Martina:
—Papa, ¿sabes qué? La Laura ha dicho una palabrota y me han castigado a mí.
—¿Y eso?
—No sé. Ella ha dicho la palabrota primero, y me castigan a mí. Qué morrazo, ¿no?
—¿Primero? ¿Qué quiere decir primero? ¿Ha habido una segunda?
—Pero la Laura la ha dicho primero.
—¿Quieres decir que tú la has dicho también, la palabrota?
—Pero la Laura ha sido primero.
—¿Qué palabrota has dicho?
—No te lo voy a decir.
—Dímela.
—No.
—Y ¿por qué te han castigado a ti?
—Porque a ella no la han oído.
—¿Que no la han oído? Entonces es como si no la hubiera dicho. Y eso es como si tú fueras la única que ha dicho la palabrota.
—Pero ella la ha dicho primero.
—Pero es a ti a quien han oído. ¿Qué palabrota era esa?
—No te lo digo.
—No me puedo creer que hayas dicho una palabrota. Dímela.
—No —y baja la mirada, avergonzada.
—Venga, dímela al oído.
—No.
—Vengaaa.
Me agacho y pongo la oreja a la altura de sus labios.
—Gilipollas —musita.
domingo, febrero 26, 2017
Podredumbre
Si alguien tiene como animal doméstico una piara de cerdos hambrientos, le cedo mi Seat Ibiza para saciar el hambre de esos bichos. Ayer me entretuve contemplando la mierda de años que se acumula en el interior del coche, y pude identificar, bajo la montaña de hojas marchitas, las migas de pan reseco como piedras, y los ganchitos anaranjados tiesos como poliespán, identifiqué, digo, un trozo de filete rebozado con apenas dos dentelladas que se me cayó en 1999, trece cabezas de gambas saladas, cinco carcasas de caracol, los restos cubiertos de moho de un bocadillo de jamón dulce con mantequilla, y el cadáver de una liebre que atropellé durante un viaje que realicé por Extremadura en el año 2000. También me pareció ver los restos de un polvo amarillo todavía por identificar, aunque estoy casi seguro de que son: o bien veneno para ratas que arrojé allá por el 2003 para tratar de acabar con una rata tamaño gato que merodeo el coche durante unos días, o bien sidral o petazeta que se le cayó a mi hija Martina cuando tenía cuatro años. Evidentemente, no me hago responsable de que parte de la piera de cerdos o toda ella pierda la vida por la ingesta de algún producto todavía sin catalogar que posiblemente me haya pasado inadvertido
martes, noviembre 15, 2016
LA RAZÓN NOS ASISTE
Parece haber una colonia de hormigas en algún lugar de la cocina. Cada día tengo que realizar unos raid y pulverizar con insecticida el mármol. La sensación de poder que me proporciona poseer esa arma devastadora es adictiva. Disfruto realizando varias pasadas —incluso imito con la boca el ruido del avión— a pesar de que basta una sola para acabar con ellas. Sin embargo, lejos de extinguirlas, al día siguiente vuelvo a hallarlas deambulando como solo lo hacen las hormigas: con aspecto de distraidas y obcecadas a la vez. Entonces vuelvo a coger el insecticida y, en un rapto de ira, lo arrojo sin descanso, una y otra vez, hasta diseminar por todo el piso una nube tóxica que, en todo caso, no sacia mi sed de venganza.
Martina y Pilar han hecho causa común y me han reprochado mi actitud. Dicen que esa situación no puede prolongarse por más tiempo, que parezco un marine desquiciado arrojando Napalm sobre una población inocente. ¿Inocente? Pero si nos roban nuestros víveres a hurtadillas, les he dicho yo con cierto deje melodramático; muy propio de mí, la verdad.
El caso es que a Martina ha propuesto una solución: una conferencia de paz. Ayer por la noche citó a las hormigas en la cocina para establecer los primeros contactos con objeto de poner fin al conflicto. A mí no me hace ninguna gracia, pues de alguna manera constituye un acto de claudicación: cedo mi territorio a las fuerzas hostiles en lugar de luchar por él.
Acudí, a disgusto, pero acudí. Las hormigas también. Todas. Y cuando digo todas, digo la colonia al completo. Estaba la líder y detrás de ella no menos 55.796 y pico de diminutas cabecitas. Disculparéis que no pueda precisar la cifra exacta, pero había un grupito reducido en el flanco derecho, cerca de la vitrocerámica, que no dejaba de moverse y me hacían perder la cuenta.
Martina, mi hija de seis años, ejerció de traductora. Desde que aprendió a comunicarse con el loro que tiene el dueño de un bar que hay frente a su colegio, su interés por las lenguas de la fauna ha crecido y a día de hoy prácticamente las domina todas.
Las conversaciones se iniciaron con retraso. La culpa fue de las hormigas, que son tan metódicas y afines a los rituales ancestrales como lo son los japoneses, y antes de dar comienzo realizan las presentaciones y los gestos de rigor. Así, tuvimos que soportar estoicamente cómo desfilaban frente a nosotros las 55.796 y pico de hormigas, saludando lentamente mediante una exasperante genuflexión. Finalmente se expresó la Reina de la colonia.
—¿Qué? —dijo Martina que había sido la primera palabra pronunciada por la líder.
—¿Qué de qué? —le dije a Martina que trasladara a su vez.
—¿Qué de qué, de qué? —respondió la Reina.
Miré a Martina y le pregunté si esa Reina era una reina subnormal.
—No me consta —respondió.
—Pues lo parece.
—Papa, no digas exabruptos o echaras por tierra las negociaciones —me reprochó mi hija.
Finalmente, las propuestas de la reina quedaron sobre la mesa: pleno derecho para circular libremente por el mármol en busca de restos de comida, y mi compromiso personal de que al menos un día a la semana yo comería en la cocina.
—¿Y eso por qué? —le pregunté a mi hija.
—Porque según han podido comprobar por ellas mismas, eres el más guarro de la familia y, por tanto, el que más restos de comida deja a su paso.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Durante todas la negociaciones yo había reprimido el impulso de darlas por acabadas e iniciar una guerra total que extinguiría la población de hormigas de una vez por todas, y lo había hecho por respeto a la buena voluntad de mi hija y de mi mujer. Pero hasta ahí habíamos llegado. En modo alguno podía tolerar que 55.796 y pico de insignificantes hormigas me faltaran el respeto en mi propia casa. Fui presa de la ira, me desembaracé de Martina, que conoce mis prontos y trataba de detenerme, y me abalancé sobre el bote y arrojé toneladas de insecticida sobre todas ellas. Martina rompió a llorar mientras yo contemplaba con fruición como a los bichos se les enturbiaba la mirada y se retorcían lentamente como si estuvieran siendo pasto de las llamas.
—Has acabado con la única posibilidad que teníamos de alcanzar la paz —me dijo Martina entre sollozos, con los cuerpos de las hormigas cayéndo por entre los dedos.
Le sostuve la mejilla, la mire, la abracé contra mi pecho, y le dije:
—Tienes que ser fuerte, hija mía. Esta será una guerra larga y dolorosa. Familiares y amigos se dejarán la vida en el camino. Pero no te quepa duda de que al final, cuando todo haya concluido, seremos nosotros los que seguiremos en pie. Porque la verdad y la razón nos asiste.
jueves, noviembre 10, 2016
Martina, nueve años después
Un día como hoy de hace nueve años nació de improviso Martina. Digo de improviso porque en efecto fue así, pues yo, que suelo ser el último en enterarme de todo, no reparé en que mi mujer había estado nueve meses embarazada hasta que un tipo disfrazado de Águila Roja pero de color verde piscina apareció tras las puertas batientes de una sala del hospital de Mataró con la misma desenvoltura con la que los forajidos irrumpían en los salones de las películas del Oeste. El tipo echó una mirada en redondo, fijó la vista en mí, miró el bulto que sostenía entre los brazos, me miró de nuevo a mí y acto seguido se acercó y depositó en mis brazos un trozo diminuto de carne sollozante envuelta en una manta de rizo.
Tu hija, farfulló tras la mascarilla de quirófano que aun lucía sobre la boca.
Debe de tratarse de un error, acerté apenas a balbucear.
Me quedé allí, atónito, reprimiendo el primer reflejo que tuve de arrojar ese paquete a la papelera, pues tenía tan rojo e hinchado el rostro que por un momento la confundí con una hamburguesa a medio hacer, y no hay cosa que deteste más que la carne cruda.
El tipo volvió sobre sus pasos y se perdió tras las puertas por las que había aparecido, en lo alto de las cuales alcancé a leer por primera vez: Obstetricia. Entonces, y solo entonces, relacioné causas y efectos y comprendí que la transformación física que Pilar había experimentado en los últimos meses no se debía a un cuadro de gases y flato crónico, como yo había creído, sino que se trataba de un embarazo, y que la visita al hospital de ese día no era, como yo pensaba, para deshacernos de esos gases antes de que mi mujer volara en pedazos como el tiburón de Spielberg, sino para dar a luz a una niña que, a partir de ese momento, todo el mundo coincidiría en afirmar que era mi hija.
Es fue el principio de la aventura de la paternidad, aunque perfectamente podría haber sido el final, pues la primera semana de estar en casa su madre y yo estuvimos a punto de dejarla morir de hambre. La culpa la tuvieron, en realidad, todos esos letrados que se arriman a los padres primerizos y les llenan la cabeza de recomendaciones y consejos de toda índole. Uno de los que más presente teníamos era que por nada del mundo debíamos darle el biberón antes de que su madre la amamantara por primera vez, pues si lo hacíamos la niña se acostumbraría a la tetina y rechazaría el pezón, lo cual, al parecer, constituía una tragedia de dimensiones apocalípticas. Pero la niña no había manera de que se enganchara a la teta, lo cual, dicho sea de paso, sembró en mi la sombra de la duda respecto a si ese bebé era en realidad mío, pues si hubiera sido sangre de mi sangre le hubieran gustado las tetas de Pilar tanto como me gustan a mí, que en modo alguno habría dejado escapar la ocasión de llevármelas a la boca si me hubieran brindado una oportunidad tan clara como le brindaban a Martina.
El caso es que la niña no mamaba. Los letrados y letradas que se reunían en torno a nosotros decían que lo acabaría haciendo en cuanto le subiera la leche a Pilar.
Pero ¿de dónde le tiene que subir?, les preguntaba yo mirando los pies de mi mujer, como si fuera de allí, la parte más baja de su anatomía, desde donde se había de iniciar la ascensión láctea.
Aunque con cierto retraso, la leche acabo subiendo, y a Pilar se le pusieron los senos más hermosos que le he visto nunca. Yo acercaba Martina a los pechos de su madre sin poder retirar la mirada de esas tetas inconcebibles y le susurraba a la niña: tú misma, o te las llevas a la boca tú, o me las llevo yo, pero eso no se puede desaprovechar. Y para mi decepción la niña se acabó llevando el pezón a la boca. Sin embargo, pasaron varios días y cada vez que la pesábamos en la báscula de la farmacia, había perdido peso. Algo no funcionaba y si no poníamos remedio Martina se acabaría consumiendo como una pastilla efervescente en el fondo de un vaso de agua.
Una de esas tardes, a la vuelta de nuestra visita a la farmacia, la dejamos sobre la cama y, realizando un esfuerzo inenarrable, Pilar y yo conseguimos sumar las dos medias neuronas que nos quedaban y las convertimos en una sola. Pusimos a funcionar esa flamante neurona y llegamos a la conclusión de que quizá la niña se llevaba el pezón a la boca pero no comía. Realizamos una prueba para comprobar si Martina estaba saciada: cogimos un bote de leche preparada que nos habían dado en el hospital, le enroscamos una tetina, y tal y como yacía Martina sobre la cama, boca arriba, suspendimos el biberón a unos centímetros de sus labios y le arrojamos unas gotas de leche en la boca. Martina se relamió como un gato hambriento. Era como si a un moribundo sediento perdido en el desierto de repente se le hubiera situado en lo alto de la cabeza una nube y le lloviera encima el agua más deliciosa que había probado nunca.
Ese fue el momento en que todo cambió y, seis años después, nos ha conducido hasta aquí. Descubrimos a tiempo que para ser padres hay que echar mano de lo mismo que para manejarse en cualquier faceta de la vida: el sentido común. Decidimos cuidar y educar de Martina sin acumular en la mesilla montones de libros que explicaban Cómo ser buenos padres o Cómo educar a tu hijo, sin leer revistas de maternidad y sin atender a consejos bienintencionados pero inapropiados, pues cada niño habita un mundo propio que no tiene nada que ver con los mundos que habitan otros.
Solo sentido común.
Y a la espera de las incertidumbres que nos pueda deparar el futuro, creo con franqueza que hasta ahora Pilar y yo no hemos hecho un mal trabajo. La queremos y nos quiere, a nosotros y al resto de su familia, por la que siente una pasión desaforada. Deseábamos que fuera una niña feliz, y la felicidad la desborda. Muestra respeto por la gente, es lista, educada, curiosa, extrovertida, familiar, y, sobre todo, posee un brillo de bondad cintilando en el fondo de la mirada. Es un brillo que conozco muy bien, es un brillo inconfundible que yo o cualquiera de mis hermanas reconoceríamos al instante, porque convivimos con él a diario durante muchos años: es el mismo rastro de bondad y generosidad que latía en la mirada diáfana de mi madre.
Ese es, de hecho, el único motivo de desazón que me ha deparado la paternidad: que mi madre nunca conociera a Martina, y que Martina nunca conociera a mi madre. Siento una punzada de dolor cuando mi hija se sienta a comer a la mesa y pasea la mirada por las estanterías llenas de fotografías, y la detiene en el retrato de mi madre y habla de ella como si fuera una extraña.
Jamás podrá saber cuánto la hubiera querido esa extraña.
Así, mal que bien, con errores y aciertos, hemos conseguido llegar hasta aquí. Nadie dijo que fuera fácil. Ser padres es tomar un camino lleno de incógnitas al que nunca se le ve el final y en el que constantemente te salen al paso vías alternativas que provocan que te cuestiones a diario si has tomado la dirección correcta. A mí, al principio, incluso me costaba pronunciar «Mi hija» de tan ajenas como eran las dos palabras y el significado al que remitían. Trataba de pronunciarlas con naturalidad pero el sintagma se deshacía en mi boca como el azúcar quemado, y cada letra campaba a sus anchas como las cuentas de un collar roto, golpeando contra el paladar y las encías antes de yacer, mortecinas, en medio de la conversación. Supongo que es el precio que hay que pagar por ser padre con cuarenta años. Posees una vida medio encaminada y de repente aparece una intrusa que trata de monopolizarla. Hay días en que Pilar se me acerca y me pregunta si me importa que ella y Martina se vayan de compras un par de horas.
Lo que me importa es que solo sean dos horas, respondo yo, eufórico ante la idea de quedarme a solas con mis libros, con mis series, con mi mesa de dibujo.
Y sin embargo, bastan esas dos horas de ausencia para echarlas a ambas de menos. Y cuando por fin están de regreso y escucho sus voces en el portal, abro la puerta de casa y espero en el rellano a que la voz de Martina llegue antes que ella, ascendiendo escaleras arriba como un fuego fatuo que, fuera de sí, golpea contra techo y paredes, se llega hasta mí, y después de girar vertiginosamente a mi alrededor se desvanece en mi cara como una pompa de jabón. Y al poco aparece Martina, irrumpe en el rellano, se me echa encima gritando «papa», y de entre mis labios resbalan, ya sin vacilación, dos de las palabras que más sentido dan a mi vida y a la vida de Pilar: «Mi hija».
martes, julio 19, 2016
Dedicatoria
La amabilísima dedicatoria que mi hijo Leo ha escrito en uno de mis libros, aprovechando un descuido. Traduzco para quien no entienda el lenguaje que manejan los niños de dos años: «A mi papá, ciertamente la persona más brillante que haya pisado la Tierra desde que el ser humano la habita. Ni que decir tiene que me juicio no está contaminado por la circunstancia fortuita de que nos vincule un cierto parentesco. Aprovecho la tesitura para señalar que la asignación que se le pasa actualmente a mi hermana Martina se me antoja del todo insuficiente para cuando yo tenga su edad. Espero que el incremento de la asignación pensada para mí se actualice con el IPC. Cualquier otra posibilidad me parecería inaceptable, y pondría en riesgo la afirmación con la que doy fin a esta dedicatoria, a saber: Te quiero».
martes, marzo 29, 2016
Conversaciones con Martina (118)
Martina se ha hecho amiga en Sant Feliu de Guixols de un niño que pasea por la calle ataviado de una especie de chaleco antibalas con la leyenda «Policía» luciendo en letras grandes y blancas a la altura del pecho y encima de la visera de una gorra negra de la que va tocado. El chaleco cuenta con no menos de 150 bolsillos de los que cuelgan, entre otros objetos, dos walkie talkie, unas esposas y una pistola.
—Martina, ¿cómo haces amigos tan friquis? —le pregunta su madre.
Martina se la mira con cierta condescendencia y le responde:
—El papa también es friqui y es tu esposo.
—Martina, ¿cómo haces amigos tan friquis? —le pregunta su madre.
Martina se la mira con cierta condescendencia y le responde:
—El papa también es friqui y es tu esposo.
viernes, febrero 12, 2016
Conversaciones con Martina (117)
Hoy han dado comienzo las clases en la universidad después del paréntesis navideño. Como Martina no tenía colegio, y mi mujer se había pedido el día libre, hemos bajado todos en tren a Barcelona con la idea de yo acudir a clase mientras ellas pasearían por Barcelona junto a mis hermanas. Fuera de la estación de cercanías, en la Plaza de Cataluña, me he despedido de ellas y he salido corriendo, pues llegaba tarde a clase. Mientras me alejaba a la carrera, Martina han contemplado cómo corría en dirección a la facultad mientras le decía a su madre:
—Ay, nuestro chiquitín se hace mayor.
—Ay, nuestro chiquitín se hace mayor.
A veces me divierte pensar de qué temas de conversación echaríamos mano durante esos encuentros breves y embarazosos que tienen lugar en los ascensores, o lugares similares, si no existiera la alternativa recurrente de la meteorología:
—Hola.
—Qué tal.
—¿Piso?
—Tercero, por favor.
—...
—Qué, ¿todo bien?
—Turbado por reflexiones sin fin.
—Ardo en deseos de conocer los detalles de esas reflexiones.
—Procedo pues: ¿A usted no le parece que los textos de Derrida subordinan su uso pedagógico al de la mera exhibición retórica, empleando un lenguaje inextricable que, a la postre, se revela tanto más absurdo cuanto podría ser sustituido por uno más accesible para el lector medio y aun al lector experimentado?
—Ah, precisamente sobre ese particular vengo yo pensando toda la mañana.
—Celebro la coincidencia.
—Respecto a la cuestión, eso sucede, a mi entender, porque en los intelectuales no ha existido jamás voluntad alguna de hacer pedagogía y sí una notable predisposición a vanagloriarse de la rica sintaxis que atesoran, pero que, en suma, deviene inservible para el uso más genuino del lenguaje: la comunicación.
—Exacto: el lenguaje subordina su caracter seminal de instrumento de comunicación al mero pavoneo retórico.
—Bueno. Me apeo aquí. Ha sido muy enriquecedor.
—Ciertamente. ¿Asistirá a la conferencia proyectada esta tarde en la biblioteca municipal?
—¿La de por qué las grandes superficies deberían etiquetar los productos en sánscrito? No me la perdería por nada del mundo.
—Hola.
—Qué tal.
—¿Piso?
—Tercero, por favor.
—...
—Qué, ¿todo bien?
—Turbado por reflexiones sin fin.
—Ardo en deseos de conocer los detalles de esas reflexiones.
—Procedo pues: ¿A usted no le parece que los textos de Derrida subordinan su uso pedagógico al de la mera exhibición retórica, empleando un lenguaje inextricable que, a la postre, se revela tanto más absurdo cuanto podría ser sustituido por uno más accesible para el lector medio y aun al lector experimentado?
—Ah, precisamente sobre ese particular vengo yo pensando toda la mañana.
—Celebro la coincidencia.
—Respecto a la cuestión, eso sucede, a mi entender, porque en los intelectuales no ha existido jamás voluntad alguna de hacer pedagogía y sí una notable predisposición a vanagloriarse de la rica sintaxis que atesoran, pero que, en suma, deviene inservible para el uso más genuino del lenguaje: la comunicación.
—Exacto: el lenguaje subordina su caracter seminal de instrumento de comunicación al mero pavoneo retórico.
—Bueno. Me apeo aquí. Ha sido muy enriquecedor.
—Ciertamente. ¿Asistirá a la conferencia proyectada esta tarde en la biblioteca municipal?
—¿La de por qué las grandes superficies deberían etiquetar los productos en sánscrito? No me la perdería por nada del mundo.
Conversaciones con Martina (116)
Conversación que esta mañana hemos tenido Martina y yo de camino al colegio.
—El problema que tenéis los niños —le he dicho— es que os creéis más listos que los adultos. Y no, hija, tú, aunque lo creas, no eres más lista que yo.
—Papa —me ha respondido— no te pongas chulo, que tú has sido niño y también has cometido esos fallos.
—El problema que tenéis los niños —le he dicho— es que os creéis más listos que los adultos. Y no, hija, tú, aunque lo creas, no eres más lista que yo.
—Papa —me ha respondido— no te pongas chulo, que tú has sido niño y también has cometido esos fallos.
martes, enero 12, 2016
Conversaciones con Martina (115)
De camino al colegio, después de casi veinte días de vacaciones, Martina guarda silencio con el ceño fruncido. De repente dice:
—Papa, ¿te imaginas que nos pagaran por hacer el perro todo el día en casa? Menudo lujo, ¿no?
—Papa, ¿te imaginas que nos pagaran por hacer el perro todo el día en casa? Menudo lujo, ¿no?
lunes, mayo 25, 2015
Supernanny
Ayer, en un parque de Platja d'Aro situado al lado de la playa, provisto de un barco y un tiburón gigantes dentro de los cuales los niños entraban y salían y volvían a entrar, entre risas y expresiones de entusiasmo, mientras los padres los vigilábamos desde los bancos que rodean el parque, un niño de unos cuatro años fue presa de la histeria y se puso a llorar y a patalear como un poseso. La escena, lejos de cesar, se prolongó y los gritos se hicieron insoportables. El niño no atendía a razones, se arrojaba al suelo y pataleaba y rodaba por él. Los padres nos miramos y miramos a la madre —una choni de manual— mientras pensábamos que, si fuera nuestro hijo, de la hostia con la mano abierta que le hubiéramos soltado la cabeza se le habría alojado en el recto de tal forma que sería el primer espécimen de niño en caminar por la calle con el cráneo metido en el culo, sobreviviendo gracias al aire de sus propios pedos. Por descontado, solo fue un pensamiento que ninguno de nosotros nos hubiéramos atrevido a confiarle a la madre. Excepto una persona. Un individuo de cabello cano, de unos cuarenta y cinco años, que se sentaba junto a su esposa en uno de los banco. Veo cómo se levanta y rodea la valla de madera que se alza en torno al parque y se acerca a la madre choni y empieza a decirle que todo lo que le pasa al niño —Izan se llama— es culpa de ella. Lo hace con tacto, sin malos modos, pero lo hace. Es responsabilidad suya, le dice, por haberle consentido y no haber cortado de raíz esa suerte de brote psicótico que experimenta el pequeño Hulk. «¿Es que no has visto Supernanny?», escuchamos que le pregunta a la madre antes de regresar con su esposa. Los padres asistimos a la escena con más sorpresa aún, si cabe, de la que habíamos puesto de manifiesto al ver el berrinche de Izan. El hombre todavía habrá de volver un par de veces a meterse donde no le incumbe antes de marcharse definitivamente. Lo hace después de llamar a gritos a su hijo, que casualmente estaba jugando con Martina. Un niño muy guapo, de ojos claros y melena muy rubia.
—¿Veis ese niño rubio de allí que parece una niña? —nos pregunta Martina señalando al niño que va con el hombre de pelo cano, ambos alejándose de la mano caminando al lado de la madre— ¿Lo veis? Pues se acaba de bajar los pantalones y me ha enseñado el pene cuando le he preguntado si era una niña o un niño.
sábado, febrero 07, 2015
Conversaciones con Martina (113)
—¡Madre mía! —exclamo cuando veo en la pantalla del móvil la foto que me acabo de hacer a mí mismo.
—¿Qué pasa? —pregunta Martina.
—Que estoy muy viejo.
—Tranquilo, papa: tienes toda la vida por delante.
—¿Qué pasa? —pregunta Martina.
—Que estoy muy viejo.
—Tranquilo, papa: tienes toda la vida por delante.
martes, enero 27, 2015
Conversaciones con Martina (112)
—Mama, ¿los ciegos fuman? —le pregunta Martina a su madre.
—Algunos.
—Pues eso es muy peligroso. Se pueden quemar enteros.
—Algunos.
—Pues eso es muy peligroso. Se pueden quemar enteros.
Ellos
—¿Dónde vas con esa montaña de libros?
—Los devuelvo a la biblioteca.
—Qué barbaridad ¿Cuántos llevas? Por lo menos veinte, ¿no?
—Veintisiete.
—¿De dónde sacas el tiempo para leer tantos libros?
—Solo he leído uno.
—¿Solo uno?
—Sí.
—¿Uno de veintisiete?
—Sí.
—¿Y el resto?
—El resto no me interesa.
—¿Y para qué los coges?
—Para despistar.
—¿Para despistar a quién?
—A Ellos.
—¿A quiénes?
—Ya sabes: A Ellos,
—¿A qué Ellos?
—Los poderes fácticos.
—¿Perdona?
—¿Tu has visto Seven?
—¿La película?
—No, el refresco. Pues claro, la película.
—Sí.
—Pues si la has visto sabes a qué me refiero.
—No tengo ni idea.
—Los servicios de inteligencia nos vigilan.
—Anda ya.
—Lo que yo te diga.
—¿A quién vigilan? ¿A ti?
—A todos.
—¿Para qué?
—Para saber qué libros cogemos de la biblioteca.
—Estás chiflado.
—En serio.
—¿Y qué interés pueden tener los libros que cogemos de la biblioteca?
—Los usan para conocer nuestras preferencias a partir de los hábitos de lectura.
—Venga ya.
—Que sí.
—¿Y luego?
—¿Luego? ¿De verdad que has visto Seven.
—Que sí.
—¿Entera?
—De principio a fin.
—Chico, pues no lo entiendo. Lo que pasa luego es que saben de ti más que tú mismo.
—Imposible.
—Tienen una perspectiva de tus preferencias que tú no podrás tener jamás.
—¿Y eso por qué?
—Tú tienes la impresión de que los libros que coges son producto del gusto del momento, un poco arbitrarios.
—Claro.
—Pero tus preferencias nunca son arbitrarias.
—¿No?
—Qué va. Responden a tu predisposición por una temática recurrente que se va repitiendo en cada libro que coges.
—No sé si creerte.
—Tú no te das cuenta porque es una elección inconsciente de la que además no tienes una visión en perspectiva
—¿Por qué no?
—Porque se produce a lo largo de muchos meses de acudir a la biblioteca.
—¿Y ellos sí?
—Ellos solo necesitan ver la lista total de libros para detectar el leitmotiv.
—Sigue.
—Por ejemplo, si consultas libros en los que explican cómo fabricar veneno, y un día resulta que un serial killer está envenenado a sus víctimas, entras fijo en la lista de sospechosos.
—¿Y por eso coges tantos libros?
—Para tocarles los cojones. Que se rebanen los sesos tratando de averiguar cuál de los veintisiete libros es el que me gusta.
—¿Me dejas adivinarlo?
—Prueba si quieres.
—A ver, déjame que le eche un vistazo a los títulos: «Hamlet»...
—Sí.
—...«La montaña mágica»...
—Sí.
—...«Guerra y paz»...
—Ajá.
—... «La metamorfosis»...
—Sí.
—...«Los hermanos Karamazov»...
—...
—... «El ruido y la furia»...
—Sí.
—... «El rey Lear»...
—Sí.
—... «Ulises»...
—...
—... «Don Quijote de la Mancha»...,
—Sí.
—...«Manual práctico para aprender cómo introducir sin vaselina tres cartuchos de dinamita en el recto de un político corrupto y detonarlos sin que el resto de la anatomía se vea afectada»... Creo que ya sé cuál es.
—¿En serio? A ver, listillo, ¿cómo lo has sabido?
—Los devuelvo a la biblioteca.
—Qué barbaridad ¿Cuántos llevas? Por lo menos veinte, ¿no?
—Veintisiete.
—¿De dónde sacas el tiempo para leer tantos libros?
—Solo he leído uno.
—¿Solo uno?
—Sí.
—¿Uno de veintisiete?
—Sí.
—¿Y el resto?
—El resto no me interesa.
—¿Y para qué los coges?
—Para despistar.
—¿Para despistar a quién?
—A Ellos.
—¿A quiénes?
—Ya sabes: A Ellos,
—¿A qué Ellos?
—Los poderes fácticos.
—¿Perdona?
—¿Tu has visto Seven?
—¿La película?
—No, el refresco. Pues claro, la película.
—Sí.
—Pues si la has visto sabes a qué me refiero.
—No tengo ni idea.
—Los servicios de inteligencia nos vigilan.
—Anda ya.
—Lo que yo te diga.
—¿A quién vigilan? ¿A ti?
—A todos.
—¿Para qué?
—Para saber qué libros cogemos de la biblioteca.
—Estás chiflado.
—En serio.
—¿Y qué interés pueden tener los libros que cogemos de la biblioteca?
—Los usan para conocer nuestras preferencias a partir de los hábitos de lectura.
—Venga ya.
—Que sí.
—¿Y luego?
—¿Luego? ¿De verdad que has visto Seven.
—Que sí.
—¿Entera?
—De principio a fin.
—Chico, pues no lo entiendo. Lo que pasa luego es que saben de ti más que tú mismo.
—Imposible.
—Tienen una perspectiva de tus preferencias que tú no podrás tener jamás.
—¿Y eso por qué?
—Tú tienes la impresión de que los libros que coges son producto del gusto del momento, un poco arbitrarios.
—Claro.
—Pero tus preferencias nunca son arbitrarias.
—¿No?
—Qué va. Responden a tu predisposición por una temática recurrente que se va repitiendo en cada libro que coges.
—No sé si creerte.
—Tú no te das cuenta porque es una elección inconsciente de la que además no tienes una visión en perspectiva
—¿Por qué no?
—Porque se produce a lo largo de muchos meses de acudir a la biblioteca.
—¿Y ellos sí?
—Ellos solo necesitan ver la lista total de libros para detectar el leitmotiv.
—Sigue.
—Por ejemplo, si consultas libros en los que explican cómo fabricar veneno, y un día resulta que un serial killer está envenenado a sus víctimas, entras fijo en la lista de sospechosos.
—¿Y por eso coges tantos libros?
—Para tocarles los cojones. Que se rebanen los sesos tratando de averiguar cuál de los veintisiete libros es el que me gusta.
—¿Me dejas adivinarlo?
—Prueba si quieres.
—A ver, déjame que le eche un vistazo a los títulos: «Hamlet»...
—Sí.
—...«La montaña mágica»...
—Sí.
—...«Guerra y paz»...
—Ajá.
—... «La metamorfosis»...
—Sí.
—...«Los hermanos Karamazov»...
—...
—... «El ruido y la furia»...
—Sí.
—... «El rey Lear»...
—Sí.
—... «Ulises»...
—...
—... «Don Quijote de la Mancha»...,
—Sí.
—...«Manual práctico para aprender cómo introducir sin vaselina tres cartuchos de dinamita en el recto de un político corrupto y detonarlos sin que el resto de la anatomía se vea afectada»... Creo que ya sé cuál es.
—¿En serio? A ver, listillo, ¿cómo lo has sabido?
viernes, enero 02, 2015
Divercastillo
—¿Qué le pides al 2015?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada de nada.
—No seas rancio. Pídele algo.
—Pero ¿qué quieres que le pida?
—Lo que se te ocurra. Un deseo.
—Un deseo. Pues no sé...
—Piensa.
—Mira, ya tengo uno: que al perro que se caga todos los días en la puerta de casa le cosan el ojete y la mierda le salga por las orejas, y por los ojos, y por el hocico, y por la boca hasta que se muera asfixiado por su propio vómito de mierda.
—No seas bruto hombre. Pide otra cosa. Además, la culpa la tiene el dueño, no el perro.
—Pues que al dueño le cosan el ojete, y la mierda le salga por las orejas y por los ojos...
—Noooo. Pide otra cosa. No malgastes un deseo en eso. Pide algo de mayor trascendencia.
—¿De mayor trascendencia?
—Sí. Algo que afecte a tu familia, a tus amigos. Algo que ayude a mejorar sus vidas.
—Qué cierren el Divercastillo, que es la cosa más pelagra del mundo, así mi familia y mis amigos se librarán de ir otro año a ese infierno.
—Joder, pero ¿no puedes pedir cosas normales como las que pide todo el mundo?
—¿Como cuáles?
—Salud, dinero, amor, trabajo. Ya sabes, esa clase de cosas.
—Ah, ésas. Vale, pido todo eso.
—¿Ves que fácil?
—Pero si por lo que sea no se cumple, quiero que al dueño del perro que se caga todos los días en la puerta de mi casa le cosan el ojete y la mierda le salga por las orejas, y por los ojos y por la nariz, y por la boca hasta que muera asfixiado por su propio vómito de mierda.
—Ay.. no tienes remedio. ¿Algo más?
—Sí. Si no es mucho pedir a ver si puede coincidir que el dueño del perro sea también el dueño del Divercastillo.
—Nada.
—¿Nada?
—Nada de nada.
—No seas rancio. Pídele algo.
—Pero ¿qué quieres que le pida?
—Lo que se te ocurra. Un deseo.
—Un deseo. Pues no sé...
—Piensa.
—Mira, ya tengo uno: que al perro que se caga todos los días en la puerta de casa le cosan el ojete y la mierda le salga por las orejas, y por los ojos, y por el hocico, y por la boca hasta que se muera asfixiado por su propio vómito de mierda.
—No seas bruto hombre. Pide otra cosa. Además, la culpa la tiene el dueño, no el perro.
—Pues que al dueño le cosan el ojete, y la mierda le salga por las orejas y por los ojos...
—Noooo. Pide otra cosa. No malgastes un deseo en eso. Pide algo de mayor trascendencia.
—¿De mayor trascendencia?
—Sí. Algo que afecte a tu familia, a tus amigos. Algo que ayude a mejorar sus vidas.
—Qué cierren el Divercastillo, que es la cosa más pelagra del mundo, así mi familia y mis amigos se librarán de ir otro año a ese infierno.
—Joder, pero ¿no puedes pedir cosas normales como las que pide todo el mundo?
—¿Como cuáles?
—Salud, dinero, amor, trabajo. Ya sabes, esa clase de cosas.
—Ah, ésas. Vale, pido todo eso.
—¿Ves que fácil?
—Pero si por lo que sea no se cumple, quiero que al dueño del perro que se caga todos los días en la puerta de mi casa le cosan el ojete y la mierda le salga por las orejas, y por los ojos y por la nariz, y por la boca hasta que muera asfixiado por su propio vómito de mierda.
—Ay.. no tienes remedio. ¿Algo más?
—Sí. Si no es mucho pedir a ver si puede coincidir que el dueño del perro sea también el dueño del Divercastillo.
lunes, diciembre 22, 2014
Dios
—¿Crees en Dios?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Menuda respuesta.
—¿Qué tiene de malo?
—No es suficiente.
—No creo en Dios porque no lo he visto nunca. ¿Mejor?
—¿Sólo crees en lo que ves?
—La mayoría de veces.
—¿Y si Dios se te apareciera ahora mismo?
—Eso no va a suceder.
—Imagínatelo por un momento, su presencia, aquí, frente a nosotros. ¿Creerías entonces?
—No sé si creería más o menos de lo que creo ahora, pero sé que lo despreciaría mucho más de lo que lo he despreciado nunca.
—¿Por qué?
—Por omisión del deber de socorro.
—Explícate.
— Por haber estado siempre ahí, impasible, imperturbable, sin hacer nunca nada.
—Qué culpa tendrá él de lo que hagamos nosotros.
—¿No somos una creación suya?
—Eso dicen.
—Entonces tiene todas las culpas.
—¿Crees que Dios tiene que responsabilizarse de todos y cada uno de las personas que habitan la Tierra?
—¿Acaso no lo hago yo de mis hijos?
—No es lo mismo.
—Te equivocas. Si traigo hijos al mundo, y después me despreocupo de ellos y los abandono a su suerte, soy responsable de sus actos.
—¿Te das cuenta de que no crees en Dios pero en realidad te expresas como si creyeras?
—No sé si te entiendo.
—Que hablas de él como si hablaras de una persona conocida con la que estuvieras resentido.
—Tal vez focalice en el concepto «Dios» mi animadversión hacia las personas que hacen de Dios el centro de sus vidas.
—¿Y qué si eso sucede?
—La vida no se entrega a nadie: se vive
—La gente tiene derecho a creer en lo que le plazca.
—Faltaría más. Pero cuando crees en algo tarde o temprano tratas de convencer a otros de que crean en lo mismo que crees tú.
—¿Crees que eso pasa?
—¿Lo dudas?
—En algunos casos pasará y en otros no.
—Pues no debería pasar nunca.
—Pero ¿no haces tú lo mismo?
—En absoluto.
—¿No tratas tú de convencer a la gente de que Dios no existe?
—Jamás.
—¿No vas tú por ahí proclamando en voz alta tu ateísmo?
—De ninguna manera. Lo más que hago es propagar las virtudes de la ciencia.
—¿Crees en la ciencia?
—¿Se puede no creer?
—Me refiero a si crees que la ciencia es para ti lo que Dios para los creyentes.
—La ciencia es Dios incluso para los creyentes, aunque algunos no lo saben, y los que lo saben se niegan a admitirlo.
—¿Por qué se niegan a admitirlo?
—Porque es más fácil creer que saber.
—¿Cómo?
—Creer no requiere más esfuerzo que la voluntad de querer creer. Sin embargo, para saber hay que realizar el esfuerzo intelectual de aprender, de comprender, y no todo el mundo está dispuesto a realizar ese esfuerzo.
—Pero los creyentes también acuden a la ciencia, llevan a sus familiares al médico, los ingresan en los hospitales.
—Pero si se curan, dicen que ha sido gracias a Dios, y si se mueren, también. En cualquiera de los casos, prevalece la voluntad de Dios.
—¿Y eso no te gusta?
—Me repugna.
—¿Por qué?
—Porque ignora al ser humano, menosprecia su capacidad inmensa para hacer cosas extraordinarias.
—También hace cosas espantosas.
—Sin duda.
—¿Entonces?
—Entonces nada. El ser humano es capaz de lo mejor y lo peor. Ya está. No hay más. Y cualquier abstracción o discurso de naturaleza divina nos distrae del que debería ser nuestro objetivo principal: conocernos, averiguar por qué los seres humanos hacemos lo que hacemos, por qué actuamos como actuamos. Y para saber eso no necesitamos a Dios, ya inventamos el mejor instrumento que quepa imaginar para conseguirlo.
—¿Cuál?
—La literatura.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Menuda respuesta.
—¿Qué tiene de malo?
—No es suficiente.
—No creo en Dios porque no lo he visto nunca. ¿Mejor?
—¿Sólo crees en lo que ves?
—La mayoría de veces.
—¿Y si Dios se te apareciera ahora mismo?
—Eso no va a suceder.
—Imagínatelo por un momento, su presencia, aquí, frente a nosotros. ¿Creerías entonces?
—No sé si creería más o menos de lo que creo ahora, pero sé que lo despreciaría mucho más de lo que lo he despreciado nunca.
—¿Por qué?
—Por omisión del deber de socorro.
—Explícate.
— Por haber estado siempre ahí, impasible, imperturbable, sin hacer nunca nada.
—Qué culpa tendrá él de lo que hagamos nosotros.
—¿No somos una creación suya?
—Eso dicen.
—Entonces tiene todas las culpas.
—¿Crees que Dios tiene que responsabilizarse de todos y cada uno de las personas que habitan la Tierra?
—¿Acaso no lo hago yo de mis hijos?
—No es lo mismo.
—Te equivocas. Si traigo hijos al mundo, y después me despreocupo de ellos y los abandono a su suerte, soy responsable de sus actos.
—¿Te das cuenta de que no crees en Dios pero en realidad te expresas como si creyeras?
—No sé si te entiendo.
—Que hablas de él como si hablaras de una persona conocida con la que estuvieras resentido.
—Tal vez focalice en el concepto «Dios» mi animadversión hacia las personas que hacen de Dios el centro de sus vidas.
—¿Y qué si eso sucede?
—La vida no se entrega a nadie: se vive
—La gente tiene derecho a creer en lo que le plazca.
—Faltaría más. Pero cuando crees en algo tarde o temprano tratas de convencer a otros de que crean en lo mismo que crees tú.
—¿Crees que eso pasa?
—¿Lo dudas?
—En algunos casos pasará y en otros no.
—Pues no debería pasar nunca.
—Pero ¿no haces tú lo mismo?
—En absoluto.
—¿No tratas tú de convencer a la gente de que Dios no existe?
—Jamás.
—¿No vas tú por ahí proclamando en voz alta tu ateísmo?
—De ninguna manera. Lo más que hago es propagar las virtudes de la ciencia.
—¿Crees en la ciencia?
—¿Se puede no creer?
—Me refiero a si crees que la ciencia es para ti lo que Dios para los creyentes.
—La ciencia es Dios incluso para los creyentes, aunque algunos no lo saben, y los que lo saben se niegan a admitirlo.
—¿Por qué se niegan a admitirlo?
—Porque es más fácil creer que saber.
—¿Cómo?
—Creer no requiere más esfuerzo que la voluntad de querer creer. Sin embargo, para saber hay que realizar el esfuerzo intelectual de aprender, de comprender, y no todo el mundo está dispuesto a realizar ese esfuerzo.
—Pero los creyentes también acuden a la ciencia, llevan a sus familiares al médico, los ingresan en los hospitales.
—Pero si se curan, dicen que ha sido gracias a Dios, y si se mueren, también. En cualquiera de los casos, prevalece la voluntad de Dios.
—¿Y eso no te gusta?
—Me repugna.
—¿Por qué?
—Porque ignora al ser humano, menosprecia su capacidad inmensa para hacer cosas extraordinarias.
—También hace cosas espantosas.
—Sin duda.
—¿Entonces?
—Entonces nada. El ser humano es capaz de lo mejor y lo peor. Ya está. No hay más. Y cualquier abstracción o discurso de naturaleza divina nos distrae del que debería ser nuestro objetivo principal: conocernos, averiguar por qué los seres humanos hacemos lo que hacemos, por qué actuamos como actuamos. Y para saber eso no necesitamos a Dios, ya inventamos el mejor instrumento que quepa imaginar para conseguirlo.
—¿Cuál?
—La literatura.
viernes, octubre 24, 2014
La Patria
Pienso que ha llegado un punto en que las manifestaciones de afecto por las patrias respectivas deberían ser como las religiosas: permanecer en el ámbito de lo privado. En lo que a mí respecta, cuando alguien decide compartir conmigo cuánto ama su patria y cuánta sangre propia—metafóricamente hablando— derramaría por ella, me siento como cuando algún amigo me invita a ver las fotografías que ha tomado durante sus vacaciones: se produce una desconexión total entre el entusiasmo y la euforia mal que bien reprimida que él expresa con cada fotografía, y el tedio que yo experimento en relación a algo que no solo carece del menor interés para mí, sino que además me la suda por completo.
lunes, septiembre 01, 2014
Solidaridad, la justa.
La falta de solidaridad de los mosquitos en relación a los de su misma especie es de vergüenza ajena. He tenido la oportunidad de verlo con mis propios ojos. Anoche había varios mosquitos instalados en nuestro dormitorio. No soporto apagar la luz e inmediatamente escuchar el zumbido del vuelo en torno a mi cabeza. Es irritante. Me decidí por una estrategia: cazar uno vivo, salir al balcón y amenazar a los demás con arrojar al vacío a su compañero si no desistían de su actitud y abandonaban la habitación. Así lo hice. Cazar uno vivo entrañaba no poca dificultad, pero lo conseguí. No soy amigo de la violencia, pero creo que en determinadas circunstancias está justificada. Al mosquito que hice preso lo sometí a un interrogatorio sumario durante el cual me vi en la obligación de golpearlo y someterlo a tortura. Así, cuando salí al balcón y estiré el brazo por encima de la barandilla y en mi mano colgaba el cuerpo del mosquito, su rostro presentaba moretones y cortes que habían deformado notablemente su rostro. Era un mensaje: el resto de mosquitos debía saber que no hablaba en broma y llevaría mi amenaza hasta las últimas consecuencias. Entonces, grité desde el balcón hacia dentro de la habitación para llamar la atención del grupo que merodeaba dentro, alrededor de la luz encendida de la mesita de noche, como un grupo de adolescentes en medio de un botellón. Como si oyeran llover. Les traía al pairo lo que hiciera con su amigo. Arranqué una de las alas, el mosquito, mientras, profería alaridos de dolor. Los demás, lejos de sentirse horrorizados, llevaron a cabo, todos a la vez, como si tuvieran ensayada la coreografía, la maniobra de hacerme un calvo, sus culos lampiños relucieron como diminutos fogonazos. No me quedó más remedio: arrojé al vacío a su compañero moribundo, que descendió liviano describiendo en el aire una espiral perfecta. Cuando aterrizó en la acera, una horda de hormigas despedazaron su cuerpo y se dispersaron en todas direcciones cargando los restos descuartizados en lo alto de sus cabezas.
Esta mañana he amanecido con más picaduras que nunca.
miércoles, agosto 27, 2014
Conversaciones con Martina (111)
Una de las varias banderas que ondea en el paseo marítimo de Sant Feliu de Guixols es la del movimiento gay. Martina se la mira desde la orilla de la playa y le pregunta a su tío:
—¿Esa bandera de qué es?
—La de los gays.
—¿El qué?
—Es una bandera con la que los gays reivindican la homosexualidad y la lucha contra la homofobia.
Mientras Martina se seca con la toalla dice:
—No he entendido una sola palabra de lo que has dicho.
jueves, julio 17, 2014
Conversaciones con Martina (110)
En TV3 están emitiendo This is it.
—Cómo no se iba a morir, si estaba hecho polvo —digo en voz alta cuando veo las imágenes de Michael Jackson deambulando por el escenario como una sombra de lo que había sido.
—¿Se ha muerto Michael Jackson? —me pregunta Martina.
—Sí, se murió hace cinco años.
Se queda mirando las imágenes unos segundos, al final de los cuales dice:
—Claro, de tanto bailar.
—Cómo no se iba a morir, si estaba hecho polvo —digo en voz alta cuando veo las imágenes de Michael Jackson deambulando por el escenario como una sombra de lo que había sido.
—¿Se ha muerto Michael Jackson? —me pregunta Martina.
—Sí, se murió hace cinco años.
Se queda mirando las imágenes unos segundos, al final de los cuales dice:
—Claro, de tanto bailar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
