciendo por doquier. En el segundo caso se pretender ofrecer una respuesta diligente y por lo general apresurada que persigue ajusticiar a los culpables con una mesura que, ay, nunca será considerada equitativa, pues, mal que nos pese, el común de los mortales desea y exige y espera que quienes han causado un dolor irreparable a un familiar o a un amigo o a un conocido reciban un castigo proporcional cuando no idéntico al que han infligido.
En el primer caso, sin embargo, el del desprecio propagado públicamente, resulta sumamente descorazonador e irritante a un tiempo que quienes lo expresan estén precisamente echando mano de uno de los principales baluartes de la democracia, la libertad de expresión, para cuestionarla y vituperarla y socavarla llegado el caso. Es intolerable, por ejemplo, que un Imán se traslade a un país occidental de tradición democrática y propague contra sus ciudadanos toda suerte de inquinas y malevolencias y envilecimientos que puedan poner en riesgo sus vidas, enardeciendo el ánimo de cuatro desalmados que no tendrán el menor reparo en inmolarse en medio de una muchedumbre que deambule inadvertida en una plaza o calle céntrica de una ciudad cualquiera. Es igualmente inaceptable que otro Imán rechace ser entrevistado por una periodista con el pretexto inexcusable de que es de sexo femenino y hasta abandone el plató por semejante motivo. Una defensa a ultranza de las leyes democráticas debería haberlo invitado asimismo, y de forma inmediata, a que abandonara el país con el recordatorio de que no volviera a poner los pies en él, o en caso de pretenderlo, recordarle de forma explícita y hasta sumamente persuasiva cuáles son las sanas costumbres del país que pretende que lo acoja, y con cuánto empeño y escrúpulo debe observarlas, algo así como: nos trae sin cuidado el apego que en su país muestren por la mujer, o sí que nos importa pero nada hay que podamos hacer para impedirlo, pero aquí, en este, se le profesa toda consideración y es de recibo que también usted se lo muestre so pena de acabar con sus huesos en la cárcel. Y de esa forma enumerarles todas y cada una de las rarezas e injusticias que en su país de origen suelen perpetrar y sin embargo aquí están prohibidas.
El caso es que si, tal y como ha sucedido últimamente, nos rasgamos las vestiduras por librar de todo acoso o crítica, por venial o tibia o desafortunada o soez que sea, a la monarquía, deberíamos echar mano de una respuesta igualmente diligente y disuasoria que reprimiera toda intención de vilipendiar el sistema político que más prosperidad ha procurado a las naciones que tradicionalmente la han practicado con obstinada fidelidad.



