jueves, abril 27, 2006

La encerrona (relato breve)



Desde hace varios días mantengo confinado en mi buzón a un repartidor de correo comercial cuyo comportamiento me venía exasperando desde hacía varias semanas. Se preguntarán ustedes cómo ha podido caber toda una persona en un repceptáculo tan pequeño. Créanme si les digo que se sorprenderían de la infinita ductilidad que posee el cuerpo humano para adaptarse a cualquier espacio por pequeño que este sea. El caso, en suma, es que dicho repartidor tenía por costumbre atiborrar mi buzón con toda clase de impresos publicitarios hasta dejarlo saturardo, de tal forma que mi correspondencia privada —razón de ser, no olvidemos, de los buzones—, al no hallar el cartero el mínimo espacio libre por el que introducirla, acababa las más de las veces esparcida por el suelo o apoyada en alto contra la pared, en el borde exterior del conjunto de buzones del edificio y por tanto no en su interior como es de rigor. Lo que más rabia me producía, sin embargo, era que el buen hombre, en lugar de dejar un solo ejemplar de la hoja o folleto publicitario o lo que fuera que ese día cargara consigo, cogía un grueso fajo repetido y lo introducia apresuradamente de cualquier manera con el fin, imagino, de agotar cuanto antes las existencias para así dar por concluida su jornada laboral sin atender a la obiedad de que con un solo folleto ya se apaña el cumún de los mortales.
El caso es que el día de autos —siempre he querido utilizar esa expresión— estuve aguardando agazapado en la penumbra del portal a que apareciera el individuo para expresarle mi descontento y pedirle que depusiera su actitud y en adelante procediera con mayor civismo y respeto a la propiedad ajena. Una cosa llevó a la otra y sin apenas advertirlo lo que empezó como una discusión acalorada pero inofensiva desembocó en una pelea barriobajera en la que el tipo se llevó la peor parte. En un rapto de furia irreprimible lo inmovilizé por el brazo mediante una llave de defensa personal que seguramente estaría instalada en mi subconsciente de mis tiempos de espectador de películas de Chuck Norris (que alce el brazo quien no tenga un pasado), y lo introduje poco a poco en el interior del buzón, empezando por el dedo meñique y acabando por la cabeza, extremidad esta en la que de más está señalar empleé mayor energía y me causó más fatigas que el resto del cuerpo junto.
Así pues, desde el día de autos —le he cogido gusto a la expresión— me he convertido en un héroe para mis vecinos, pues también ellos eran al parecer víctimas del problema pero habían decidio padecerlo en silencio. No dejan de destacar el arrojo del que he hecho acopio para enfrentarme a una problemática que aseguran se da en todas las comunidades de vecinos. El repartidor, entretanto, no sólo continua alojado en el interior de mi buzón sino que, para mi sorpresa y no poca preocupación (pues todo fue resultado de un arrebato de rabia y en modo alguno esperaba que semejante situación se prolongara más de lo imprescindible), amenaza con establecerse indefinidamente porque asegura que le ha cogido cierto cariño al angosto habitáculo. Con voz fatigada y nasal por la estrechez pero feliz señala que para padecer estrechezes a la intemperie prefiere padecerlas bajo techo. Tan de verás lo desea que para no contrariarme y mitigar en lo posible las molestias que su estancia puedan acarrear en el desarrollo cotidiano de mi vida, ha realizado un gran esfuerzo y ha conseguido moverse la distancia justa para que el cartero pueda intruducir sin problemas mi correspondencia privada, lo cual pone de manifiesto que el ser humano, además de poseer ductilidad y una enorme capacida para adaptarse a cualquier situación, es de una naturaleza acomodaticia que da asco.


lunes, abril 24, 2006

El sufrimiento necesario



El escritor mexicano Sergio Pitol señaló en El arte de al fuga que "uno es una suma mermada por infinitas restas". Puesto que en infinidad de ocasiones se ha dicho y he leído que nada que se escriba desde un estado de felicidad absoluta o de tránsito a ella puede devenir alta literatura (en mejor ocasión devatiremos quién está facultado para aventurar qué es o deja de ser literatura) y en cambio se cree que las mejores obras pueden surgir a partir del dolor que una pérdida u otra forma de sufrimiento causa en su autor, he reflexionado a menudo sobre esa terrible paradoja que se da en los escritores, según la cual para concebir textos excepcionales (objetivo de escritor que se precie por más que insista en negarlo) es necesario padecer el desconsuelo de asistir a la muerte o la aflicción de aquellos a los que quieren y asimismo a los que no les une parentesco alguno pero cuyo dolor contemplan y necesitan como aliento para su inspiración.

jueves, abril 20, 2006

Libretas


Poseo numerosas libretas en las que anoto escrupulosamente todo lo que considero me será de utilidad en el futuro, y también aquello que en principio pudiera carecer de interés o provecho para otras personas pero a mí me depara un beneficio en ocasiones discutible o desatinado pero tentador por alguna extraña razón imposible de explicar. Es un hábito este -el acopio de libretas- que se remonta a mis tiempos de enseñaza primara, cuando uno de esos profesores indispensables que todos hemos tenido alguna vez -Luis se llamaba el mío- me persuadió de que mientras leía debía acostumbrarme a buscar en el diccionario todas y cada una de las palabras cuyo significado ignorara. Yo, que suelo llevar al exceso la menor sugerencia o consejo -simpre y cuando juzgue me será de provecho- no sólo lo llevé a efecto en adelante sino que además decidí anotarlas en una libreta y memorizar su significado. A partir de entonces procuraba cargarla siempre conmigo y aprevechar la menor oportundiad que se me presentaba -en la parada del autobus o mientras viajaba, también en la cola del supermercado o en la sala de espera del médico- para leer y releer su contendio. Aquel cuaderno -hoy día un tanto maltrecho por el uso pero aún de gran utilidad- fue el primero de una larga lista: los que contienen citas de personajes ilustres, los destinados a glosar términos de teoría literaria, los de gramática, los de historia, etc.
Si bien no hace falta llegar a semejantes extremos, todo el que lee debería hacerlo con el diccionario a su alcance -ese cementerio del que uno desentierra las palabras, que decía Cortázar- e indagar el significado de los términos que desconozcamos y asimismo aquellos a los que por similitud con otros les presumamos un sentido en ocasiones equivocado. Hagan la prueba.

martes, abril 18, 2006

¿Quiénes somos?


Recientemente tuve oportunidad de asistir como testigo involuntario a una charla que me deparó cierta perplejidad. Vagaba yo por entre los anaqueles atestados de libros de una conocidísima tienda o centro especializado, no tanto con idea de adquirir uno como por la necesidad física de proximidad que de vez en cuando necesitamos satisfacer quienes apreciamos el libro no sólo por su tan cacareada función divulgativa (en el supuesto caso de que la poseyera, lo cual habría que empezar a cuestionar habida cuenta el analfabetismo cultural que parece haberse instalado en todo cuanto nos rodea), sino como un objeto valioso por sus cualidades meramente estéticas.
Pues bien, en ésas andaba yo, mirando con el entrecejo fruncido el lomo de los libros, tratando de alcanzar, fatigosamente erguido debido a mi corta estatura, los situados en los anaqueles más altos, o bien en cuclillas, examinando los dispuestos a la altura de mi cintura, cuando a un par de metros de mí se concentraron cuatro jóvenes empleados de la tienda e iniciaron una tertulia o conciliábulo en el que cada uno de ellos expuso, entre un escándalo más bien inapropiado de risas y burlas, los más disparatados ejemplos de clientes que, siendo neófitos en asuntos literarios, habían dejado constancia de su desconocimiento al acudir sin el menor sonrojo en busca de la ayuda de dichos empleados para localizar libros tales como Cazuela, en lugar de Rayuela de Julio Cortázar, A la zaga de los espíritus, en vez de La casa de los espíritus de Isabel Allende, y tantos más ejemplos que no me detendré en enumerar. Debo reconocer que al principio participé del estupor que les producía a los ociosos dependientes semejante suerte de laguna intelectual, y incluso me permití, allí agachado haciendo ver que buscaba y removía libros cuando toda mi atención se había concentrado ya en escucharlos, me permití, digo, una sonrisa burlona como muestra de complicidad. Pronto caí en la cuenta, sin embargo, de que yo mismo podía haber sido uno de los clientes que eran objeto de sus burlas, si no en materia literaria sí en cualquier otra de la larguísima lista de asuntos de los que lo ignoro absolutamente todo, y si no en una librería sí en cualquiera de los innumerables comercios en los que he entrado sin apenas tener más que alguna noción confusa de aquello que quería adquirir. Y entonces; ¿qué no habrán dicho de mí los dependientes a mi marcha? ¿Cuánto regocijo y momentos de guasa les habré deparado? ¿Durante cuánto tiempo habré encabezado la lista de ignaros —el top ten — que probablemente guardaran en algún rincón inaccesible de la tienda para su privado alborozo?
Semejantes reflexiones me condujeron a conjeturas respecto a qué sucedería si tuviera acceso a lo que de mí piensan u opinan quienes me conocen poco o mucho, o bien los que lo ignoran todo de mí y sin embargo se toman la licencia de observarme y juzgarme en virtud a supuestos equivocados que han elaborado tras un fugaz encuentro conmigo, pongamos por caso mientras ambos subíamos en silencio en un ascensor o aguardábamos uno tras otro en la cola del supermercado. Estamos, en verdad, a merced de los supuestos que de nosotros alcance el desconocido que nos observa a hurtadillas, o a las certezas que posee un amigo o familiar y sin embargo nos oculta y no se atreverá nunca a mencionarnos, poseemos más identidades de las que jamás podremos conocer, pues no sólo somos quienes creemos ser, sino todos aquellos que la mirada y el juicio ajeno nos revela.

lunes, febrero 13, 2006

No se puede engañar siempre


Puedo imaginar los términos en que se produjo la conversación, habida cuenta lo predecible de ambos personajes. Lo que debemos hacer, diría Acebes a Rajoy mientras se atusaba el flequillo con la palma de su mano derecha abierta, es aprovecharnos de la idiotez y el analfabetismos del que adolece la mayoría de la gente y aseguarles que la próxima puesta en libertad de etarras no es debido a que han cumplido sus penas, como en efecto ha sucedido, sino porque el Gobierno no sólo lo desea sino asimismo le conviente. Los ciudadanos, Mariano, son iletrados y no sabrán deducir por sí solos que los terroristas habrían sido excarcelados gobernara quien gobernara, la estupidez de la gente es tal que les impide saber que es una decisión judicial en la que difícilmente puede intervenir el ejecutivo. Los votantes, Mariano, jamás pensaran que a quien verdaderamente beneficia la libertad de los etarras es a nosotros y sólo a nosotrso, que lo utilizaremos sin rubor contra el Gobierno. Mariano Rajoy, con cierta preocupación, le habría preguntado a Acebes por qué iba a funcionar ahora lo de engañar al país cuando no surtió efecto durante los días que precedieron al 14-M. Esto es diferente, contestaría Acebes con una media sonrisa dibujada en su prognata mandíbula.Rajoy asentiría en silencio mientras se preguntaba acaso si Acebes conocería aquellas palabras atribuidas a Lincon,según las cuales se puede engañar a todo el mundo a ratos y algunos siempres, pero no a todos siempre.

sábado, febrero 11, 2006

Responsabilidad


En el caso hipotético de que no se alcanzara la paz con ETA por culpa de una oposición política resentida que entorpeciera sistematicamente las supuestas conversaciones que pudiera estar manteniendo el Gobierno con el grupo terrorista,¿a quién habría que pedir responsabilidades por las nuevas muertes que, como consecuencia del fin abrupto de las negociaciones, se produjeran? Es muy cierto que las víctimas del terrorismo y sus familiares merecen toda la consideración que se les pueda ofrecer, pero no es menos cierto que el Gobierno debe hacer cuanto esté en su mano para evitar que se produzcan más muertes. Ese debe ser el empeño principal que guie al Gobierno y asimismo el que debería perseguir la oposición, si no permaneciera todavía bajo los efectos de la derrota electoral del 14-M,de la que, objetiva e indirectamente, alguien debería recordarles más a menudo que fueron los únicos responsables.